Rozando la perfección

Capítulo 7

Livia

La segunda semana pasa casi en un abrir y cerrar de ojos. Pero siempre igual. Pasillos, clases, apuntes, cafetería, pasillo, clases, apuntes, cafetería... Cada día lo mismo. Nada especialmente importante. Nada especialmente feliz. Nada especialmente terrible tampoco.

El golpe de la cara ya no está. La hinchazón bajó rápido y el morado que tenía ya casi ni se ve. Todavía me duele un poco si me toco sin querer, pero ya no es ese dolor caliente del primer día, sino algo más sordo.

Sofía se quedó conmigo esa noche. No hablamos demasiado, pero lo suficiente. De esas conversaciones que no necesitan explicarlo todo porque la otra persona ya lo entiende. Desde entonces, seguimos viéndonos igual que siempre: juntas en clase, juntas para comer, juntas de camino a entrenar. Evelyn, Zoey y Leah se han ido sumando poco a poco, casi sin darnos cuenta. Coincidimos en demasiadas asignaturas como para no acabar sentándonos juntas siempre. También se nos ha unido Liam, que se sienta dos filas más delante en marketing, y Theo, que casi siempre llega tarde, despeinado, con todas esas pecas que parecen multiplicarse cada día.

Marketing es... complicado. No por la asignatura en sí, sino por todo lo demás. Pero lo peor de esa asignatura es que Alex también la hace. Dos filas más atrás. Siempre rodeado. Siempre hablando. Siempre consiguiendo sacarme de quicio sin hacer absolutamente nada dirigido a mí. Lucy y Grace están siempre cerca de él, y Ethan también. No es que me importe, pero hay días en los que solo escuchar su voz por detrás hace que me tense sin querer.

En el piso, apenas coincidimos. Por las mañanas, a veces. Cruces rápidos. Algún "buenos días" que suena automático. Por la noche, poco más. Cuando hablamos, discutimos. Cuando no, el silencio pesa más de lo que debería. Así que he aprendido a moverme entre horarios, a ducharme cuando él no está y a estudiar en el sofá cuando la habitación se me hace demasiado pequeña.

Y así, sin darme cuenta, ha llegado por fin el viernes.

Ahora mismo estoy sentada en el sofá, con el pijama puesto. Acabo de ducharme y el pelo todavía me cae húmedo sobre los hombros, goteando un poco en la camiseta ancha. Estoy sentada con las piernas cruzadas encima del sofá, con el portátil apoyado sobre ellas, calentando ligeramente la piel. El móvil está a mi lado, boca arriba, vibrando de vez en cuando con notificaciones.

El piso está en silencio. De ese silencio cómodo que solo existe cuando sabes que estás sola.

Tengo un proyecto abierto en la pantalla, pero llevo más rato mirando el mismo párrafo que escribiendo. Mis dedos descansan sobre el teclado sin moverse. Me distraigo con cualquier cosa: el sonido lejano de alguien riéndose en el pasillo, el reflejo de la luz en la mesa, el pelo que empieza a secarse y se me encrespa un poco.

El móvil vibra a mi lado y, sin muchas ganas, estiro el brazo para cogerlo. Es Sofía.

Abro el chat.

Sofía:
Tíaaaa, vamos a bajar a tomar algo

Vienen Evelyn, Zoey y Leah

Liam también

Y Theo dice que se apunta

Me quedo unos segundos mirando la pantalla. Me sale una sonrisa pequeña, sincera. Puedo imaginarlos perfectamente: Evelyn hablando sin parar, Zoey riéndose de todo, Leah observándolo todo en silencio, Liam haciendo algún comentario fuera de lugar y Theo con esa cara de no haber dormido nunca bien en su vida.

Sofía:
¿Te vienes?

La pregunta se queda ahí, parpadeando.
Y no, no me apetece.

No es cansancio exactamente. Es más bien esa sensación de necesitar quedarme quieta, de no tener que ser nada para nadie durante unas horas.

Empiezo a escribir.

Yo:
Buf... hoy no creo 😞
Estoy liada con cosas de clase
Creo que me quedo en el piso

Borro la última frase. Vuelvo a escribir.

Yo:
Creo que me quedo en el piso
Mejor esta semana me quedo aquí
Ya iré con vosotros la que viene, lo prometo

No es del todo mentira. Tampoco es del todo verdad. Pero ahora mismo es lo único que sé decir.

La respuesta de Sofía llega casi al instante.

Sofía:
Vale, tía 💙
No pasa nada
Ya sabes dónde estamos
Si te animas luego, avisa

Se me afloja algo en el pecho. Le mando un corazón y dejo el móvil boca abajo en el sofá.

Vuelvo a mirar el portátil. En la pantalla tengo abierto el diseño en el que he estado trabajando desde hace semanas. O mejor dicho, intentando hacer.

Suspiro.

Llevo rato dándole vueltas a lo mismo. Arrastro el cursor, borro una línea, la vuelvo a poner. Pruebo a añadir mangas largas. Las miro. Entrecierro los ojos. No. No funciona. Demasiado rígido. Demasiado... algo que no sé explicar, pero que no es lo que quiero.

Las quito.

Me quedo mirando el diseño sin mangas. Tampoco. Se ve incompleto, como si le faltara intención. Como si no dijera nada.

Aprieto los labios y añado un cinturón. Ajusto la anchura, cambio el color, lo subo un poco, lo bajo. Nada. Absolutamente nada me convence. El diseño sigue mirándome desde la pantalla como si se estuviera riendo de mí.

—Joder... —murmuro en voz baja.

Echo la espalda contra el respaldo del sofá y dejo caer la cabeza hacia atrás durante unos segundos. Cierro los ojos. Tengo la sensación de que sé lo que quiero, pero no cómo llegar hasta ahí. Como si la idea estuviera clara en mi cabeza, pero se negara a salir de mis manos.

Vuelvo a incorporarme y miro de nuevo la pantalla. Quito el cinturón. Pruebo otra cosa. Tampoco. El cursor parpadea, paciente, como esperando a que yo tenga una revelación que no llega.

La frustración me sube por el pecho despacio, densa.

Cierro el portátil de golpe, sin guardar. Esta vez el sonido no me sorprende. Lo dejo sobre la mesa baja y me quedo quieta, mirando al frente, con las piernas aún recogidas sobre el sofá y los brazos rodeándolas sin darme cuenta.

Entonces escucho el sonido metálico de unas llaves chocando entre sí.



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En el texto hay: universidad, amor-odio, proximidadforzada

Editado: 10.08.2026

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