Mientras la tensión aumentaba, el Capitán Thar se movió entre los asistentes, buscando respuestas sobre el reciente atentado al consejero. Sus instintos le decían que algo más oscuro se escondía detrás de esta situación.
En medio del juicio, recibió una nota urgente de uno de sus hombres:
—Capitán —susurró el mensajero—. Hemos encontrado un sello en el lugar del atentado… pertenece a un noble aliado de Iren.
Thar sintió cómo el aire se le escapaba. Sabía que debía actuar con cautela; la revelación podría cambiar el rumbo del juicio y desestabilizar aún más a Rowena.
Hermana Lysa observaba cómo las tensiones alcanzaban su punto máximo. En ese momento crítico, se dio cuenta de que debía tomar una decisión que marcaría su vida para siempre.
Se puso de pie nuevamente y miró a Rowena a los ojos.
—Rowena —dijo con voz clara—, he visto tus esfuerzos y tu deseo genuino por cambiar las cosas. Estoy dispuesta a testificar a tu favor, aunque eso signifique enfrentar las consecuencias.
Un silencio sepulcral llenó el templo mientras todos procesaban sus palabras. Iren frunció el ceño, consciente de que había perdido una pieza clave en su juego.
Justo cuando parecía que la balanza comenzaba a inclinarse hacia Rowena, un guardia irrumpió en la sala con una expresión grave.
—Disculpen la interrupción —anunció—. He recibido una orden secreta de Iren: Fara debe ser retirada de la ciudad por motivos “morales”.
El impacto fue inmediato. Rowena palideció y sintió que el suelo se desvanecía bajo sus pies. La detención de Fara no solo humillaría a Rowena, sino que también enviaría un mensaje claro: no había lugar para la disidencia en el reino..
Con una mezcla de desesperación y furia, Rowena miró a Iren.
—¡Esto es un abuso! ¡No permitiré que te salgas con la tuya!
El juicio estaba lejos de haber terminado; las sombras acechaban y las decisiones tomadas esta noche tendrían repercusiones profundas en el futuro del reino. Mientras las luces del templo iluminaban las caras tensas y ansiosas de los presentes, todos sabían que estaban siendo testigos de algo monumental: un juicio no solo sobre Rowena, sino sobre el destino mismo de su ciudad.
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Las sombras se alargaban en el reino, y una brisa fría soplaba por las calles empedradas mientras el sol se ocultaba tras las colinas. En el templo, la atmósfera era tensa, cargada de murmullos y desconfianza. Rowena, que había llegado a ser un símbolo de esperanza para muchos, ahora se encontraba al borde del abismo. Su mundo se desmoronaba, y su poder parecía desvanecerse como el último rayo de luz del día.
La plaza frente al templo estaba repleta de gente, una multitud expectante que se había reunido para presenciar lo que prometía ser un espectáculo. Rowena se encontraba en el centro, sus ojos fijos en la figura de Fara, quien estaba rodeada por guardias del templo. El rostro de su amiga reflejaba una mezcla de confusión y miedo.
—¡Rowena! —gritó Fara, su voz resonando entre la multitud—. ¿Qué está pasando? ¿Por qué me arrestan?
Rowena sintió que el corazón le daba un vuelco. Se acercó a los guardias, pero uno de ellos levantó la mano.
—¡Detente! —ordenó el capitán de la guardia—. Fara es acusada de conspiración contra el templo. Debemos llevarla ante el consejo.
—¡Esto es un error! —exclamó Rowena, su voz llena de indignación—. Fara no ha hecho nada malo. ¡Es inocente!
Un murmullo recorrió la plaza. Algunos nobles miraban con desdén, mientras otros parecían incómodos ante la situación. Iren apareció entre la multitud, su rostro iluminado por una sonrisa triunfante.
—La ley es clara, Rowena —dijo con desdén—. No puedes proteger a quienes han traicionado al reino. La justicia debe prevalecer.
Rowena sintió que el mundo se desmoronaba a su alrededor. No podía permitir que Fara fuera llevada ante el consejo, pero la ley del templo era inquebrantable. Con un gesto desesperado, se volvió hacia la multitud.
—¿No ven lo que está sucediendo? —gritó—. Esto no es justicia; es un ataque a nuestra libertad.
Pero sus palabras fueron ahogadas por los vítores de aquellos que apoyaban a Iren. Fara fue conducida hacia la puerta del templo, y Rowena sintió cómo una parte de sí misma se rompía.
La noche siguiente, Rowena convocó a una reunión con sus aliados nobles en su residencia. La sala estaba iluminada tenuemente, y el ambiente era sombrío. Sin embargo, al ver las caras de sus amigos, sintió un rayo de esperanza.
—Debemos unirnos contra Iren —comenzó Rowena—. No podemos permitir que este abuso continúe.
Uno de los nobles, Lord Fenwick, se adelantó.
—Rowena, lo siento, pero no podemos arriesgar nuestras posiciones. El clero tiene mucho poder y no podemos enfrentarlo sin perderlo todo.
El corazón de Rowena se hundió. Sabía que muchos nobles estaban cambiando de bando ante la presión del clero.
—¿Es eso lo que realmente quieren? —preguntó, su voz temblando—. ¿Ser cómplices del miedo?
La sala se llenó de murmullos nerviosos, y uno a uno, los nobles comenzaron a retirarse. La traición pesaba en el aire como una niebla densa. Cuando la última puerta se cerró detrás de ellos, Rowena sintió que la soledad la envolvía.
A medida que los días pasaban y su situación empeoraba, Rowena comprendió que necesitaba buscar ayuda en lugares oscuros. Se dirigió al puerto, donde las luces parpadeantes de las tabernas ocultaban secretos y rumores.
En una esquina oscura del mercado negro, encontró a un viejo informante conocido como “El Cuervo”. Su rostro estaba surcado por arrugas y cicatrices, pero sus ojos brillaban con astucia.
—¿Qué deseas, Rowena? —preguntó con una voz rasposa mientras encendía una lámpara.
—Necesito pruebas contra Iren y sus aliados —respondió Rowena con determinación—. Algo que pueda desacreditarlo ante el consejo.
El Cuervo sonrió de manera enigmática.
Editado: 10.01.2026