Rowena Y El Libro De Los Hechizos

13. Traición en el Altar

El sol del mediodía se filtraba a través de las vidrieras encantadas del Gran Salón del Castillo Magenti, tiñendo el aire de tonos dorados y carmesíes. La multitud se agolpaba en las gradas y balcones, un mar de rostros expectantes: nobles, magos leales al nuevo régimen, campesinos obligados a asistir y espías de la resistencia disfrazados entre ellos. Darkclay, ataviado con una túnica negra bordada en oro, estaba de pie en el altar elevado, flanqueado por sus guardias y su futura esposa, una hechicera ambiciosa del Clan Fuego que sonreía con falsa dulzura. Gilda y Darío observaban desde el palco real, con expresiones de triunfo prematuro.

El Libro de los Hechizos reposaba en un pedestal encantado al centro del altar, sus páginas cerradas como un secreto guardado. Darkclay lo había intentado todo para desbloquear su poder, pero el libro se resistía, como si supiera que no pertenecía a un usurpador. Hoy, durante su coronación, juraba ante el pueblo que lo dominaría y usaría para "unir" Amkor bajo su puño.

Rowena, oculta entre la multitud con una capa encantada que la hacía pasar por una campesina, sentía el pulso acelerado. A su lado, Luca, disfrazado de mercader, le apretaba la mano con disimulo. Waterly, fingiendo ser una sirvienta, se movía entre los guardias con una bandeja de bebidas. Osram, aún débil pero oculto en las sombras de un balcón superior con Gaian y Leprechaus, observaba todo. Debron, infiltrado como un noble aliado, estaba cerca del altar, supuestamente listo para dar el golpe sorpresa.

—El momento es ahora —susurró Rowena a Luca—. Cuando Darkclay jure lealtad, atacamos.

Luca asintió, pero su mirada se desviaba hacia Debron. Algo en el mago lo inquietaba desde su llegada al Castillo Shaw la noche anterior. "Zaen escapó", había dicho, pero Luca había notado inconsistencias en su relato: los ojos evasivos, la prisa por unirse al plan. Y ahora, en el salón, Debron parecía demasiado calmado.

La ceremonia comenzó. Un mago del Clan Tierra entonó el himno ancestral, y Darkclay levantó las manos.

—Hoy, Amkor renace bajo mi reinado —proclamó—. Con el Libro de los Hechizos en mis manos, uniré los clanes y...

Antes de que terminara, el caos estalló. Waterly derramó su "bebida" encantada sobre un grupo de guardias, convirtiéndola en un torrente de agua que los arrastró como marionetas. Osram, desde arriba, invocó un remolino de tierra que cegó a los arqueros. Gaian lanzó un hechizo de ilusión, multiplicando la imagen de los rebeldes para sembrar confusión. Rowena y Luca corrieron hacia el altar, Kurdut (liberado de la mochila) escupiendo fuego para abrir camino, mientras Harpie se transformaba en un león rugiente para distraer a los enemigos.

La multitud gritó, algunos huyendo, otros uniéndose a la revuelta. Darkclay rugió de furia, invocando un muro de llamas para protegerse. Gilda y Darío se unieron a la pelea, lanzando hechizos contra Waterly.

Rowena alcanzó el pedestal del Libro. Sus dedos rozaron la cubierta, y el tomo se abrió para ella, reconociendo su linaje. Páginas luminosas revelaron un hechizo de restauración: "Restitue regnum, restitue fidem".

Pero antes de que pudiera pronunciarlo, Debron se interpuso. Su bastón con la piedra del fuego brilló intensamente.

—Hermana... es hora —dijo con una sonrisa que ya no era amable.

Rowena frunció el ceño.

—¿Hora de qué?

Debron rio, y su risa fue un eco siniestro. Con un movimiento rápido, invocó la piedra: una explosión de fuego cegador separó a Rowena del Libro. Luca corrió hacia ella, pero Debron lo apartó con un golpe mágico que lo envió volando contra una columna.

—Traición... —murmuró Osram desde arriba, pero Gaian lo contuvo para no exponerlo.

Darkclay, protegido por su muro de llamas, miró a Debron con complicidad.

—Bien hecho, muchacho. Ahora, termina con ella.

Rowena se levantó, aturdida.

—¿Debron? ¿Qué estás haciendo? ¡Somos hermanos!

Debron sacudió la cabeza, su expresión ahora fría como el acero.

—¿Hermanos? Qué ilusa. Nunca lo fuimos. Todo fue una mentira para ganarme tu confianza. Zaen me envió. Él y yo... servimos a un poder mayor.

Waterly, luchando contra Gilda, gritó:

—¿Zaen? ¡Pero tú lo capturaste!

Debron se rio.

—Zaen nunca escapó. Lo liberé yo mismo. Era parte del plan: infiltrarme en la resistencia, descubrir vuestros movimientos... y entregarlos a Darkclay.

Luca, recuperándose del golpe, se levantó con furia.

—Lo sabía... ¡Te lo dije, Rowena!

Pero el golpe mayor vino de las sombras del altar. Una figura envuelta en una capa negra emergió: Zaen, sonriente, con el Libro ahora en sus manos. Y a su lado... una mujer de belleza etérea, con cabello plateado y ojos fríos como el invierno: era Hurrena.

Rowena sintió que el mundo se derrumbaba.

—¿Madre...?

Hurrena la miró con desdén, sin un ápice de calidez.

—Hija... qué decepción. Tan débil, tan ingenua, igual a tu padre.

Osram, desde su escondite, jadeó.




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