Capítulo 3
El Acto Mágico
Amkor era un reino antiguo, fundado por el mago Set Magenti, un exiliado del mundo de los mundanos. Set trajo consigo el Libro de los Hechizos, el tesoro más valioso de Amkor, que guardaba los secretos de la magia y el portal. El libro se conservaba en el castillo, bajo estricta vigilancia. Cada vez que un rey fallecía, se le pasaba el libro, la corona y la varita original de Set al próximo heredero. Pero en Amkor nunca había reinado una mujer. Durante mil años, solo los hombres habían ostentado el poder. Y eso era lo que irritaba a muchos magos, que rechazaban que una mujer pudiera ascender al trono. Gaian se enfurecía con ese comportamiento machista, que menospreciaba a las hechiceras como si fueran inferiores. Ella conocía el talento de Rowena, y sabía que podía ser una excelente reina, si se lo permitían.
Amkor se componía de una península y dos islas. En la península estaba el Castillo Magenti, el hogar del monarca Osram Magenti y su hija Rowena, la sucesora del trono. Alrededor del castillo se hallaba la Ciudadela, una ciudad con calles adoquinadas, mercados animados y plazas hermosas. La Ciudadela estaba cercada por el Bosque de las Sombras, un sitio enigmático y peligroso, donde vivían seres mágicos. Al otro lado del bosque se encontraba la Bahía Encantada, un puerto donde se podía tomar un ferry a las islas. En el lado sur de la península estaban las Montañas Blancas, donde residían los magos del elemento aire, bajo el liderazgo del regente Serty Blast. No eran muy amistosos y visitaban poco la Ciudadela.
La segunda isla era la Shell Reef Isle, un paraíso tropical con palmeras y playas. Allí se podía ver a las sirenas, que vivían en los arrecifes de coral y suspiraban por los magos. Los habitantes de la isla eran maestros en la magia del agua, y tenían fama de ser alegres y pacíficos. El regente de la isla era Goldar Raw, el padre de Waterly.
Rowena se miró en el espejo y suspiró. Había llegado la hora, la noche más importante de su vida, la noche en que se presentaría oficialmente como la princesa heredera de Amkor ante su pueblo y sus invitados. Había soñado con este momento desde que era una niña, pero ahora sentía un nudo en el estómago y sus manos sudaban frío. No solo tenía que lucir hermosa y elegante, sino que también tenía que demostrar su habilidad mágica, una tradición que se remontaba a siglos atrás. Gaian, quien llevaba un vestido de gala negro, la ayudó a ponerse el vestido que había elegido para la ocasión: un traje de seda blanco con bordados de plata y perlas. Se recogió el cabello en un elegante moño y se adornó con una tiara de diamantes. Rehusó ponerse las zapatillas bailarinas porque confiaba en sus propias habilidades para el baile; en cambio se calzó unos zapatos de tacón y se colocó un collar de zafiros. Se miró de nuevo en el espejo y se sintió satisfecha. Estaba lista para salir.
Gaian la observó con ojos vidriosos, recordando a la bebé prematura que recibió en sus brazos hace dieciocho años:
—¡Estás preciosa, Rowena! —dijo, con emoción y sintió un estremecimiento en el corazón al recordar sus visiones. Un peligro acechaba y ella no podía hacer nada para evitarlo. Le dijo:
—Por ninguna razón vayas hoy al Bosque de las Sombras. ¡Prométemelo!
Rowena recordó el sueño en el que era asesinada y respondió:
—No tengo intenciones de ir esta noche.
Oyeron unos toques en la puerta. Gaian se acercó para abrirla y se encontró con el monarca Osram. Alto, elegante, con una barba bien cuidada, llevaba su túnica de gala en colores carmesí y dorado. Pasó a desearle suerte a su hija, antes de salir a recibir a sus invitados.
—Rowena querida, estoy tan orgulloso de ti. ¡Estás bellísima! Hoy es el gran día y debes estar nerviosa, pero no tienes nada de qué preocuparte. Simplemente haz tu acto mágico con tranquilidad. No te apresures. Ve paso a paso. ¡Todo saldrá bien!
Gaian deseó tener la seguridad del rey, pero aun sentía una sensación de angustia en el pecho y a medida que pasaban las horas, esta se iba incrementando. ¿Atacarían a Rowena esa noche? El monarca Osram se despidió de su hija con un fuerte abrazo y salió. Gaian, entonces, dijo:
—Voy a llevar a Harpie y a Kurdut a una de las habitaciones, que cerraré con llave. No queremos que aparezcan en la tarima para dañar tu acto ¿verdad? —Rowena asintió, viendo cómo sus mascotas jaloneaban la tela de su vestido. La tutora los tomó por el pescuezo y los sacó de la habitación. Antes de salir, le recordó a su pupila:
—No olvides usar el talismán.
Rowena asintió para no ser descortés, pero no pensaba usarlo porque el olor a cebolla y ajo era demasiado penetrante y opacaría el delicioso aroma del perfume que había reservado para esa noche.
No habían pasado ni cinco minutos, cuando volvieron a tocar a la puerta. Rowena seguía mirando su imagen en el espejo, pues nunca había usado un vestido tan vistoso. Distraídamente se acercó a la puerta y la abrió, encontrándose con una sorpresa: su prima Gilda, vestida de gala y cubierta de joyas de los pies a la cabeza, estaba allí, esbozando una sonrisa maliciosa. Rowena quedó muda. Se habían llevado mal toda la vida, nunca fueron amigas y no podía pensar algún motivo por el que su prima quisiera visitarla. Había intentado sabotear a Rowena en varias ocasiones, pero nunca había logrado su objetivo.
—Hola, querida prima —dijo Gilda con falsa dulzura—. He venido a desearte suerte. Sé que no siempre nos hemos llevado bien, pero esta noche es especial y se me ocurrió que podíamos dejar atrás nuestras diferencias y empezar una nueva etapa como amigas. Hemos madurado y ya no somos las mismas niñas de antes. —Dijo, mirando a Rowena de arriba abajo. Caminó hasta el tocador y observó los objetos allí apilados— Estás nerviosa —agregó tomando un lápiz labial, retocándose el maquillaje en el espejo—, pero no te preocupes. Todo saldrá bien. —Y volvió a colocar el labial en su lugar.