Alexander
Apoyo la cabeza en el asiento del coche y me rasco la nuca mientras miro por la ventana. Esta mañana, cuando me he levantado, Livia aún seguía dormida. Ayer todo fue... incómodísimo. La tensión con ella, el acuerdo, mis padres apareciendo de golpe... y ahora tengo que fingir que todo está bajo control, como si nada hubiera pasado.
El silencio en el coche es casi tangible. Ni siquiera intento llenar el vacío con música; no quiero que suene demasiado feliz ni demasiado triste. Simplemente... espero.
De repente, mi padre rompe el silencio, con su tono habitual, mezcla de curiosidad y complicidad:
—Qué pena que Livia no haya querido venir, ¿no?
Trago saliva y asiento con rapidez, evitando que mi cara delate demasiado:
—Sí... bueno, tenía que trabajar en un proyecto de la universidad. Algo importante...
Mi madre asiente, como entendiendo perfectamente, y sonríe:
—Ya, ya...
Cambio de tema rápidamente; no puedo seguir hablando de Livia. Es incómodo, demasiado incómodo.
—Oye... ¿Y Dean? —Pregunto, intentando sonar casual.
Mi padre hace un gesto rápido, como disculpándose por adelantado:
—Hoy no nos va a acompañar. Dice que está ocupado con un proyecto.
Respiro hondo. Ya... joder. Hablando de Dean, podría haberme avisado que papá y mamá iban a venir. Podría haberme ahorrado todo este circo mental...
Bajo del coche y mis pies pisan el asfalto del aparcamiento. Ahí está Ethan, caminando hacia mí, con un traje negro igual que el mío y unas gafas oscuras puestas con esa expresión de dolor sutil que delata que la noche ha sido larga:
—Ey, tío, ¿qué tal?
Lo miro de arriba abajo y no puedo evitar sonreír un poco. Está hecho polvo.
—¿Qué tal con la resaca? —Le pregunto.
Hace un gesto rápido con la mano y suspira.
—Ni me hables de eso, por favor...
Me acerco un poco más, chocando los hombros con los suyos en un saludo rápido, y en ese momento, una pequeña figura sale disparada del restaurante. Antes de que pueda reaccionar, siento unas manos diminutas abrazar mis piernas.
—¡Alex! —Grita con entusiasmo.
La miro y sonrío al instante. Abby, la hermana pequeña de Ethan, me devuelve la sonrisa mientras la cojo en brazos , sintiendo su entusiasmo contagioso.
—Hola, princesa —le digo—. ¿Qué tal estás?
Ella ríe, con esa mezcla de inocencia y confianza que solo tienen los niños:
—Bien, ¿y tú?
—Perfecto. —Murmuro, sonriendo.
—Alex… — dice mientras se estira un poco hacia atrás, jugueteando con el vestido blanco que lleva—. ¿Te gusta? Ethan dice que no le gusta...
—¿Qué? —responde él, haciendo un gesto indignado—. Eso no es verdad.
—Sí, porque tú has dicho que no te gustaba el blanco —replica ella con total seguridad, cruzando los brazos y mirándole fijamente—. Y mi vestido es blanco.
—Que no me gustaba para mí —dice Ethan, dando un suspiro.
—Pues a mí me encanta —le digo a Abby, mientras la dejo otra vez en el suelo—. Te queda precioso.
Se separa un poco de nosotros para dar una vuelta sobre sí misma para que le veamos bien el vestido, todavía con los ojos brillándoles. Detrás, Ethan pone los ojos en blanco y no puedo evitar reírme suavemente de la escena.
El vestido es adorable: corto, con volantes delicados en las mangas y un lazo negro que abraza toda su cintura, resaltando la silueta infantil de manera elegante. Su pelo negro, rizado y suelto, cae justo por encima de los hombros, moviéndose libremente mientras salta y se agita, tan rebelde y vivo como su carácter.
—¿Vamos dentro? —Digo cuando mis padres pasan por nuestro lado saludándolos. Mi madre le acaricia la cabeza a Abby sin decir nada, y mi padre le da una palmada ligera en el hombro a Ethan.
—Sí —dice Ethan y luego me susurra —Tío, te vas a morir cuando veas quién está dentro.
Cruzamos la puerta juntos; el olor de la comida recién hecha nos envuelve y la luz cálida de la sala nos recibe. Todo parece en su sitio. Los padres de Ethan ya están allí, sonrientes.
—Vamos allá —susurra mi madre mientras me da un pequeño empujón por la parte baja de la espalda.
Un camarero se acerca enseguida, con una sonrisa profesional y una carpeta bajo el brazo.
—¿Prescott? —pregunta.
Mi padre asiente y el hombre nos hace un gesto para que lo sigamos.
Atravesamos el restaurante principal y nos desviamos por un pasillo más estrecho, lejos del murmullo general. Al fondo hay una sala privada, amplia, con una mesa larga ya preparada para diez personas. Manteles blancos, copas alineadas con una precisión casi intimidante, servilletas dobladas con demasiado estilo para una simple comida familiar.
Vale. Esto va en serio.
Entramos.
Me quedo quieto al ver quién está sentada en la mesa. Literalmente quieto.
Lucy está al otro lado de la mesa, hablando con sus padres. Lleva un vestido verde sencillo pero elegante, el pelo suelto cayéndole sobre los hombros, y se ríe de algo que dice su madre.
—¿Qué? —murmuro, sin darme cuenta de que lo he dicho en voz alta—. ¿Qué se supone que hace ella aquí?
Ethan se coloca a mi lado y sigue mi mirada sin esfuerzo.
—Negocios, supongo —dice en voz baja—. Mis padres y los suyos llevan tiempo hablando de colaborar. Ya sabes... cenas de adultos importantes.
Genial. Justo lo que necesitaba.
Avanzamos hacia la mesa. Mi padre se adelanta, como si todo esto tuviera el sentido más lógico del mundo.
—¡Hombre, Sebastian! —dice, estrechándole la mano al padre de Lucy—. Qué alegría verte.
—Igualmente, Richard —responde él con una sonrisa segura.
Saludo como corresponde: un apretón de manos con Sebastian y dos besos a Amelia, la madre de Lucy. Todo correcto. Todo educado.
Y entonces llego a Lucy.
Me inclino para saludarla con un beso en la mejilla, rápido, correcto... pero cuando me acerco, ella gira ligeramente la cabeza y aprovecha el gesto.