Rozando la perfección

Capítulo 5

Livia

Me despierto sobresaltada por un golpe de música tan fuerte que siento las paredes vibrar. Durante unos segundos no entiendo absolutamente nada. Estoy atrapada en ese estado borroso entre el sueño y la realidad, en el que el cerebro se niega a aceptar que el día ya ha empezado. O bueno… «día».

Parpadeo varias veces, con los ojos secos, y alargo la mano hacia la mesita de noche para coger el móvil. La pantalla ilumina la habitación con un resplandor azulado.

06:20 AM.

¿06:20?

¿En serio?

Me incorporo despacio, notando que tengo el pelo hecho un desastre, pegado a un lado de la cara. La habitación permanece sumida en la penumbra; apenas se cuela un tímido rayo de luz por la rendija de la cortina.

Es demasiado pronto para que exista cualquier tipo de luz. O de ruido.

Y, sin embargo, la música sigue ahí.

Retumbando.

Un temazo en inglés, de esos que podrían sonar perfectamente a todo volumen en mitad de un concierto, pero que definitivamente no deberían estar atronando desde el baño de una residencia universitaria a estas horas de la madrugada.

Cierro los ojos un segundo.
Respiro.
Intento convencerme de que esto no está pasando.

Pero vuelve el boom boom boom del bajo y ya está: la realidad golpeándome la cabeza.

Me levanto de la cama arrastrando los pies, las sábanas se me enredan en los tobillos y casi me caigo. Me abrazo a mí misma por el frío repentino que recorre la habitación. El suelo está helado, como si hubiera pasado la noche en un congelador.

Voy hasta el baño. Cada paso que doy hace que la música se escuche aún más fuerte, como si alguien hubiera colocado un altavoz gigante encima del lavabo.

Pico la puerta con los nudillos.

—Alex —murmuro al principio, con una voz rasposa que ni yo reconozco—. Alex, baja la música.

Nada.
Ni una respuesta.
Ni siquiera un "ahora".
La música tapa todo.

Vuelvo a picar, esta vez más fuerte.

—¡Alex! —Elevo la voz, ya sin paciencia, sintiendo cómo la irritación me sube como un calor por la nuca—. ¡Baja la música! ¡Son las seis y veinte de la mañana!

Aún nada. Me acerco más a la puerta, prácticamente con la frente apoyada en ella.

Sigo escuchando el chorro de la ducha, el eco de la canción y... ¿está cantando? ¿De verdad está cantando encima de la música?

Aprieto los puños.

—¡ALEX! —grito esta vez con todas mis ganas—. ¡BAJA LA MÚSICA!

Silencio.
Bueno, relativo silencio: la música sigue, pero él se calla.

—¡Te lo juro que como no salgas ahora mismo...!

Me quedo ahí plantada, completamente ridícula, con el pijama arrugado, el pelo en modo nido de pájaros y una mala leche monumental. Todo por alguien que claramente desconoce el concepto de convivir.

Doy un pequeño golpecito final a la puerta, como si eso sirviera de algo. Pero justo cuando me giro para volver a mi cama, escucho el cerrojo.

La puerta se abre un par de centímetros primero, y luego del todo, empujada por un golpe de vapor caliente que me envuelve la cara.

Y entonces entre el vapor aparece Alex. Recién salido de la ducha, con el pelo chorreando, pegado a la frente. Una toalla blanca rodeándole la cintura y nada más. Gotas de agua bajándole por el pecho, marcando un camino lento por los abdominales hasta perderse bajo la toalla.

Y la música sigue sonando dentro, como si su vida tuviera banda sonora.

Él me mira con una mezcla perfecta entre desinterés, aburrimiento y... ¿diversión?

Apoya el hombro en el marco de la puerta, cruzándose de brazos como si estuviera completamente vestido, como si no fuera consciente de cómo está.

—¿Qué pasa? —dice con voz ronca, la voz de alguien que se ha duchado caliente y ha cantado demasiado fuerte.

Abro la boca para contestar pero solo me sale aire.

—¿Que qué pasa? —repito, indignada, apuntándole con el dedo—. ¡Que son las seis y veinte! ¡Que estás poniendo música como si esto fuera una discoteca! ¡Que es martes! ¡Martes! ¡No tenemos clase hasta las diez y hay gente que quiere dormir!

Él ladea un poco la cabeza, como si la situación le diera pereza.

—Relájate, niña —dice, arrastrando la palabra con una media sonrisa—. Hay gente que madruga.

Se me tensa la mandíbula al instante.

—No me llames niña.

—Entonces deja de comportarte como una.

Siento el calor subirme a la cara.

—Tú... tú... —busco una palabra, cualquier palabra—. TÚ eres el que no sabe convivir. ¡Pones música como si vivieras solo!

Él se encoge de hombros, el movimiento tensa los músculos del torso y trato de no mirarlos, pero es casi imposible.

—Me gusta empezar el día con energía —dice, tan tranquilo—. Además... soy mayor que tú. Así que aquí el que manda soy yo.

¿Mayor que yo?
¿Pero qué...?

—¿Cómo sabes tú eso? —pregunto frunciendo el ceño.

Alex levanta una ceja, como si mi pregunta fuera demasiado obvia.

—Lo ponía en el correo —responde—. Cumples el veinte de septiembre.

Me quedo helada.
Literalmente helada.

—¿Lees mis datos personales ahora? —pregunto indignada.

Él suelta una risa suave, baja, como si le divirtiera mi dramatismo.

—No hace falta ser Sherlock Holmes, Livia. Estaba en la misma pantalla que mi fecha. Cumplo en abril. Soy mayor. Punto.

Ruedo los ojos.

—Son seis meses, tampoco te flipes.

Alex da un paso atrás, dejando el camino libre hacia el baño, sin dejar de mirarme.

—Seis meses son seis meses, niña.

—QUE NO ME LLAMES NIÑA.

Lo aparto de un empujón suave para pasar, aunque tengo que evitar rozarlo porque está ardiendo, literalmente caliente del vapor. Él se ríe bajito mientras yo cierro la puerta del baño con un golpe más fuerte de lo necesario, apoyando la espalda en ella mientras suelto el aire que llevaba conteniendo desde que Alex ha salido con su estúpida toalla y su estúpida sonrisa.



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En el texto hay: universidad, amor-odio, proximidadforzada

Editado: 10.08.2026

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