Livia
El despertador suena y abro los ojos con dificultad. La luz del sol entra por la ventana y cae sobre las cajas amontonadas en el suelo. Suspiro y me estiro.
—Buah... luego voy a tener que ordenar todo esto —murmuro, observando la ropa aún dentro de la maleta.
Me levanto, abro la mochila y saco la ropa de deporte que dejé lista ayer. Me cambio rápidamente, ajusto la camiseta y los pantalones cortos, me ato las zapatillas, y dejo la mochila encima de la cama.
Salgo de la habitación hacia la cocina, lleno la botella de agua del grifo y le doy un buen trago. El frescor me despierta un poco más. Me ato la correa de la botella en la muñeca y salgo por el pasillo, asegurándome de cerrar la puerta de la habitación detrás de mí.
El campus todavía está tranquilo; algunos estudiantes aparecen en la distancia, caminando hacia la cafetería o haciendo lo mismo que yo: estirar las piernas antes de empezar el día. Respiro hondo y comienzo a correr, sintiendo cómo los músculos se activan y el aire fresco golpea mi rostro.
Mientras corro, mis pensamientos vuelan a casa, a Barcelona. ¿Qué hora será allá? Seis horas de diferencia... mis padres probablemente ya están en pie, desayunando y preparando el día. Y yo aquí, sola, en una ciudad que aún me parece gigante y desconocida. El cambio es real. Aún me cuesta dormir, me cuesta adaptarme. Llevo apenas un día y ya siento la mezcla de emoción y nervios.
A medida que avanzo, pienso en el equipo de voleibol de la universidad. ¿Cómo serán mis compañeras? ¿Serán competitivas, amables, divertidas? Gracias a Dios que Sofía también está aquí y hace voleibol. Eso me da un poco de seguridad, una cara conocida en medio de todo esto.
El campus comienza a despertarse más a medida que doy la vuelta. Las piedrecitas del camino crujen bajo mis zapatillas y algunos rayos de sol se reflejan en los ventanales de los edificios. Mis pulmones trabajan, mi corazón late con fuerza, y siento cómo la ciudad empieza a sentirse un poco menos ajena.
Después de unos minutos más, reduzco el ritmo y camino de vuelta hacia la residencia. Mientras bebo un trago de agua.
Subo por las escaleras y finalmente llego a la habitación. Abro la puerta y entro. El lugar todavía huele a madera nueva y café de la máquina de la cocina común. Las cajas siguen allí, sin moverse, recordándome todo lo que queda por organizar.
Suspirando, dejo la botella en la cocina y me acerco a la ventana abierta. Respiro hondo, dejando que el aire fresco de Boston me llene los pulmones. Este es mi nuevo hogar, aunque todavía se sienta extraño y enorme.
Camino hacia el baño, deslizándome entre las cajas sin tropezar esta vez. Abro el grifo y dejo que el agua fría corra por mis manos primero, un recordatorio de que estoy despierta y que esto no es un sueño. Me quito la ropa lentamente y dejo que el agua me golpee de lleno. El frío recorre cada músculo, obligándome a moverme, a estirarme, a despertar del todo. Cierro los ojos y dejo que la sensación me llene, mientras pienso en todo lo que dejo atrás: mi familia, mi ciudad, y un montón de costumbres que ahora están a miles de kilómetros.
Cuando termino, me envuelvo en la toalla por un instante antes de vestirme. Hoy me apetece algo cómodo pero fresco: unos pantalones de lino blancos y un top de manga corta marrón. Me miro en el espejo, ajusto un poco el top, me seco el pelo.
Empujo la puerta del baño y casi me choco con alguien que entra justo en ese momento. Alex. Camiseta gris y pantalones de cuadros azules largos, el pijama clásico de recién levantado.
—Buenos días —dice con voz ronca, como si todavía estuviera saliendo del sueño.
Me detengo un momento, parpadeando. Su mirada todavía medio dormida y esa voz... no puedo evitar soltar un suspiro contenido.
—Hola —respondo, intentando sonar neutral.
Él se estira, frotándose los ojos y bostezando, como si todo lo demás del mundo pudiera esperar mientras se despereza. Yo salgo del baño hacia mi habitación y dejo escapar un pequeño resoplido, medio divertido, medio exasperado.
Voy hacia la mini cocina, todavía descalza, y escucho los primeros ruidos del campus: algún grito lejano, el golpeteo de pasos, el sonido de una pelota rebotando. Me detengo por un momento, dejando que todo se asiente, mientras me hago un café y pienso que hoy va a ser un día largo e intenso.
Mientras me sirvo el café y doy un sorbo, el móvil vibra sobre la encimera. Lo miro y aparece una notificación de videollamada: Rodrigo. Sonrío involuntariamente mientras descuelgo la llamada.
—¡Hola! —Su voz aparece clara y familiar en la pantalla—. ¿Cómo va todo por Boston? ¿Ya te has instalado o todavía estás peleándote con las cajas?
—Hola —respondo, apoyándome en el marco de la puerta de mi habitación—. Bueno... de momento hay más cajas que espacio para caminar, pero voy bien.
—Ja, ja. Te veo en tu hábitat natural —bromea, cruzando los brazos frente a la cámara—. ¿Y tu habitación? ¿Está chula?
Asiento mientras enseño la mini cocina y parte del salón desde donde estoy.
—Sí... todavía hay cajas por todos lados, pero creo que voy organizando poco a poco. Y bueno... el campus está empezando a despertar, así que supongo que hoy será un día largo.
—Me imagino —dice Rodrigo, con esa mezcla de curiosidad y preocupación típica—. ¿Y tu cuarto?
—Es mucho más grande que el que tengo en casa —le digo, señalando primero la mesa junto al escritorio—. Más allá está el armario, y luego la cama doble, con su mesita al lado y una ventana que da al balcón.
Me estiro en la cama, apartando la mochila a un lado, y respiro un poco, disfrutando del espacio.
—¿Y vosotros qué tal? —pregunto—. ¿Todo bien en casa?
—Te echamos de menos —responde Rodrigo, con un tono que mezcla cariño y un poco de reproche—. La casa no es lo mismo sin ti. Ya no tengo a nadie con quien pelear.
Me río suavemente.
—Sí, me imagino. Seguro que la tranquilidad se os hace rara.