Livia
Me siento junto a la ventanilla y dejo la mochila entre las piernas. A mi lado, Sofía ya está acomodándose en su asiento, con los auriculares puestos alrededor del cuello y una sonrisa tranquila. También tiene la beca de intercambio, así que, al menos en este avión, no estoy completamente sola.
—¿Lista para sobrevivir siete horas encerradas? —me dice, mirándome de reojo.
—Depende de cuántas veces me entren ganas de levantarme —respondo, intentando sonar relajada.
Sofía se ríe bajito y se recuesta en el asiento.
—Tranquila, luego Boston nos compensará.
Respiro hondo y miro por la ventanilla. Los coches del aeropuerto parecen hormigas diminutas, y la calle que recorrimos esta mañana ya se está haciendo pequeña, casi imposible de reconocer. Mi corazón late demasiado rápido y, por un instante, quiero dar media vuelta y salir corriendo... pero sé que no puedo. Esto es lo que elegí. Esto es Boston. Y me da miedo... y ganas al mismo tiempo.
El avión ruge mientras los pasajeros se acomodan, las azafatas dan indicaciones y el ambiente se llena de ese olor a café recalentado y plásticos recién pulidos. Busco en mi mochila el móvil y veo los mensajes de Alba:
"No olvides mandarme fotos"
"¡No te dejes comer por los cerebritos americanos!"
"Te odio por irte, pero te quiero mucho"
Sonrío con un nudo en la garganta.
"Livia, respira.
Esto es solo el principio."
Me apoyo contra la ventanilla y, por un segundo, cierro los ojos. Puedo imaginar a Rodrigo haciendo alguna de sus bromas tontas, papá riéndose, mamá mirándome como si quisiera protegerme del mundo entero.
—Vale... —susurro—. Tres meses. Tres meses y vuelvo.
El avión comienza a rodar hacia la pista, el ruido aumenta y el corazón me da un vuelco. Mientras el suelo se aleja, me doy cuenta de algo: estoy aterrizando en mi nueva vida. Y, aunque da miedo, también me emociona.
Sacudo un poco las manos, intentando calmarme, y abro mi libreta de notas.
"Boston, allá voy. Prometo aprender, equivocarme y disfrutar cada segundo... y sí, prometo llamar a Rodrigo cuando me meta en líos."
—¿Qué vas a ver? —pregunta Sofía, asomándose un poco.
Le enseño la pantalla del móvil.
—Estoy entre "crónicas vampíricas", "como perder a un chico en 10 días" o "Mamma Mía".
—Clásicos —dice—. Yo creo que veré una de "Avatar".
Me coloco los auriculares y, durante el vuelo, el tiempo pasa entre películas, alguna siesta incómoda y comentarios sueltos entre Sofía y yo sobre la uni, la residencia y lo surrealista que es todo esto.
Cuando el avión toca tierra, el corazón me da un vuelco.
—Ya está —dice Sofía—. Al fin hemos llegado a Boston.
Recojo la mochila y la sigo entre la marea de gente. El aire del aeropuerto me golpea al instante: frío, húmedo, mezclado con olor a asfalto y cafés recién hechos. Cada paso se siente real. Demasiado real.
Tras recoger el equipaje, mi estómago ruge sin vergüenza.
—Necesito un café o me desmayo —murmuro.
—Yo también —dice Sofía.
Entramos en una cafetería cerca de la salida. El aroma del café recién hecho y los pasteles me hace la boca agua. Pido un café con leche grande y un croissant de jamón y queso, intentando equilibrar bandeja y maletas a la vez.
Mala idea.
Tropiezo con una rueda y el croissant sale volando, aterrizando en el suelo con un "plop" humillante.
—No... no... —murmuro, agachándome.
Sofía se tapa la boca para no reírse.
—Primer sacrificio americano —dice.
Resoplo, resignada, y me dejo caer en una mesa.
—Voy al baño un momento —dice ella—. Ahora vuelvo.
Asiento y, en cuanto se va, saco el móvil. Dudo un segundo... pero pulso el contacto de Rodrigo.
—¿Sí? —contesta al segundo tono—. ¿Has sobrevivido?
—He llegado —digo—. Pero acabo de perder un croissant en combate.
—¿Qué?
—No preguntes.
Se ríe, como siempre.
—¿Ya estás en la uni?
—Aún no. Estoy en el aeropuerto, con café y cero dignidad.
—Normal —dice—. Avísame cuando llegues y no rompas nada más, por favor.
—No prometo nada.
Cuelgo justo cuando Sofía vuelve.
—¿Todo bien? —pregunta, sentándose.
—Sí —sonrío—. Avisando a casa de que sigo viva.
Terminamos el café y recogemos las cosas.
—¿Vamos? —dice Sofía—. Antes de que se nos haga de noche.
Asiento, respiro hondo y agarro mi maleta.
Boston.
La universidad.
La residencia.
Todo está a punto de empezar.
Y yo... no tengo ni idea de lo que me espera.