Rowena Y El Libro De Los Hechizos

4. Un Intruso en el Castillo

Capítulo 4

Un Intruso en el Castillo

El día siguiente de la fatídica presentación de la princesa, que tan terribles consecuencias traería para los Magenti, un tormentoso despertar azotó a la hechicera Gaian. Un dolor le taladraba la cabeza, como si un martillo implacable se hendiera en su cráneo. No recordaba tal suplicio desde la infame ocasión en que aprendices ineptos incendiaron dos casas aledañas a la Academia, víctimas de su torpe manejo de la magia del fuego.

Gaian, con manos temblorosas, se masajeó las sienes, un remedio casero de antaño. Mas el dolor persistía. Resignada, se levantó y se dirigió a la cocina. Prepararía un brebaje ancestral, legado de los antiguos mayas: lágrimas de mono blanco, clavos de olor y leche agria, una pócima para sanar cuerpo y alma.

La noche anterior había sido un completo desastre. Aunque se pudo revertir el hechizo de Rowena, el daño a su reputación ya estaba hecho. Los invitados asistieron a la recepción más por no desairar al monarca Osram que por mostrar apoyo a Rowena, y los cuchicheos y las miradas furtivas no cesaron en toda la noche, pero Gaian estaba orgullosa de su pupila, quien soportó todo con estoicismo. Pero, aunque Rowena no sufrió ningún atentado, el peligro seguía latente. Gaian seguía sintiendo aquella opresión nefasta en el pecho como si una tenaza le apretara el corazón.

La hechicera Gaian se asomó a la ventana y vio un cúmulo de nubes negras, arrugó el ceño. Aquello no presagiaba nada bueno, no le gustaban los días grises, pues traían consigo siempre alguna contrariedad. Salió de su casa a las seis treinta y dio un rodeo por la Calle 10, que era la ruta más larga para llegar al castillo, pero que le permitía respirar aire puro y ordenar sus ideas.

La brisa de la mañana acariciaba su rostro, infundiéndole calma, pero al doblar la esquina se encontró con un puesto de periódicos. El titular más destacado del Diario Magia al Día atrajo su atención. Se acercó y jaló el ejemplar de su percha. Leyó: “¿Monstruo o Princesa?” Debajo había una foto de Rowena convertida en monstruo, captada desde su peor ángulo.

—¿Qué hace aquí, directora Gaian? —le preguntó el vendedor del quiosco, nervioso, sorprendido de verla tan temprano, conociendo que aquella no era su ruta habitual.

Pero la directora no le contestó, porque estaba leyendo el artículo que citaba: “La noche de ayer presenciamos un espectáculo inusual: un acto de magia que parecía más bien un acto de circo. La princesa Rowena Magenti, jactándose de sus poderes, nos ofreció un espectáculo denigrante de lo que NO debería ser la magia. Entre los distinguidos invitados se encontraban gobernantes y personalidades de otros reinos que en estos momentos deben estar preguntándose qué clase de gente somos los Amkorenses. Lo que nos lleva a la siguiente reflexión: ¿Está preparada esta chiquilla para llevar el destino de un reino? ¿Puede una joven, que obviamente no domina la magia, ser la dirigente de una comunidad de magos? Tenemos el deber moral de reflexionar qué es lo que necesita nuestra comunidad: ¿Una jovencita malcriada o un líder que nos guíe y resuelva nuestros problemas? Quizás es hora de cambiar el sistema monárquico y elegir a nuestros gobernantes por un sistema más eficiente; en donde en vez de honrar los lazos de sangre, se honre la honestidad, los valores y los méritos de las personas que nos dirigen”.

La hechicera Gaian contempló con incredulidad las páginas del periódico. La crítica hacia Rowena era despiadada, un azote de tinta sobre su impecable imagen.

—¡Es una infamia! —rugió Gaian, arrugando el diario con tanta fuerza que el papel crujió como un trueno. Arrojó la bola de papel al suelo y, con un gesto imperioso de su varita, barrió con los demás ejemplares del quiosco. El vendedor, atónito, solo pudo balbucear mientras Gaian se alejaba, dejando un rastro de periódicos que se esfumaban en el aire.

Su furia la impulsaba a través de las calles, un torbellino de magia y determinación. Gaian no toleraría que la princesa se viera afectada por la crueldad de la prensa. Su objetivo era claro: eliminar todo rastro de la injuria impresa.

Irrumpió en el castillo, requisando cada ejemplar que encontró: tres del comedor, quince de las habitaciones de invitados, seis del Salón de las Constelaciones. Todos fueron a parar a la cocina, donde una aterrorizada mucama recibió la orden de incinerarlos.

Satisfecha, Gaian se dirigió a la habitación de Rowena, solo para encontrarse con un nuevo escenario de caos. La puerta se abrió de golpe, revelando a una Harpie aterrorizada que se escurría bajo la cama, y a Kurdut, el travieso dragón, masticando alegremente los restos de un periódico destrozado. La princesa, en un arrebato de furia, había hecho trizas su tocador, esparciendo vidrios por toda la habitación. La escena era un reflejo del tormento que la afligía.

—Entonces, lo viste —afirmó Gaian al ver el rostro enojado de Rowena.

—¡Claro que lo vi! ¿Y pretendías ocultármelo?

—No por siempre, en algún momento te ibas a enterar. Pero me hubiera gustado que hubieran pasado algunos días para que no te afectara tanto. Has estado bajo mucho estrés últimamente.

—La gente me odia, Gaian. Los periódicos me odian, los regentes me odian… ¿Qué puedo hacer?

—En principio, no darte por vencida. Alguien está detrás de todo esto y debemos averiguar quién es. La política es sucia, Rowena, y debes aprender a jugar. Este no será el primer revés que tengas que enfrentar. Saca tus garras y no te vendría mal un poquito de malicia. Te estás enfrentando a magos inescrupulosos, que te harán trizas si no sabes jugar el juego.




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