Rowena arrastró a Luca por el oscuro pasadizo que conducía a la salida del castillo. El ladrón se quejaba de las heridas que le habían hecho los guardias cuando lo capturaron, pero la princesa no le prestaba atención. Solo pensaba en salir del castillo y llegar a Bahía Encantada en donde los esperaba Waterly.
—¿A dónde me llevas? —preguntó Luca con voz ronca, disgustado por la forma en que lo jaloneaba Rowena.
—A Bahía Encantada —respondió Rowena sin mirarlo—Allí me espera una amiga con dos tortugas gigantes que nos llevarán a tu mundo atravesando el Mar de los Suspiros.
—¿Qué? ¿Estás loca? ¿Quieres que nos maten? —exclamó Luca con horror— ¿Por qué no podemos usar el portal como la gente normal?
—El portal está fuertemente custodiado, gracias a la invasión de mundanos. No seas cobarde —le espetó Rowena.
—No soy cobarde, soy precavido y evito las situaciones de peligro porque me gusta vivir.
—Tú me vas a ayudar a encontrar al traidor y a recuperar el libro, o si no, te entregaré a los guardias para que te ejecuten. Te estoy salvando la vida. Así que me debes un favor.
El hombre, en un gesto de desagrado, guardó silencio. Rowena y Luca, al final del pasadizo, se encontraron con una puerta de madera. La princesa, con cautela, la abrió y asomó la cabeza. Tres soldados, armados con espadas y lanzas, custodiaban la entrada del castillo. Rowena, consciente de que no podían enfrentarlos, recurrió a su magia para burlar a los guardias.
—¿Tu plan? —susurró Luca.
—Algo que te dejará con la boca abierta —respondió Rowena con una sonrisa traviesa. Jamás había realizado un acto tan osado, y se sorprendió de su propia audacia.
De su bolsillo, la princesa extrajo una pequeña piedra azul que brillaba con una tenue luz. Era una piedra de ilusión, un objeto mágico capaz de crear imágenes falsas. Rowena la lanzó al aire y, en el antiguo idioma de la magia, pronunció unas palabras. La piedra se elevó y se multiplicó, creando una bandada de coloridos pájaros que salieron volando del pasadizo.
Los soldados, atónitos ante el espectáculo, se distrajeron por unos segundos. Rowena aprovechó ese instante para salir, arrastrando a Luca consigo. Ambos corrieron hacia la salida del castillo, procurando no ser vistos por los guardias.
—Rápido, ¡sígueme! —apremió Rowena a Luca, internándose por el sendero del Bosque de las Sombras. La princesa avanzaba con paso ligero, dejando atrás la seguridad del castillo y adentrándose en un paraje de espesa vegetación y penumbra. Luca la observaba con recelo, dubitativo entre seguirla o buscar refugio en la familiaridad del calabozo.
Tras media hora de ardua caminata, desembocaron en Bahía Encantada. Un oasis de aguas turquesas y arenas blancas como la nieve se extendía ante ellos, bordeado por un bosquecillo de palmeras que susurraba con la brisa. Allí los esperaba Waterly, con su mochila a la espalda y una sonrisa radiante en el rostro al verlos. A su lado se encontraban Kurdut y Harpie, inquietos y juguetones como siempre.
—¡Lo lograste! Ya comenzaba a preocuparme —exclamó Waterly, dirigiendo una mirada curiosa al mundano. Rowena depositó su mochila en la arena y extrajo otra, más pequeña, para acomodar a sus inseparables compañeros.
—¿Esos van con nosotros? —preguntó Luca, señalando a los animales con evidente inquietud. En mi mundo no existen los dragones. ¿No te parece extraño que lleves uno contigo?
—¿No existen los dragones? —repitió la princesa, con genuina sorpresa.
—¡No, claro que no! ¿Qué saben ustedes de mi mundo?
—¡Muy poco! —respondió Waterly. Solo lo que nos cuentan los gnomos que atraviesan el portal y algunos magos o hechiceras que tienen motivos especiales para visitarnos.
—¿Y gatos hay? —preguntó Rowena.
—¡Por montones! —afirmó Luca con una sonrisa.
Waterly intervino:
—Pues, transformemos a Kurdut en un gato y listo —y así lo hicieron.
—Las tortugas están listas, podemos partir cuando deseemos —anunció Waterly con un guiño pícaro.
—¿Qué clase de tortugas? —inquirió Luca, con el ceño fruncido y la voz cargada de recelo.
—Estas, precisamente —respondió Waterly, señalando a dos colosales reptiles que emergían del agua con majestuosa lentitud. Sus caparazones, moteados de algas y coral, brillaban bajo el sol naciente como si estuvieran forjados en oro— Se llaman Tula y Tito, y son tan amigables como colosales. Ellas nos conducirán al mundo de los mundanos a través de las rutas submarinas.
—¿Estás bromeando? —exclamó Luca, con una mezcla de incredulidad y pánico en su voz— ¿Pretendes que cabalguemos sobre esas… esas bestias? ¡Es una locura! Acepté ayudarte —se dirigió a Rowena con tono de reproche— pero jamás mencionaste un viaje en tortugas. ¡No lo haré!
—Claro que sí —replicó Rowena con firmeza— Es la única forma de llegar a tu mundo sin ser detectados. ¿Acaso flaqueas? Creía que los mundanos eran más valientes.
—No me importa lo que digas, no lo haré —gritó Luca, zafándose del agarre de las chicas. Se resistía con todas sus fuerzas, maldiciendo y pataleando como un animal acorralado. Sin embargo, Rowena y Waterly parecían poseer una fuerza sobrenatural.