Rozando la perfección

Capítulo 6

Alexander

El sonido del agua cayendo sobre los azulejos, los ecos de los gritos y risas de los demás chicos del equipo, y el olor a gel de ducha mezclado con sudor... bienvenidos al vestuario después del entrenamiento de fútbol. Ethan y yo estamos en las duchas, cada uno en su lado, intentando no resbalar mientras el agua caliente nos ayuda a relajarnos después de dos horas corriendo de un lado a otro del campo.

Salgo de la ducha y me envuelvo la toalla alrededor de la cintura, sintiendo cómo el calor sigue pegado a la piel mojada. Paso la mano por el pelo aún empapado, y me acerco a Ethan, que está dejando que el agua le resbale por la espalda mientras se estira.

—Oye, tío —le digo—. El otro día, el sábado... cuando llegamos a la uni... ¿Quién era la chica pelirroja con la que estabas hablando?

Ethan suelta un bufido y gira un poco la cabeza, con esa sonrisa que siempre pone cuando habla de alguien que conoce.

—Ah... Lucy —responde—. Su madre es amiga de mi madre, por eso hablamos de vez en cuando.

—Ah, vale —digo, intentando sonar casual mientras me ajusto la toalla.

Justo entonces, Kai, que está mirándose en el espejo, se ríe y nos mira:

—¿Lucy Harper? —dice, meneando la cabeza—. ¡Bua! Esa tía esta buenísima. La he visto antes y... dios.

Ethan arquea una ceja, divertido, y niega con la cabeza:

—No, no, sabes quién está realmente buenísima —dice, con esa sonrisa de "espera a que lo veas tú primero".

—¿Quién? —pregunto, esperando cualquier cosa, mientras me seco un poco con la toalla.

—Livia —dice Ethan, sin dudar—. La chica con la que compartes habitación.

Kai se gira hacia mí, con los ojos abiertos como platos:

—¡¿Compartes habitación con una chica?! —exclama, haciendo que me salpique un poco de agua de su pelo—. Joder tío que suerte...

—Bueno... —respondo, encogiéndome de hombros—. Tuvimos un problema administrativo...

Kai suelta un silbido exagerado y se gira hacia Ethan mientras se pone la camiseta.

—Bueno, podrá estar buena, pero tendrías que verla por las mañanas —digo —. Tiene una mala leche de la ostia.

Ethan suelta una carcajada y me mira, incrédulo:

—¿En serio? ¿Solo llevamos cuatro días en la residencia y ya está así?

—Sí —respondo, negando con la cabeza mientras me paso la toalla por los hombros—. Te juro que en cuanto la ves salir de la habitación por la mañana... mejor que tengas tu café y tu paciencia lista.

Kai se ríe, dándose un golpecito en la frente:

—Vaya... esto promete. Si esa es tu compañera, va a ser interesante seguirte de cerca.

Ethan solo se ríe, disfrutando de la ironía, mientras yo me termino de secar y pienso que, de todos los líos posibles en la universidad, compartir habitación con Livia va a ser de los más... intensos.

Terminamos de cambiarnos y salimos del vestuario, el eco de nuestros pasos mezclándose con el murmullo de otros chicos que aún se están duchando o arreglando. Kai se detiene en la puerta y nos mira con una sonrisa pícara.

—¿Chicos, vamos a cenar ya? —pregunta, mirando el reloj—. Son las nueve pasadas, y yo ya muero de hambre.

—Sí, por favor —respondo, ajustándome la camiseta—, pero mejor dejamos las bolsas en nuestras habitaciones antes de bajar. No quiero arrastrarlas por todo el pasillo.

—Perfecto —asiente Ethan, mientras coloca su mochila en el hombro—.

Miro a Kai y le hago un gesto:

—Si queréis, podéis dejar vuestras bolsas en mi habitación y luego subís a recogerla. Estoy en la segunda planta, así que os viene bien de paso.

Kai levanta una ceja, divertido:

—Bueno, eso nos ahorra un viaje —dice—. Ethan, tú estás en la cuarta planta, ¿no?

—Sí, —responde Ethan.

—Y yo en la séptima —añade Kai con un suspiro dramático—. La gloria de vivir tan arriba.

—Perfecto, entonces —digo mientras ya me dirijo hacia las escaleras—. Vamos a mi habitación, dejamos las cosas y bajamos a cenar.

El pasillo huele todavía a jabón y al sudor del entrenamiento, y las luces fluorescentes crean un brillo frío sobre el suelo. Subo las escaleras con paso tranquilo, dejando que Ethan y Kai me sigan detrás, las conversaciones mezclándose con risas y comentarios sobre el partido del día.

Subimos por el pasillo de la residencia, cada uno con su bolsa de deporte colgando del hombro. El eco de nuestras zapatillas golpeando el suelo resuena en la tranquilidad de la noche; la mayoría de los estudiantes ya está en el comedor o en sus habitaciones. Kai se gira hacia mí, con esa sonrisa traviesa que siempre tiene cuando se le ocurre alguna idea medio peligrosa.

—Oye, ¿crees que Livia estará en la habitación? —pregunta, como si fuera un juego.

Me encojo de hombros, mirando la puerta numerada delante de mí y el suave resplandor de las luces del pasillo que reflejan en el suelo pulido.

—No lo creo —digo, tratando de sonar seguro—. Todo el mundo ya debe estar en el comedor, así que... no creo que tengamos suerte hoy.

Kai frunce el ceño fingiendo decepción, pero yo puedo notar en su expresión que está disfrutando de la pequeña intriga del momento. Ethan, detrás de nosotros, camina en silencio, arrastrando ligeramente la bolsa.

—Qué pena —murmura Kai, medio para sí mismo, mientras sigue mis pasos, sus dedos juegan distraídamente con la correa de la mochila—. Tenía curiosidad por ver cómo es.

Al girar en la segunda planta, la puerta de mi habitación aparece delante de nosotros. Por debajo de la rendija se cuela un hilo de luz cálida, diferente al resto del pasillo, y me detengo un instante. La luz titila suavemente, como si alguien estuviera moviéndose dentro.

Miro a Kai de reojo, y mi media sonrisa refleja lo que estoy pensando:

—Bueno... quizá hoy sí tengáis un poco de suerte —susurro, sin apartar la vista de la luz que se filtra por debajo de la puerta.

Kai parece contener la emoción y da un paso adelante, casi queriendo adelantarse a ver qué hay dentro. Ethan se queda un poco atrás, cruzado de brazos, con esa mirada que mezcla curiosidad y cautela.



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En el texto hay: universidad, amor-odio, proximidadforzada

Editado: 10.08.2026

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