Apretando los dientes, Rowena se levantó con decisión y se dirigió hacia el joven. Su mirada era firme, su voz recia:
—Dime tu nombre y tu propósito —las palabras resonaron en el bar, atrayendo la atención de los pocos clientes que se habían quedado por curiosidad. El joven la miró con una chispa de interés en sus ojos.
—Me llamo Debron, y mi propósito es ayudarlos.
Su respuesta, lejos de calmar a Rowena, la llenó de aún más desconfianza.
—¿Ayudarnos? ¡No te creo! —respondió con escepticismo—. ¿Y por qué habrías de hacerlo?
Debron se encogió de hombros con una despreocupación que irritó a la princesa.
—Porque soy un mago, al igual que ustedes.
Las palabras de Debron resonaron en la mente de Rowena como una explosión. Un torrente de preguntas y posibilidades se abrió ante ella. ¿Un mago? ¿Amigo o enemigo? ¿Podía confiar en él? Este mago podría ser cómplice de Zaen, así que debía andarse con cuidado. Solo el tiempo y sus acciones darían respuesta a esas preguntas. Lo que Rowena sí sabía era que no tenía otra opción más que seguir adelante.
—Está bien, Debron —dijo con voz tensa—. Ayuda a mi amiga. Pero no me traiciones, porque si lo haces, te juro que te arrepentirás.
Debron sonrió y su sonrisa que ahora no parecía tan burlona.
—No lo haré, —Su voz era grave y solemne— Te doy mi palabra.
Y así, con esa promesa resonando en el aire, comenzó una nueva andadura para Rowena, Luca y Waterly. El misterioso joven tomó a Waterly en brazos y, con voz firme, les dijo:
—¡Vengan conmigo!
Rowena y Luca se miraron, desconcertados. ¿Quién era ese tipo? ¿Un aliado o un enemigo? Lo siguieron por un callejón sombrío que desembocaba en una avenida más iluminada.
—¿Quién eres realmente? — inquirió Rowena, impaciente por saber.
—Soy Debron de la Casa Spiros —respondió él con una sonrisa que dejó entrever un rostro atractivo—. Los he estado vigilando en el bar porque estaba seguro de que eran hechiceros. ¿A qué Casa pertenecen?
Rowena dudó, insegura de si debía responder. Al final, optó por la sinceridad, ignorando las señales de Luca que le indicaban que callara.
—Yo soy Rowena de la Casa Magenti y mi amiga es Waterly de la Casa Shaw.
—¿Magenti? —exclamó Debron con sorpresa—. Vaya, están muy lejos de casa. ¿Qué las ha traído por aquí? Ustedes suelen evitar a los mundanos.
—Es un asunto complicado —se limitó a decir Rowena, sin saber si podía confiar en el enigmático Debron.
Atravesaron un laberinto verde que se extendía como un manto esmeralda hasta que, al final del camino, un portón de hierro forjado se alzaba como un centinela. Un hombre de uniforme, impasible como una estatua, les franqueó el paso. Tomó a Waterly en sus brazos, con la delicadeza de quien sostiene una preciada porcelana, y se la llevó hacia la mansión, seguido por Debron, Luca y Rowena. La princesa, con ojos ávidos de curiosidad, absorbía cada detalle del imponente escenario. La mansión, con su aire medieval, se erguía majestuosa en medio de un vasto jardín de verdes tonalidades que se perdían en el horizonte. A Luca, cada paso le producía un creciente malestar, una sensación de desasosiego que no podía aplacar.
Ascendieron por unas escaleras de piedra que crujían bajo sus pisadas, penetrando en la primera estancia que hallaron abierta. Depositaron a Waterly sobre un lecho mullido, tan suave como una nube. Debron, con voz firme, ordenó a una mucama que se encontraba adentro realizando la limpieza que avisara al médico. Las paredes de la habitación estaban adornadas con tapices y cuadros que narraban escenas mágicas y legendarias, como si el tiempo se hubiera detenido en un reino de fantasía. Una cama con dosel, un armario tallado en madera noble y una mesa con un libro encuadernado en piel completaban el elegante mobiliario. En un rincón, una estantería rebosaba de frascos, polvos y objetos extraños, algunos de ellos brillando con una luz tenue y misteriosa.
Rowena se sentó junto a su amiga y le tomó la mano con ternura. La muchacha yacía inconsciente, su rostro pálido como la luna, pero la cola de sirena que antes adornaba su cuerpo había desaparecido sin dejar rastro. Debron permanecía en la habitación, soportando la mirada hostil de Luca, que no lo abandonaba ni por un instante.
—¿Qué sucedió en el Bar? —preguntó Rowena con voz temblorosa.
—No lo sé con certeza —respondió Debron, con el ceño fruncido—, pero sospecho que su dragón causó lo que nosotros denominamos una disrupción de la magia. Al parecer, permaneció demasiado tiempo en una forma que no le correspondía, y eso provocó que su pequeño compañero alterara los hechizos recientes. Por cierto, he dado instrucciones para que acondicionen un lugar adecuado para sus mascotas en el área de animales.
Rowena asintió con un gesto grave. Con un movimiento rápido de su varita, Debron hizo desaparecer a las mascotas en un destello de luz y salió de la habitación, dejando a Rowena y Luca en un silencio expectante, cargado de incertidumbre y presagios.
Rowena se debatía en la duda. ¿Había valido la pena arriesgar la vida de su amiga y la suya propia por una aventura tan peligrosa? La incertidumbre la corroía. Rowena y Luca, finalmente, compartieron impresiones: