Alexander
Besar a Livia fue un error.
No, porque no me gustara. Todo lo contrario. Fue un error por lo que vino después. Por lo que abrió. Por lo que ya no pude cerrar.
Menos mal que se apartó ella.
Porque yo no habría sido capaz.
Sigo apoyado un segundo más de la cuenta en la pared del vestuario, con la espalda tensa y la cabeza llena de ruido. Sus labios. Los míos. Lo fácil que fue. Lo mal que estuvo... y lo jodidamente bien que se sintió.
Sus labios eran suaves.
Más de lo que esperaba.
Y cálidos.
Y su piel... joder. Todavía noto el calor donde la tenía tan cerca. El olor a jabón, a sudor limpio después del entreno. La forma en la que me empujó primero y luego no se movió. Como si su cuerpo hubiera dudado antes que ella.
Eso fue lo peor.
Que dudó.
Me paso la mano por la cara y resoplo.
Esto se me ha ido de las manos.
No quería sentir nada.
No quería complicarlo.
No quería que me importara.
Pero algo se me movió ahí. Algo pequeño, incómodo. Algo que no debería estar creciendo.
Subo las escaleras con paso pesado, intentando sacarme su imagen de la cabeza. Spoiler: no funciona.
—¡Eh! —escucho cuando ya estoy en el pasillo—. ¿Dónde coño te habías metido?
Me giro y ahí veo a Ethan, con su mochila colgada de un hombro y mirándome con cara de ya te vale.
—Arreglando una cosa —respondo sin pensar.
Levanta una ceja.
—¿Una cosa llamada Livia?
Cierro los ojos un segundo. Y me paso las manos por la cara.
—Tío… ya no sé qué hacer —admito—. No me habla. Me esquiva. En el piso es como si no existiera.
Ethan suspira, cansado.
—Alex, es que la cagaste.
—Ya lo sé.
—No —me corta—. La cagaste fuerte. La metes en un lío con tus padres, te lías con Lucy, medio campus se inventa que le pones los cuernos a tu "novia", y encima vas y la besas.
No respondo.
—¿Qué esperabas? —continúa—. ¿Qué te sonriera y te diera las gracias?
—No... —murmuro—. Pero tampoco esperaba que me doliera tanto que dijera que no significó nada.
Ethan me mira de lado y pone su brazo en mis hombros.
—Oye —añade, cambiando de tono, dándome una salida que agradezco más de lo que debería—. He oído que en clase de marketing van a hacer grupos para el trabajo final del mes.
Lo miro.
—¿Y?
—Y que por fin vamos a hacer un trabajo en grupo. —dice—. Juntos.
Me dejo caer en la silla con la mochila entre los pies, todavía con la cabeza a medio camino entre el vestuario y las escaleras.
Error.
Porque justo entonces el profesor deja el portátil sobre la mesa y carraspea.
—Bien —dice, frotándose las manos—. Para el trabajo de este trimestre vamos a trabajar en grupos de cuatro personas.
Genial.
—Este proyecto no va solo de marketing —continúa—. Cada uno tendrá que identificar en qué es bueno, qué aporta al grupo y cómo se complementan con los demás. Estrategia, creatividad, análisis, comunicación... todo cuenta.
Ethan, Kai, Cameron —el del equipo de fútbol, que se le da bien vender cualquier cosa—.Y yo.
Perfecto. Grupo sólido. Cada uno sabe lo que hace. Cero dramas.
Ethan se inclina un poco hacia mí.
—¿Ves? Te dije que era ideal.
Asiento, casi relajado por primera vez en horas.
Pero entonces el profesor sonríe.
Y cuando un profesor sonríe así, nunca es buena señal.
—Eso sí —añade—, este año quiero que salgáis de vuestra zona de confort. Nada de juntaros siempre con los mismos. Así que los grupos los haré yo.
Joder.
Ethan suelta un bufido ahogado.
—Esto no puede ir a peor —murmura.
El profesor empieza a leer la lista.
—Grupo uno: Kayla Sullivan, Benjamin Reeves, Ángela Bell y Ryan Parker
Paso la página mentalmente. No soy yo. Bien.
—Grupo dos: Samuel Fletcher, Paola Martin, Adam Cooper y Kelly Vance.
Vale. Todavía no.
Empiezo a mover la pierna sin darme cuenta.
—Grupo tres...
Levanto la vista.
—Sofía Jiménez...
Vale...
—Livia González...
Se me para el corazón.
No.
No, no, no.
—Ethan Louis...
Ethan se gira despacio hacia mí, con una sonrisa que promete desgracia.
—Y Alexander Prescott.
Perfecto.
Simplemente perfecto.
Siento como si alguien me hubiera dado un puñetazo directo en el pecho. No muy fuerte. Lo justo para dejarme sin aire. Ethan se inclina un poco hacia mí y murmura, sin borrar la sonrisa:
—Esto no va a acabar nada bien.
No le respondo porque, sinceramente, no tengo energía para fingir que no pienso exactamente lo mismo.
El profesor sigue hablando, leyendo cinco grupos más con absoluta normalidad, como si no acabara de reorganizar por completo mi sistema nervioso. Escucho nombres, apellidos, risas sueltas, alguna queja ahogada... pero mi cabeza está en otra parte. Concretamente, en Livia. En cómo no me mira. En cómo ni siquiera levanta la cabeza cuando oye su nombre junto al mío.
—Bien —dice el profesor al final—. Podéis sentaros ya con vuestro grupo y empezar a pensar en el enfoque del proyecto. La entrega será dentro de tres semanas.
Tres semanas.
Tres semanas trabajando juntos.
Joder.
Las sillas se mueven. La clase se reorganiza. Ethan me da un leve empujón con la rodilla.
—Vamos, campeón.
Nos sentamos.
La mesa queda así: Ethan y yo a un lado. Delante de mí, Livia. A su lado, Sofía.
Es incómodo desde el primer segundo.
Demasiado cerca para ignorarnos. Demasiado lejos para tocarnos sin que se note. Livia mantiene la espalda recta, los brazos cruzados sobre la mesa y la mirada fija en el cuaderno. Sofía saca el portátil, ajena —o fingiendo serlo— a una tensión que se podría cortar con un cuchillo.
—Vale… —empieza Sofía—. El proyecto va sobre crear un producto y presentar una estrategia para venderlo, ¿no?