Livia
—¡Livia! —grita desde abajo.
Miro a mi alrededor con desesperación. Dios... ¿dónde las habré metido?
—¡Liviaaa! —vuelve a gritar, más insistente.
—¡Ya voy! —grito mientras me lanzo sobre la cama buscando entre la ropa—. ¡Que no encuentro mis rodilleras!
Abro el armario y rebusco entre camisetas, pantalones y sudaderas. Nada. Mis rodilleras parecen haberse esfumado. Miro debajo de la cama, entre los zapatos, incluso en el escritorio... sigue sin aparecer ninguna.
Me pongo de puntillas, estiro los brazos... y nada. Resoplo, miro alrededor y no se me ocurre otra que subirme a una silla para alcanzar lo que pueda estar en lo alto del armario. Con un pequeño salto logro agarrarme a la última estantería del armario. Pero no, siguen sin aparecer.
—¿Qué haces ahí arriba? —la voz de Rodrigo resuena detrás de mí y casi me hace dar un salto del susto.
—¡Rodrigo! —exclamo, agarrándome al borde del armario para no caer—. Es que... no encuentro las rodilleras...
Él se acerca con una sonrisa y, de un movimiento rápido, saca un par de rodilleras detrás de su espalda.
—¿Esto? —dice, enseñándomelas—. Estaban en el jardín.
—¡Ah... claro! —respondo—. Las debí dejar allí ayer cuando estaba jugando...
Rodrigo me mira, divertido, mientras me ayuda a bajar de la silla, y no puedo evitar sonreír también.
—Sabes, ahora que te vas, papá y mamá me harán más caso —dice, encogiéndose de hombros—. Seré casi hijo único hasta que vuelvas... y eso significa quedarme despierto viendo series, comer todos los helados y... bueno, que nadie me regañe.
Lo miro, divertida, y pongo los ojos en blanco.
—Claro, claro... —resoplo—. También estarán más pendientes de ti... se preocupan más... Porque claro, como yo no estoy... no se tendrán que preocupar por mi, si no por ti.
Rodrigo se queda un segundo quieto, y de repente su sonrisa se borra del todo.
—Mierda... —murmura, rascándose la nuca—. No había pensado en eso. Que ahora van a estar todo el rato encima de ti... más control, más sermones... y yo... —se encoge de hombros—, bueno, quizá no sea tan divertido ser "hijo único". ¡No te vayas, por favor!
Lo miro y no puedo evitar sonreír.
—Tranquilo, hermanito —le digo, dándole un golpecito en el brazo—. Son solo tres meses. Si te castigan, me llamas. Yo te cojo el móvil desde Boston, tan tranquila, mientras estoy de fiesta o comiéndome una pizza gigante. Sin tener a nuestros padres encima todo el dia.
—Ja, ja, ja, qué graciosa —se ríe Rodrigo, sacudiendo la cabeza—. No sé si reír o preocuparme por el tipo de hermana que me está dejando aquí.
—Venga, no me digas que no vas a echarme de menos —le digo, sonriendo mientras guardo las rodilleras en la maleta.
—Eso nunca —responde él, guiñándome un ojo—. Pero no te creas que me voy a quedar sentado todo el día sin hacer nada mientras tú no estás.
—Ya me imagino —murmuro, riendo—. Solo prométeme que no romperás nada...
—Prometido... más o menos —dice levantando las manos, con esa sonrisa que me dan ganas de estamparle un cojín en la cara.
Antes de que pueda responder, escuchamos la puerta de la entrada cerrarse de golpe.
Clac.
Y enseguida escucho una voz saludar a mis padres:
—¡Hola Carolina! ¡Hola Javier!
Mi corazón da un salto. Ni siquiera necesito asomarme por las escaleras; sé perfectamente quién acaba de llegar.
Rodrigo pone los ojos en blanco.
—Ahora sí que llegaremos tarde —dice, resignado.
No hace falta que me lo piense dos veces. Salgo disparada de la habitación, casi resbalo en el pasillo y bajo las escaleras a toda velocidad.
En cuanto llego al último escalón, Alba alza la vista y sus ojos se iluminan.
—¡¡Livia!!
Corro hacia ella y nos chocamos en un abrazo fuerte.
—Tía, te voy a echar muchísimo de menos —murmura ella contra mi hombro.
—Y yo a ti —respondo, apretándola aún más fuerte—. Pero solo son tres meses, ¿vale? Tres. Pero eso si,— digo separandome un poco de ella para verle la cara— me vas a tener que contar lo que está pasando todos los días por llamadas.
Alba ríe, asintiendo con entusiasmo.
—Trato hecho —dice—. Aunque solo para ponerme al día de lo importante... y cotillearte un poco.
—Obvio —respondo, sonriendo.
—Livia amor. —dice mamá desde el comedor, mientras nos mira a través de la barandilla. —Papá y yo vamos a llevar estas maletas al coche. ¿Está todo?
—No... todavía me falta un par de cosas —respondo, suspirando.
—Bueno, entonces subid a la habitación a acabar de preparar lo que quede, que si no llegaremos tarde —continua mamá, sonriendo.
—Si si, ahora vamos —digo, cogiendo a Alba de la mano—. ¿Vienes y me ayudas porfa, o tienes cosas que hacer?
—Que va, no tengo nada que hacer. —responde Alba, mientras empezamos a subir las escaleras.
Mientras subimos, nos cruzamos con Rodrigo en el descansillo.
—¡Hola, Rodrigo! —saluda rápidamente, con esa naturalidad que solo ella tiene.
—Eh... hola —responde él, girándose hacia mí—. ¡Id rápido! Que después de llevarte al aeropuerto papá me llevará a casa de Marcos.
—Tranquilo, tranquilo —le digo, sonriendo mientras entramos a mi habitación—. No vamos a tardar nada.
Una vez dentro, Alba se deja caer sobre la cama y me mira con esa sonrisa traviesa.
—Oye... —me dice, inclinándose hacia mí—. Tu hermano está muy guapo.
Me giro y la miro horrorizada.
—¡No, ni de coña, tía! Es mi hermano, ¡NO!—digo, empujándola suavemente mientras río.
—Ajá, ajá... claro, claro —dice, burlona—. Pero no me lo niegues.
—Quizás es porque se parece a mi, por eso es guapo—digo riéndome—. Vale, a ver. Vamos a repasar lo que me falta. Que no quiero dejarme nada.
Sacamos la ropa, revisamos la maleta, acomodamos los libros y comprobamos que tengo todo lo imprescindible: ropa de diario, deportivas, cosas de la universidad, y por supuesto, las rodilleras. Alba me ayuda a doblar las camisetas y a meter los pequeños detalles que siempre se me olvidan, mientras hablamos y nos reímos, haciendo que el tiempo pase sin darnos cuenta.