Rowena

Capítulo 62

—Se consideró mi persona peligrosa hace poco —dijo sin ceremonias—. Puede que mañana la corte decida que soy una lacra que debe limpiarse públicamente. Si eso ocurre, será su mercado el que pierda estabilidad; los marineros dudarán, sus barcos cambiarán rumbo, y ustedes perderán el favor real que hoy sostienen. Yo puedo garantizar contratos, rutas reservadas, exenciones cortas si me convienen. Puedo abrir o cerrar mercaderías. Sólo necesito que defiendan públicamente mi nombre cuando la pluma del heraldo quiera escribir mi caída.

Hubo una pausa que fue una ola: miradas que se cruzaron, cálculos hechos en silencio.

El líder de los cargadores, un hombre con la nariz rota y un dedo de oro, fue el primero en hablar.

—A veces los favores cuestan lo que no deberíamos pagar —dijo—. Si la corte decide abrir la caja, ¿qué nos garantiza que no terminamos pagando por más de lo prometido?

Rowena ofreció una sonrisa como quien ofrece un mapa con una ruta segura marcada.

—El Rey confía en la estabilidad. Le he ofrecido información para reforzar sus arcas. Yo no doy lo que no puedo pagar. Firmaré acuerdos. Garantizaré contratos que durarán hasta que la próxima temporada cambie los vientos. Y ayudaré con envíos a su escolta cuando lo pidan. Pero lo haré en público: cuando se haga el rumor, necesito vuestra defensa. Un rumor deshace voluntades; un gremio unido, no.

Se susurraron nombres: Telar Viejo, Maestros del Navaje, Almirantazgo Mercantil. Rowena habló con precisión, cada oferta era una cuerda que ataba intereses al presente. Cuando se fue, dejó tras de sí la sensación de que había conseguido aliados, aunque no amigos—aliados que protegerían una parte de ella mientras el resto ardía.

El capitán Thar la esperó en el patio posterior del tribunal, a la sombra de un olmo que parecía más viejo que la ciudad misma. Su figura se recortaba severa; la cicatriz de la mejilla trazaba una historia que no necesitaba traducción.

—Tienes hombres que hablan de ti entre las bandas del puerto —dijo sin rodeos. Sus palabras eran más un hecho que una acusación.

Rowena inclinó la barbilla.

—Y tú crees en lo que te dicen los corsarios.

Thar sonrió apenas. No la arrestó. No la esposó. Eso era, por sí mismo, una confesión de ambivalencia: la ley y la lealtad golpeando la misma puerta.

—Tengo facturas, Rowena —dijo—. Una lista de pagos a nombres que coinciden con los que siembran miedo en las noches; rutas abiertas para paquetes no declarados; un talón con tu sigilo. No vengo a arrastrarte por la plaza. Vengo a preguntarte qué negociaste. Porque si has vendido la ciudad por monedas, mi deber es cerrar esa transacción.

Ella no negó las pruebas. Tenía que escoger: confesar una verdad parcial, fabricar una coartada, o callar y confiar en que los hilos que había sembrado esos días sostendrían su peso.

—He pagado a hombres para que escuchen y no para que maten —dijo—. He usado sus manos para que traigan noticias que nadie más arriesgaba a obtener. A veces el precio de la información es crudo. Si quieres creer que soy culpable, coge las pruebas y hazlo público. Si quieres creer que soy herramienta de la corte, usa lo que te doy y deja la orden cerrada.

Thar la miró como quien pesa oro con la lengua, y al final soltó:

—No te arrestaré hoy. Pero cada nombre en mi lista es una cuenta abierta. Si una sola de esas cuentas se cierra con sangre en la calle, volveré. No por ti, por la ciudad. Y si la ciudad me pide mirar más allá, lo haré.

Rowena vio en sus ojos la frontera: podía ser su defensor o su verdugo. Él se alejó sin una promesa, y con eso dejó un cabo suelto que podía ser usado por cualquiera...



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En el texto hay: mentiras, reina, ambicion

Editado: 10.01.2026

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