Alexander
Me pongo el pijama y me miro un segundo en el espejo; el pelo aún revuelto se pega un poco a la frente. Cojo la colonia que hay en el escritorio y me echo un poco en el cuello.
Salgo de la habitación y me dirijo hacia la cocina. Abro la nevera y saco un brick de caldo. Lo sostengo con ambas manos, sintiendo cómo el cartón frío se mezcla con mis palmas calientes. Me relaja un poco la idea de comer algo caliente. Mientras busco, mi mirada se cruza con Livia, que está sentada en la barra que separa la cocina del salón. Parece concentrada en algo invisible para mí, con las piernas cruzadas y el portátil abierto delante.
—Oye —digo, tratando de sonar casual mientras pongo el brick sobre la encimera—. ¿Has visto el tupper con la sopa del otro día?
Livia mueve ligeramente la cabeza hacia la encimera. Allí está, justo al lado de la cafetera. Sus dedos vuelven a posarse sobre el teclado, pero me da tiempo de observarla un segundo más: tiene un mechón rebelde que le sale de la coleta deshecha que se ha hecho y le cae por el lado derecho de la cara, los ojos entrecerrados y concentrados, y esa postura un poco tensa, como si toda la habitación girara alrededor de ella misma. La luz de la cocina le da un brillo cálido a la piel, y me quedo ahí, sin darme cuenta, notando cómo mi propio cuerpo se relaja un poco al verla tranquila.
De repente levanta la vista y me lanza esa mirada de "¿Qué pasa?" Es directa, inquisitiva y siento un pequeño cosquilleo que me obliga a apartar la vista. Respiro hondo y, con un gesto automático, coloco el tupper en el microondas. Pongo el tiempo, aprieto start y escucho cómo el aparato empieza a zumbar. Mientras tanto... bueno, supongo que puedo esperar. Pero no puedo evitar robarle alguna mirada furtiva de vez en cuando, midiendo cómo se mueve, cómo respira, cómo inclina la cabeza sobre la barra.
El pitido del microondas me saca de mis pensamientos. Abro la puerta, cojo el bol con cuidado de no quemarme y voy al cajón a por los cubiertos.
Me siento justo enfrente de ella y levanta la cabeza y me mira un instante, como si se diera cuenta de que la he estado observando.
—Mmm... vale —dice, dándole una última cucharada al bol de sopa que se ha hecho—. He tenido una idea.
Frunzo una ceja, intrigado.
—¿Una idea? —pregunto, ladeando la cabeza, mientras empiezo a comer la sopa.
—Sí —responde con una sonrisa pequeña—. Vamos a poner algunas normas para la convivencia en el piso.
Sonrío un poco por dentro. Ya me puedo imaginar el par de reglas que va a proponer: algunas lógicas, otras absurdas, probablemente diseñadas para fastidiarme un poco. Pero hay algo en su mirada, en la forma en que se inclina sobre la barra y me señala con esa sonrisa como si fuera un reto, que me hace anticipar que la negociación no va a ser sencilla.
Le sonrío un poco, dejando el bol frente a mí. Ella deja la cuchara a un lado y gira el portátil para enseñarme la pantalla. En letras grandes y bien visibles, como un título de periódico, aparece el título:
NORMAS
—Vale —dice, apoyando los codos en la barra, como si fuera a leer una sentencia—. Empezamos fácil.
Ya sé que nada bueno viene después de esa frase.
—Primera norma: nada de música a todo volumen por las mañanas mientras te duchas. No todo el mundo necesita despertarse con... —hace una pausa breve, mirando de reojo— lo que sea que tú escuches.
Me llevo una mano al pecho, exagerando.
—¿Perdona? Mis playlists son patrimonio cultural. Eso es un ataque directo a mi identidad.
—Es un ataque directo a mis tímpanos —responde sin pestañear, y empieza a escribir.
Resoplo, pero sonrío.
—Vale, vale. Me sacrifico por la convivencia. Pero entonces va la mía —digo, inclinándome un poco hacia delante—: prohibido pasarse tres horas en el baño por las mañanas.
Livia alza las cejas al instante.
—¿¡Tres horas!? Solo me paso como mucho treinta minutos.
—Solo digo… —respondo, apoyando la espalda en el respaldo de la silla y cruzando los brazos— Hay días que he tenido que ir a la habitación de Ethan para ducharme.
Chasquea la lengua, molesta, pero al final suspira.
—Eres un exagerado... pero vale. Nada de pasar horas en el baño.
—Perfecto —dijo, satisfecho.
—Tercera norma —continúa ella—: no dejar calcetines tirados por el baño. Ni camisetas sudadas. Ni toallas hechas una bola como si tuvieran vida propia.
—¡Eso no es verdad! —digo—. No dejo las camisetas tiradas por el suelo.
—Las camisetas no lo sé… —dice, sin levantar la vista mientras escribe— Pero los calcetines ya te digo yo que sí.
Suelto una risa corta.
—Vale, vale. Entonces la siguiente norma es: no dejar todas tus cosas para el pelo tiradas por el baño.
Levanta la cabeza de golpe.
—¡Eso ha sido solo una vez!
—Claro —digo, alzando las manos en señal de rendición—. Y luego estuvieron allí como tres días más...
Me fulmina con la mirada durante un segundo y luego vuelve a la pantalla.
—Vale, vale...
Se hace un silencio cómodo mientras teclea.
—Última —dice ella, levantando un dedo—: nos repartiremos las tareas. Cada uno limpia lo suyo o lo que ensucia, y nada de dejar la encimera hecha un cuadro abstracto.
—¿Eso va más para mí o para ti? —Digo alzando una ceja—. Tengo que recordarte quién dejó el otro día la taza en la encimera...
—Eso fue porque llegaba tarde a clase —responde, mirándome por encima del portátil.
El ambiente se ha calmado un poco.
No del todo —con Livia nunca es "del todo"—, pero lo suficiente como para bajar la guardia.
Estoy terminando la sopa cuando un sonido seco rompe el aire del piso.
TOC. TOC.
Frunzo el ceño automáticamente.
—¿Esperas a alguien? —Pregunto girando la cabeza hacia ella.
Livia levanta la vista del portátil, confusa.
—No.
TOC. TOC.
Más fuerte esta vez.