Iren sostuvo el papel con la gravitas de quien sabe que una letra puede desplomar una ciudad. Abrió el pliego y leyó en voz alta, despacio, hasta que las palabras recorrieron la plaza. Era un registro antiguo: una anotación marginal en la casa real, fechada décadas atrás, que vincuilaba un apellido olvidado a la joven Rowena. El lenguaje era ambiguo: "Hija nacida en resguardo—criada fuera de casa—no inscrita en la línea principal." No decía con claridad si la sangre era real, si la filiación heroica o vil, pero lo suficiente para sembrar preguntas que, en política, son bombas.
La murmuración se volvió ruido. Las calles que hasta ese momento habían visto una posibilidad de alianza, se llenaron de rostros que palpaban la noticia. Lady Evelin alzó una mano como quien da la señal de salida: la ofensa estaba lista y a la vista. Rowena sintió el mundo inclinarse un grado más; algo en su pecho se tensó como cuerda.
El Alto Sacerdote se puso en pie. Su túnica blanca parecía más blanca que nunca, como quien se dispone a impartir una sentencia envuelta en la sacralidad de la corte.
—Que conste —dijo con voz que atravesó el rumor rugiente—, que este documento será examinado. No entraremos en juicios precipitados, pero el templo declara que la investigación continuará en público. No hay lugar para sombras cuando la sangre y la legitimidad se ponen en duda.
La frase cayó como un martillo. "En público" significaba que nada quedaría ya entre manos discretas; las cuentas abiertas se harían ante la mirada de todos. Rowena contempló el pliego en la mano del rey, la plaza que ahora miraba con ojos más hambrientos de verdad que de espectáculo, y sintió la certeza de que la pieza que apareció no era inocua: la revelación podía darle poder o robarle todo, dependiente del dictamen que vendría.
Marisol, al lado de Rowena, apretó la mano de su hija hasta que las nalgas de la piel palidecieron. Hermana Lysa, en la penumbra de la procesión, mantuvo la cabeza erguida con la misma dignidad rota que la de una madre en duelo. Thar quedó a la sombra, mirando, con la contención que impone la fuerza que promete control.
Rowena respiró hondo. Las cuentas estaban ahora más abiertas que nunca. Había pagado favores, había quemado páginas, había comprado apoyos y sufrido confesiones. Había sacrificado la inocencia de otros para proteger una promesa: su utilidad ante el trono. Pero utilidad y legitimidad no caminan siempre juntas; a veces la primera exige la destrucción de la segunda.
La multitud esperó la decisión inmediata, la palabra que pondría fin o prendería la mecha. En cambio, desde el templo vinieron pasos medidos y una declaración que transformó el escenario en un campo de batalla público.
—Se pospone la ceremonia —dijo Iren—. Se abrirá un expediente público. Que todos los testigos comparezcan. Que la verdad se muestre, porque cuando la legitimidad está en duda, la política no puede sostenerse sobre suposiciones.
La plaza estalló en opiniones divididas. Algunos pidieron que la lectura siguiera; otros exigían castigo. Rowena, con la tela de su vida desplegada al viento, se quedó mirando el papel doblado en la mano del rey. No sabía si la frase escrita era verdad o manipulación; no importaba. El daño ya corría.
Se cerró un telón invisible sobre la escena y la cámara se alejó de la plaza, dejando a los personajes en sus posiciones: Rowena frente a la posibilidad de ser desposeída, Lysa expuesta por su acto de piedad, Thar con la vista entre la ley y la lealtad, Lady Evelin mostrando los dientes, y Marisol con una verdad que no había salvado a su hija sino que había abierto una nueva cuenta, aún más cara.
La ciudad respiró temblorosa. En algún lugar, en los muelles, hombres de ojos fríos contaban qué piezas mover; en la casa del gremio, se discutían contratos que ahora pesaban como cadenas. Las cuentas abiertas comenzaban a exigirse.
Rowena apretó la mandíbula. La próxima jugada sería pública, y en ese tablero, la honestidad no era una moneda que pagara. Era un riesgo. Y en la plaza, donde la cúpula del templo arrojaba la sombra más larga, la amenaza pendía: o se limpiaba su nombre en vista de todos, o se perdía todo ante la fe y la corona...
Editado: 10.01.2026