Rowena Y El Libro De Los Hechizos

6. Búsqueda Infructuosa

Al alba del siguiente día, un ímpetu irrefrenable empujaba a Rowena a actuar. Albergaba la esperanza de encontrar algún rastro del enigmático mago en el pueblo. La noche anterior, bajo la tenue luz de una lámpara, habían trazado un plan para enfrentar a Zaen, si lo hallaban, y arrebatarle el codiciado Libro de los Hechizos. Ignoraban el alcance del poder de Zaen, por lo que la cautela era su mejor arma.

Concluido el plan, Waterly, ávida por explorar un nuevo lugar, propuso un paseo por el pueblo, viendo que la noche apenas comenzaba. Animó a Rowena a acompañarla; pero esta no estaba de ánimos para paseos. Luca, conocedor del lugar como la palma de su mano, se ofreció como guía:

—Vamos, princesa. ¿Qué tiene de malo algo de diversión? Por hoy, no hay nada que podamos hacer para encontrar a Zaen. Salgamos y experimenten un poco de la hospitalidad de los “mundanos”. —bromeó— Pero traigan su oro, en este mundo la hospitalidad se paga.

Rowena no quiso ser la aguafiestas de la noche, así que aceptó a regañadientes, teniendo la previsión de encerrar a Kurdut y Harpie en el closet para que no hicieran travesuras en el hotel.

Al traspasar el umbral del hotel, Rowena se encontró con una noche gélida que le erizó la piel. Luca, con un gesto galante, se quitó la chamarra y la colocó sobre los hombros de la muchacha, quien le dedicó una sonrisa en señal de agradecimiento.

Waterly, con una mirada pícara, intervino:

—Luca, ¿no guardas otra chamarra en tu armario? Yo también tiritó de frío, así que me temo que ahora deberás cederme tu camisa.

Al observar la expresión de inquietud en el rostro del joven, Waterly no pudo contener una sonora carcajada.

—¡No pongas esa cara! Era solo una broma. Estoy habituada al frío. El agua es mi elemento, ¿lo has olvidado?

—No recuerdo que lo hubieses mencionado.

—Mi clan protege al elemento agua, mientras que el de Rowena está ligado a la tierra. Aunque ella, como futura reina, debe dominar y proteger todos los elementos.

Luca se dirigió hacia Rowena, que ya recuperaba el color rosado en sus mejillas:

—Según lo que pude escuchar durante mi breve estancia en los calabozos, la gente no parece muy entusiasmada con tu próxima coronación como reina. ¿Por qué te empeñas en gobernar a un pueblo que te rechaza? ¿Por qué te arriesgas en esta loca misión por gente que no lo merece?

Rowena se mordió los labios, reacia a entrar en detalles con un desconocido. Su única respuesta fue:

—Es mi deber. Tiene que ver con el honor, un concepto del que tú, probablemente, no sepas mucho.

—Eso ha sido un poco cruel —replicó Luca— especialmente cuando estoy congelándome por tu culpa.

—Lo siento. Propongo una tregua durante nuestro paseo.

Luca guio sus pasos hacia lugares y objetos que jamás habían visto. Helados y pasteles endulzaron su recorrido, dibujando sonrisas en sus rostros. La alegría reinaba hasta que Rowena creyó distinguir a su primo Darío entre la multitud. ¿Era él o una simple alucinación? ¿Acaso su padre lo había enviado tras ella? Las posibilidades se agolpaban en su mente. Compartió su inquietud con Waterly, quien la miró con ojos comprensivos y le respondió:

—No te precipites, Rowena. Podría ser solo una coincidencia. De ser él, ¿por qué se ocultaría? Seamos cautelosas y observemos con detenimiento.

Un velo de incertidumbre se cernía sobre ellas. La búsqueda de Zaen y el Libro de los Hechizos se teñía ahora de un nuevo misterio: la presencia fantasmal de Darío. La decisión era clara: debían actuar con cautela, discerniendo entre la realidad y las sombras.

—Tu padre no habría mandado a Darío sino a la guardia real. De seguro viste a alguien que se parecía mucho a tu primo —dijo Waterly, pero Rowena se quedó con la duda.

Luego de recorrer el pueblo, un aura de jovialidad envolvía a los tres. Luca ya no se sentía un prisionero, ni las muchachas sus carceleras. Reían y compartían anécdotas como si se conocieran de antaño. Al llegar a la habitación del hotel, se encontraron con el estropicio que había causado Kurdut: un hoyo abrasador en la puerta del armario por donde había escapado. Harpie, aún cómoda en su cojín, no había sentido la necesidad de salir. Sin embargo, el dragón había destrozado los almohadones, dejando un reino de plumas por doquier. Afortunadamente, el fuego del dragón no había sido muy potente, solo algunos pequeños focos que se extinguieron por sí solos, casi por un milagro.

—¿Qué haremos ahora? —preguntó Rowena, consternada por el desastre.

—No hay otra opción. Lo arreglaremos con magia.

—Pero eso delatará nuestra presencia.

—Lo haremos mañana, antes de partir. Así no podrán encontrarnos.

—¿Quién no podrá encontrarnos? —preguntó Luca.

—¡La guardia real! ¿Crees que una princesa puede desaparecer de su reino sin que manden a nadie a buscarla?

Luca se encogió de hombros, resignado. Al fin y al cabo, nunca nadie lo había buscado a él. Un vistazo alrededor le bastó para comprender que, gracias al dragón, les esperaba una noche incómoda. Las plumas le provocaban una alergia insoportable, y no podía parar de estornudar. Sin más remedio, se dirigió a su cama y comenzó a apartar las plumas con desgano. Se acostó, pero no fue hasta pasada la medianoche que el sueño finalmente lo venció.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.