Livia
Han pasado dos semanas.
Dos semanas exactas desde el beso. Desde la puerta cerrándose detrás de mí. Desde que decidí que lo mejor era fingir que nada había pasado.
No es verdad, obviamente.
Nada ha sido normal desde entonces.
Veo a Alex casi todos los días. En clase de historia. En Economía. A veces en el pasillo, a veces de lejos, a veces demasiado cerca como para no notarlo. Pero en el piso... en el piso hago malabares para no coincidir con él.
Salgo antes.
Vuelvo más tarde.
Ceno en la habitación de Sofía.
Me pongo los auriculares aunque no esté escuchando nada.
Si entra en una habitación, yo salgo.
Si me habla, respondo con monosílabos.
Si me mira, hago como si no existiera.
No, porque medio curso crea que estamos saliendo.
Ojalá fuera solo eso.
Es porque medio curso cree que soy la chica a la que le ponen los cuernos.
Con Lucy.
Con la zorra de Lucy.
Al principio fueron miradas. Susurros. Gente que se calla cuando paso. Luego vinieron las frases a medias, los comentarios "sin mala intención".
—¿Estás bien, Livia?
—Tía, si necesitas hablar...
—Yo en tu lugar no aguantaría eso.
¿Eso qué?
Porque según la versión que corre por ahí, Alex y yo somos algo. No oficial, pero algo. Y según esa misma versión, Alex se ha liado con Lucy más de una vez. Que si una cena. Que si una fiesta. Que si no sé qué banco, en el patio del restaurante.
Y yo quedo como la idiota.
La que mira hacia otro lado.
La que se deja hacer.
La que no se respeta.
Nadie me pregunta si es verdad. Nadie se plantea que igual no lo es. Las historias se cuentan solas y siempre encuentran la forma de dejarme mal.
A veces me entran ganas de gritar que no soy su novia.
Que no me debe nada.
Que no me ha engañado.
Pero luego recuerdo el beso.
Y se me cierra la boca.
Porque no puedo explicar algo que ni yo misma sé poner en orden.
Alex tampoco ha dicho nada. No para desmentirlo. No para aclararlo. No para pararlo. Y eso duele más de lo que debería, porque no tengo derecho a exigirle nada.
Pero aun así.
Me jode.
Me jode verle reírse con otros.
Me jode verle tan tranquilo.
Me jode que parezca que a él no le ha pasado factura.
A veces, cuando entro en clase y lo veo ya sentado, noto ese tirón en el estómago que odio reconocer. Me siento dos filas más atrás. O en la otra punta. Como si la distancia física pudiera borrar lo que pasó.
No hemos vuelto a hablar de verdad. Ni una conversación. Ni una explicación. Nada.
Y yo finjo que estoy bien.
Entreno como siempre.
Estudio como siempre.
Sonrío cuando toca.
Pero hay días —demasiados— en los que llego a la habitación, cierro la puerta y me quedo sentada en la cama mirando al suelo, pensando en lo injusto que es todo.
Porque no he hecho nada.
Y aun así, soy la que paga.
Y lo peor no es que la gente piense cosas.
Lo peor es que, en el fondo, sigo enfadada conmigo misma.
Por no haberle parado.
Por haber sentido algo.
Por haberle mentido.
Por seguir evitándole... cuando una parte de mí todavía se gira si oye su voz.
—Livia.
Tardo un segundo en darme cuenta de que me están hablando.
—Livia —repite el profesor, levantando un poco la voz.
Levanto la cabeza de golpe.
—¿Sí?
Varias miradas se giran hacia mí. Genial.
—¿Podrías decirnos qué ocurre con la curva de demanda cuando aumenta el precio? —pregunta, con ese tono de "estabas a otra cosa, ¿verdad?".
Mi mente se queda en blanco.
Absolutamente en blanco.
Abro la boca... y no sale nada.
Siento el calor subirme por el cuello. El silencio se alarga. Alguien se mueve en la silla. Otro carraspea.
Entonces, desde mi lado, casi sin mover los labios, Sofía susurra:
—Baja. Se desplaza hacia la izquierda.
Parpadeo una vez. Dos.
—La curva de demanda baja —digo, repitiendo como un eco— se desplaza hacia la izquierda.
El profesor asiente, satisfecho.
—Exacto. Gracias, Livia.
—Gracias —murmuro yo también hacia Sofía.
Me dejo caer contra el respaldo de la silla y exhalo despacio. El corazón todavía me va rápido.
Sofía se inclina un poco hacia mí.
—Tía... —susurra— estás muy distraída últimamente.
La miro.
—¿Sí?
—Sí —dice, frunciendo el ceño—. No es solo hoy. En clase, en los entrenos... estás como... aquí pero no. ¿Qué te pasa?
Bajo la mirada al cuaderno. Las hojas están casi en blanco.
—Nada —miento, dibujando una línea absurda con el bolígrafo—. Supongo que estoy cansada.
Sofía no insiste, pero tampoco me cree. Lo noto.
Veinte minutos después suena el timbre y el aula se llena de ruido de golpe. Sillas que se arrastran, mochilas que se cierran, conversaciones que empiezan a solaparse unas con otras. Como si todo el mundo hubiera estado conteniéndose la respiración y ahora, por fin, pudiera soltarla.
Yo recojo mis cosas despacio.
—Vamos —dice Sofía, dándome un toque suave en el brazo.
Asiento y salimos al pasillo con el resto. El murmullo es constante, gente yendo y viniendo, risas, pasos apresurados. Caminamos hasta el patio cubierto, ese punto intermedio donde siempre acaba medio curso entre clase y clase.
Ahí están ellos.
Evelyn está sentada en el borde de una jardinera, con el móvil en la mano. Zoey a su lado, hablando sin parar. Theo apoyado contra la pared, Liam de pie frente a él, discutiendo no sé qué, y Leah sentada en el suelo, con la espalda contra la pared y las piernas estiradas.
—Ey —dice Evelyn cuando nos ve—. Por fin.
—¿De qué habláis? —Pregunta Sofía.
—De que el profesor de historia nos va a matar con el trabajo —responde Zoey poniendo los ojos en blanco—. Y que Liam cree que hacerlo en grupo es "más dinámico".