Rowena Y El Libro De Los Hechizos

11. La Princesa y la Serpiente

Bulgaria se acercó a Rowena, deslizándose por el suelo, con una mirada de interés. Rowena retrocedió, aterrada, buscando un lugar donde esconderse, pero no había ninguno. Se dio cuenta de que estaba atrapada.

—Hola, princesita —le dijo con una voz grave y profunda—. ¿Qué haces por aquí?

Rowena, con un árbol a sus espaldas bloqueándole la huida, no supo qué responder. Estaba paralizada por el miedo.

—¿No me vas a contestar? —insistió la serpiente—. ¡Qué maleducada! Yo que solo quería charlar un rato.

—Por favor, déjeme en paz —balbuceó Rowena—. No le he hecho nada.

—No, no me has hecho nada. Pero me has llamado la atención. Y eso es suficiente para mí —dijo Bulgaria, sonriendo con malicia—. Sabes quién soy, ¿verdad?

—Sí, lo sé —admitió Rowena—. Usted es Bulgaria, la serpiente parlante.

—Así es. Soy quien dices que soy. La que sabe todo lo que pasa en el mundo y puede ver el pasado y el futuro. La que ayuda o engaña, según le convenga. La que nadie puede controlar. La que todos temen, incluso tu tío, el usurpador.

—¿Qué sabe usted de mi tío? —preguntó Rowena, sorprendida.

—Lo sé todo, princesita. Sé que tu tío es un traidor y que te encerró en el calabozo. Sé que escapaste con la ayuda de dos rebeldes, Luca y Waterly, y que ahora vas camino a la isla sea Shelf. Sé que quieres recuperar el trono que te pertenece por derecho, y vengar a tu padre. Sé que tienes miedo, pero también esperanza. Sé que amas a Luca, pero que no se lo has dicho. Sé que eres valiente, pero también ingenua. Sé que eres la última esperanza de tu reino, pero también su mayor debilidad. Sé todo eso, y mucho más.

—¿Cómo lo sabe? —preguntó Rowena, asombrada.

—Lo sé porque lo veo. Lo veo en tu mente, en tu corazón y en tu destino. Lo veo todo, princesita. —dijo Bulgaria, acercando su rostro al de Rowena, hasta que sus ojos se encontraron.

Rowena sintió un escalofrío. Los ojos de la serpiente eran hipnóticos. Le pareció que se sumergía en ellos, y que viajaba a otro mundo. Un mundo de imágenes, sonidos, y sensaciones. Un mundo donde veía su pasado, su presente, y su futuro, donde veía cosas que la alegraban y la entristecían, en donde veía cosas que la asustaban y la sorprendían. Entre esas cosas, vio una que le llamó especialmente la atención. Vio a su padre, que estaba vivo en el valle de las serpientes.

—¿Qué es esto? —preguntó Rowena, confundida.

—Esto es la verdad, princesita. La verdad que nadie te ha dicho y yo te revelo —dijo Bulgaria, con una sonrisa triunfal—. Tu padre está vivo y está aquí, conmigo, al cuidado de Leprechaus, su más fiel aliada.

—¿Qué? —exclamó Rowena, incrédula.

—Sí, princesita. Tu padre está vivo —repitió la serpiente, disfrutando de su reacción— ¿No me crees? Pues ven conmigo, y te lo mostraré.

Bulgaria se alejó de Rowena, y se dirigió hacia el fondo del bosque. Rowena la siguió, sin saber qué hacer. No sabía si la serpiente le decía la verdad, o si le tendía una trampa. ¿Confiaría en ella? La princesa ansiaba ver a su padre, abrazarlo, y decirle que lo amaba y pedirle perdón, por haberlo dado por muerto. Sí, quería ver a su padre, y por eso, siguió a Bulgaria.

La serpiente la llevó por un camino que solo ella conocía, que se adentraba cada vez más en el bosque, hasta llegar a las montañas. Allí, entre las rocas, había una entrada, que solo las serpientes podían ver y que conducía al valle.

—Aquí estamos, princesita —le dijo Bulgaria, deteniéndose frente a la entrada—. Este es el valle de las serpientes. Mi hogar y el de tu padre.

—¿El de mi padre? —repitió Rowena, incrédula.

—Sí, el de tu padre. El rey Osram, el legítimo gobernante de este reino. El que todos creen muerto, pero que yo salvé —dijo Bulgaria, con orgullo.

—¿Usted lo salvó? —preguntó Rowena, con incredulidad.

—Sí, yo lo salvé. Lo encontré, herido y moribundo, en el bosque, después de que tu tío lo traicionara y lo apuñalara por la espalda. Yo lo curé, con mis poderes y mis hierba y lo traje aquí, al valle de las serpientes, donde nadie lo pudiera encontrar. Con mi cariño y mi sabiduría, lo salvé, princesita. Yo lo salvé.

—¿Por qué lo hizo? —preguntó Rowena.

—Lo hice porque quise, porque me caía bien, y porque era justo. Lo hice porque era divertido y por muchos motivos, princesita. Pero el principal, fue porque él me lo pidió.

—¿Él se lo pidió? —preguntó Rowena. No sabía lo que encontraría dentro de la cueva, pero no tenía miedo.

—Sí, él me lo pidió, me rogó que lo salvara. Me suplicó que lo escondiera y me juró que me obedecería. Él me lo pidió, princesita.

—¿Y usted qué le pidió a cambio? —preguntó Rowena.

—Lo que siempre pido: una pregunta que solo yo puedo responder, una pregunta que vale más que cualquier tesoro. Yo le pedí una pregunta, princesita.

—¿Y qué pregunta le hizo? —preguntó Rowena.

—Eso no te lo puedo decir. Eso es un secreto entre él y yo. Eso es algo que solo él puede saber, que solo yo puedo responder y que tú tendrás que averiguar. Eso es algo que te sorprenderá y te cambiará la vida.




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