Livia
Los lunes de físico deberían doler solo en las piernas.
Pero hoy me duele todo.
—Tía —dice Sofía mientras hacemos zancadas interminables—, Lucy lleva todo el día mirándote fatal.
Suelto el aire por la nariz.
—Ya. Lo sé.
—¿Le has hecho algo?
—Que yo sepa, no —respondo, apretando la mandíbula—. Pero desde esta mañana no ha parado. En clase, en el pasillo, en la cafetería... como si yo hubiera atropellado a su perro.
Sofía suelta una risa y frunce el ceño.
—Está rarísima.
Lo está.
Y no solo eso.
Ha estado pegada a Alex todo el día. Demasiado. Más de lo normal. Demasiado cerca.
Y Alex y yo...
Alex y yo no hemos hablado. Básicamente.
Desde el sábado todo es incómodo. Es tan incómodo que ni siquiera he dormido en nuestro piso. Sofía me dijo que su compañera se iba hasta el miércoles y no me lo pensé dos veces. He dormido allí dos noches. Me he duchado allí. He evitado cruzarme con él como si fuera una línea eléctrica caída en mitad del pasillo.
—Cambio —grita la entrenadora.
Seguimos con el circuito. Sudor, respiraciones pesadas, músculos ardiendo. Intento concentrarme, pero noto miradas. Y no me equivoco.
Lucy está hablando con Grace.
Mi nombre suena claro entre el ruido del gimnasio.
—Tía... —le murmuro a Sofía—. Están hablando de mí.
—¿Seguro?
—Sí. Escucha.
Pero antes de que pueda decir nada más, la entrenadora da por terminado el entreno.
En el vestuario, todo es vapor, risas cansadas y el golpe metálico de las taquillas al cerrarse. El aire está denso, cargado de desodorante barato, sudor y ese cansancio colectivo que se pega a la piel después del físico. Algunas chicas hablan del fin de semana, otras se quejan de las piernas, otras simplemente están en silencio, mirando al vacío.
Me meto en la ducha rápida, sin pensar demasiado. El agua caliente cae sobre mis hombros y cierro los ojos unos segundos, dejando que el ruido constante me aísle un poco. Me froto los brazos, el cuello, intentando quitarme el sudor. Como si el agua pudiera arrastrar también el mal rollo del día.
No me quedo mucho tiempo. No hoy. La verdad es que lo único que necesito es estirarme en mi cama. Y seguramente llamaré a Rodrigo. Lo más probable es que me vaya con Sofía a su habitación e intentar estar lo más lejos de Alex posible
Cuando salgo, me envuelvo la toalla alrededor del cuerpo y camino hasta mi banco. Empiezo a vestirme de espaldas a las duchas, con movimientos mecánicos, concentrada solo en meter una pierna en el pantalón, luego la otra. El murmullo sigue alrededor, sube y baja, pero ya no estoy tan dentro de él.
Entonces escuchó la voz de Lucy, que me irrita cada vez que abre su puñetera boca.
—Pobre Livia, tía... yo si fuera la novia de Alex no dejaría que ninguna chica se besara con él.
Se me para el corazón.
¿Qué?
Me giro de golpe.
—¿Qué acabas de decir?
Lucy se sobresalta. No sabía que estaba ahí.
—Nada —responde rápido—. Nada.
—No —doy un paso hacia ella—. Repítelo.
Grace nos mira, incómoda.
—He dicho... —Lucy gira la cabeza, sonriendo—, que tu novio besa muy bien. ¿No?
Algo se rompe.
No grito.
No lloro.
Cojo mis cosas y salgo del vestuario casi corriendo.
—¿Livia? —Me llama Sofía—. ¿Dónde vas?
—A matarlo —respondo sin girarme.
No voy a matarlo. Obviamente
Pero ganas no me faltan.
Corro hasta la residencia sin mirar atrás. El aire me quema en los pulmones y siento el pulso retumbándome en las sienes. No sé si voy más rápido por el enfado o por las ganas de llegar ya, de plantarme delante de él y obligarle a mirarme a la cara.
Subo los escalones casi de dos en dos. Cuando llego a la puerta, las manos me tiemblan tanto que apenas puedo sacar las llaves del bolsillo. Se me resbalan. Maldigo en voz baja. Las recojo; lo intento otra vez. Nada. Se me caen de nuevo, chocando contra el suelo con un sonido demasiado fuerte para el silencio del pasillo.
"Vale, Livia, relájate, solo como mínimo hasta que veas su cara de imbécil rematado."
Por fin acierto con la cerradura. Giro la llave con brusquedad y empujo la puerta sin cuidado, que se abre de golpe contra la pared.
Entro como un vendaval.
La puerta de su habitación está entreabierta. Hay luz.
Tiro la mochila al suelo y entro sin llamar.
—¿Qué coño has hecho?
Alex está sentado en la cama, sin camiseta y con el móvil en la mano. Cuando levanta la vista, lo hace de golpe, como si le acabaran de lanzar algo.
Joder.
¿Por qué está sin camiseta?
No, Livia. Concéntrate.
—Livia—dice tranquilo.
—¿Qué. Has. Hecho? —Repito, marcando cada palabra mientras cierro la puerta detrás de mí.
Se incorpora, confuso, pasando el móvil a un lado de la cama.
—¿De qué coño hablas?
—No me mientas —me acerco—. Lucy acaba de decirme que besas muy bien.
El silencio cae como una hostia seca.
Alex se pasa la mano por la cara, suspira y se pone de pie. La luz le marca los hombros, el pecho, el abdomen...
Joder.
Joder qué bien está.
Dios, me voy a morir ahora mismo.
—Joder...
—¿Joder qué? —le empujo el pecho con la mano, más fuerte de lo que pretendía—. ¿Te parece normal?
Su piel está caliente. Demasiado. Mi mano nota cosas que no debería notar ahora mismo.
—Livia, para.
—No —lo empujo otra vez—. ¿Te das cuenta de en qué mierda me has metido?
Da un paso atrás y pierde un poco el equilibrio. Yo sigo avanzando, con el pulso desbocado, la cabeza llena de ruido. Antes de que caiga, me agarra por las muñecas.
Y me frena.
De golpe estamos demasiado cerca.
Demasiado.
Su respiración me roza la cara. Puedo contarle las pecas del hombro. Mis manos siguen apoyadas en su pecho, tensando cada fibra de su cuerpo bajo mis dedos.