Rowena

Capitulo 64

La confesión de Fara no la deslindó: la conectó más con las manos que las autoridades señalaban. Las declaraciones alimentaron la narrativa que Lady Evelin ya había preparado: que Rowena había usado a mujeres vulnerables como correos y que los paquetes podían ser parte de tramas mayores. En el banquillo, la novicia quedó pequeña como una sombra que apenas sostiene luz; la madre, con la cara inflamándose de vergüenza, no había salvado a su hija, y además había tejido una cuerda que apretaría el cuello de Rowena.

La tarde se inclinó hacia la noche cuando la casa del templo volvió a azotarse con la decisión de Iren: "La investigación será pública." El rumor se esparció como pólvora. El archivo que Hermana Lysa había tocado volvió a la mente de Rowena como una pieza que podía sostener su defensa o transformarse en martirio.

Lysa volvió a la cámara de archivos esa misma noche. Había algo que debía arreglar: un cuaderno con entradas de bautismos donde, en una columna secundaria, alguien—un escribiente viejo y entrometido—había dejado una nota con el nombre de Rowena. Si esas palabras sobrevivían, vendrían con el peso de la evidencia y la tinta de la acusación.

Hermana Lysa encendió una vela. Su cara, iluminada por el parpadeo, era la de quien realiza una penitencia sin confesión. Con una mano segura, sacó del hábito el pedazo que había arrancado, lo alisó sobre la mesa y comenzó a borronear la tinta con una mezcla de agua y ceniza. El olor a papel quemado se mezcló con su boca seca.

—No te pido que no lo recuerdes —susurró—. Solo te pido que no lo leas.

Rowena la observó en silencio. Sabía que si alguien hallaba la alteración, la consecuencia sería inmediata: Lysa sería expulsada, denunciada, el templo manchado por un escándalo interno. Pero la hermana no vaciló. Con el borde de una navaja rasgó entonces la página completa, la arrugó y la llevó al brasero. El fuego lamió con hambre las fibras. Por un instante, la llama encendió la cara de Lysa con colores santos y profanos.

La llama consumió lo que pudo. El resto, lo que la llama devoró sin poder, Lysa lo frotó con ceniza hasta que las letras se volvieron manchas.

—Lo he decidido por mi alma —dijo Lysa con la voz rota, y por primera vez su devoción mostró un matiz humano—. Si me juzgan, que me juzguen. Prefiero una condena por salvar a otro, que la condena por permitir la injusticia.

Rowena sintió el peso de la acción: había comprado un respiro, y a cambio alguien quedaría marcada. Lysa había abierto una cuenta con su honor y la había dejado al descubierto.

La mañana de la ceremonia que debería haber sellado una alianza política —entre el Rey, el Almirantazgo Mercantil y los gremios que habían aceptado el pacto de Rowena— amaneció incierta. La plaza se llenó de gente que quería ser testigo del nuevo equilibrio de poder; algunos llegaron por curiosidad, otros por cálculo. Las trompetas anunciaron el inicio. Las gradas vibraban de murmullos.

Antes de que el Rey alzara la copa para sellar, un joven escribiente, pálido y con la respiración corta, entró corriendo hasta la mesa de protocolo y depositó un legajo viejo, doblado, sobre la madera. Nadie sabía de dónde había salido. El escribiente juró haberlo encontrado en la capilla del aula mayor, entre los libros que no habían sido catalogados. Su mano temblaba como si se esperara una orden: la entrega fue un acto de valentía o de cobardía mal calculada...



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En el texto hay: mentiras, reina, ambicion

Editado: 10.01.2026

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