Alexander
El coche gira hacia la avenida principal de la residencia. Nunca había estado aquí antes.
Apoyo la nuca contra el asiento y miro por la ventanilla. Afuera, Ethan está apoyado contra una farola, hablando animadamente con una chica pelirroja y otro chico que no reconozco. La chica tiene la piel tan clara que casi brilla bajo la luz de la mañana, y su pelo cae suave sobre sus hombros. Ethan, en cambio, destaca sin esfuerzo: su piel es más oscura, un tono cálido que contrasta con la palidez de la chica, y su pelo rizado negro se enrosca en mechones definidos que se mueven con cada gesto que hace. Se ríe, se inclina hacia ellos, salta un poco incluso, como si cada movimiento fuera parte de un espectáculo improvisado. Gestos amplios, risas fáciles. Él nunca pierde el tiempo, siempre quiere estar en el centro de todo.
—No has dicho nada desde que hemos salido —dice Dean desde el asiento al lado mío, sin mirarme—. ¿Todo bien?
Me encojo de hombros y vuelvo la vista al frente. El edificio de ladrillo rojo asoma entre los árboles. No es completamente desconocido. He estado aquí antes. Alguna fiesta, alguna visita rápida, ayudar a otros a subir cajas por estas mismas escaleras. Siempre de paso.
Pero nunca para quedarme.
—Sí —murmuro—. Supongo que es raro, nada más.
Dean asiente despacio, como si ya supiera la respuesta.
—Mamá ha preguntado tres veces si llevas el cargador, por cierto.
Resoplo.
—Dile que sí. Aunque no sea verdad.
Una leve sonrisa se le escapa.
—Y recuerda que papá te espera este fin de semana. Comida familiar. Dice que es importante.
Aprieto los labios un segundo.
—Claro —respondo—. Como siempre.
Dean no insiste. Nunca lo hace. Se recuesta un poco en el asiento y mira hacia fuera, observando cómo Ethan gesticula exageradamente mientras charla con sus nuevos conocidos.
—Oye —añade, en un tono más bajo—. No pasa nada si al principio no encaja. No todo tiene que hacerlo.
Asiento, agradeciendo que no diga nada más.
Fuera, Ethan levanta la vista y nos hace un gesto exagerado con la mano, como si estuviéramos llegando a una alfombra roja.
—Vamos —digo, abriendo la puerta—. Antes de que empiece a montar un espectáculo.
Salgo del coche y cierro de un golpe suave. Dean baja por el otro lado con calma y cierra la puerta despacio. Tiene ese modo silencioso de moverse que siempre me hizo pensar que sería buen espía. O profesor. O las dos cosas.
—¡Alex! —grita Ethan, dejando a la chica pelirroja y al otro chico a un lado—. ¡Por fin has llegado, tío!
—¿Qué tal? —respondo, levantando la mano para chocarla con la suya.
—Joder, pensaba que nunca llegaríais —dice, mientras nos damos abrazo rápido.
—No es culpa mía —respondo, sonriendo y echando un vistazo de reojo a Dean.
Dean suelta una media sonrisa desde atrás, como diciendo "no me metas en esto", y añade con calma:
—No es mi culpa que te despertaras media hora tarde.
Ethan rueda los ojos y señala el edificio de ladrillo rojo que se alza entre los árboles.
—Tío, ¿ves esto? —dice con entusiasmo—. Será nuestra nueva casa.
—Sin padres... —empiezo a decir, dejándome llevar por la sensación extraña de libertad.
—Sin reglas, sin cenas obligatorias, sin que alguien te diga a qué hora debes estar en la cama, sin madrugones para reuniones aburridas... —interrumpe Ethan con rapidez, gesticulando mientras recorre con la vista el edificio—. Todo es nuestro... bueno, más o menos.
Dean se queda un paso atrás, recostado contra la parte trasera del coche, cruzando los brazos. Lo miro un instante y asiento. Su expresión dice lo mismo que siempre: "tranquilo, todo saldrá bien", sin necesidad de palabras.
Ethan se detiene frente a mí y me da un codazo ligero.
—Venga, tío, vamos —dice con su habitual tono travieso—. Antes de que empieces a ponerte demasiado serio y aburrido.
Resoplo, sacudiéndome un poco los nervios del primer día, y miro hacia Dean. Él ya ha abierto el maletero del coche.
—Vamos coge tus cosas de una vez —dice con calma, aunque con un leve dejo de impaciencia—. Si no empezamos, nunca acabaremos.
—Oye —le digo mientras intento no tropezar con mi caja—, ¿ya has llevado tus cosas a la habitación?
Ethan rueda los ojos, divertido.
—Sí, tranquilo —responde—. Mis padres me han dejado aquí hace unas horas. Y ya tengo todo ordenado.
Dean sigue recogiendo algunas maletas y más cajas, asegurándose de que todo esté listo.
—Listo —dice finalmente, cerrando el maletero—. ¡Marchando hacia tu nueva residencia!
Con las manos ocupadas y los brazos cargados, empezamos a caminar hacia el edificio de ladrillo rojo. Dean va un par de pasos delante, hablando por teléfono, mientras que Ethan y yo intentamos equilibrar mi mochila y las cajas.
Dean empuja la puerta automática de la residencia. Un golpe de aire fresco nos recibe al instante.
—Menos mal —susurro, cerrando los ojos un segundo—. Pensaba que me iba a derretir ahí fuera.
Ethan resopla exageradamente, como si acabara de salir de un horno, y se deja caer sobre un sillón cercano.
—Te lo dije, tío —dice, frotándose la frente—. Septiembre y Boston son un combo mortal.
El vestíbulo está lleno de luz, con ventanales grandes que dejan entrar el sol de la tarde. Algunas maletas ruedan por el suelo, los estudiantes entran y salen, y el olor a madera nueva y café recién hecho flota en el aire.
Nos acercamos al mostrador y la recepcionista nos mira con esa mezcla de atención profesional y paciencia que solo quienes trabajan con cientos de estudiantes pueden mantener.
—Buenos días —dice con una sonrisa—. ¿Nombre del estudiante, por favor?
—Alexander Prescott—respondo, intentando sonar calmado mientras coloco mi mochila a un lado del mostrador.
Ella teclea rápido en el ordenador, revisando algo en la pantalla, y asiente.