Rozando la perfección

Capítulo 14

Livia

Estoy sentada en el sofá del salón, con el portátil sobre las piernas, rodeada de hojas, garabatos y notas dispersas. El sol de la tarde entra por la ventana, pero apenas lo noto. Mis dedos descansan sobre el teclado, sin escribir nada, mientras intento organizar las ideas para el proyecto de marketing que nos han puesto. La pantalla brilla, impasible, como si supiera que yo estoy perdida.

Acabo de colgar la llamada de tres horas con Alba. Hacía semanas que no hablaba con ella y teníamos muchas cosas que contarnos.

El proyecto... eso es lo que debería ocupar toda mi atención. Sofía sugirió hacer un bolso y la idea me pareció genial, pero no sé ni por dónde empezar. Tengo algunos bocetos, algunos apuntes, algunas ideas sueltas, pero nada concreto. Es como mirar un tablero vacío y tener que llenarlo de magia sin tener ni idea de cómo hacerlo.

Intento concentrarme. Escribo un par de palabras, las borro, vuelvo a escribir algo distinto. Las ideas se me escapan como agua entre los dedos. Me froto la frente, luego los brazos, tratando de despejar la cabeza. Necesito inspiración, necesito claridad... y no la encuentro.

El silencio del piso es casi absoluto. Solo se escucha el zumbido del portátil, el tic-tac del reloj en la pared y el ruido lejano de la calle. Me levanto un momento, me estiro y camino hacia la ventana. Observo cómo los árboles se mueven con la brisa del otoño y pienso en todo lo que ha pasado estas últimas semanas. Todo lo que pasó con Alex, los rumores, el beso... y cómo ahora intento mantener la distancia, sin ceder, sin que nadie se dé cuenta de cuánto me afecta.

Vuelvo al sofá, tomo una hoja de notas y la miro durante varios segundos. Sofía me dijo que era buena idea inspirarme en la forma y funcionalidad de un bolso real, pero sigo sin tener ni idea de cómo llevarlo a la práctica. Es como si todo lo que hago fuera demasiado poco, demasiado torpe.

Decido distraerme un poco y le escribo a Rodrigo. Él siempre tiene una manera de hacer que las cosas parezcan menos pesadas.

Livia: Holaaa

Rodrigo: Liviaaa, ¿qué tal?

Livia: Pues sinceramente... estoy un poco bloqueada. Tengo un proyecto y no sé ni por dónde empezar.

Rodrigo: Tranquila. Tómate tu tiempo. No pasa nada por pedir ayuda o inspirarte un poco.

Sonrío, aunque con algo de tristeza.

Livia: Gracias... Rodrigo. Solo necesitaba escucharlo.

Apago el móvil y me recuesto de nuevo en el sofá. Intento concentrarme otra vez, pero mi mente sigue dando vueltas. Cada idea que tengo parece insuficiente, cada trazo en el papel parece torpe. Y mientras todo esto ocurre, siento cómo se me forma un nudo en el estómago. No por el proyecto en sí... sino porque sé que tarde o temprano tendré que enfrentarme a Alex, aunque no quiera.

Cada trazo, cada línea, cada concepto que tenía para el bolso parece inútil. Siento cómo la frustración me aprieta el pecho, y una parte de mí solo quiere tirar todo y olvidarse de este proyecto por completo.

Cierro los ojos un segundo y respiro hondo. Intento volver a sumergirme en el diseño, en las proporciones y en la funcionalidad del bolso. Pero entonces, escucho un ruido en la puerta del piso, el portazo del ascensor, los pasos que se acercan...

Mi corazón da un salto y abro los ojos lentamente. No es que no esperara que Alex volviera tarde o temprano; simplemente no lo esperaba ahora, y menos con esa sensación de inevitabilidad colgando sobre mí como un nublado pesado.

La puerta se abre y él entra. Su camiseta está empapada de sudor del entrenamiento de fútbol; tiene el cabello despeinado y húmedo pegado a la frente. La luz de la tarde entra por la ventana y refleja un brillo en su piel. Mis ojos lo recorren sin querer, y maldigo mi propio impulso de mirar.

—Hola —dice, con esa voz que siempre logra colarse en cualquier rincón de mi cerebro.

No lo miro. Obviamente no. Bajo la cabeza un segundo, respiro hondo y, sin decir nada, me levanto del sofá. Mi móvil todavía está a mi lado; lo cojo con rapidez y me dirijo hacia mi habitación. Cada paso que doy es un intento de ignorarlo, de mantener la distancia que me he prometido. No quiero enfrentarme a él ahora, no hoy.

Pero Alex no parece dispuesto a dejarlo así. Avanza un par de pasos y me sonríe, ladeando la cabeza con esa mezcla de paciencia y desafío que me pone de los nervios.

—Vamos, Livia… no puedes ignorarme todo el resto del curso —dice, suavemente, casi provocador.

Sigo sin mirarlo, pero lo escucho respirar cerca; siento su presencia en el espacio reducido del salón.

—Sí que puedo —respondo, finalmente, dejando escapar un suspiro que es más para mí que para él.

—Vale —dice, con un dejo de sonrisa—. Pero no quiero que me ignores todo el curso.

Mi pulso se acelera, y aunque intento concentrarme en el proyecto, no puedo evitar que mi mente divague hacia él. Su proximidad, su aroma, el calor que deja su presencia... y sé que lo único que puedo hacer es aguantarme.

—No lo hagas más difícil —murmuro, casi sin levantar la voz, mientras me giro para mirarlo a la cara.

—Solo quiero hablar —responde Alex, dando un paso más cerca.

Mi cuerpo se tensa. Lo que sigue no va a ser fácil. La tensión en el aire se corta con un cuchillo, mezclando reproche, frustración y una chispa de algo más que ninguno de los dos quiere admitir.

Me quedo quieta, respirando con cuidado, intentando que la calma aparente no se me escape. No puedo permitir que me vea vacilar.

—¿Por qué...? —empiezo, pero la frase se rompe antes de salir—. ¿Por qué estás aquí ahora?

—Porque necesitamos aclarar las cosas —responde él, bajando un poco la voz, acercándose aún más—. No puedo seguir fingiendo que no pasó nada.

Me cruzo de brazos, intentando hacerme más pequeña, más distante. Cada paso que da hacia mí hace que mi corazón se acelere, que sienta esa mezcla de rabia y algo que no quiero admitir.



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En el texto hay: universidad, amor-odio, proximidadforzada

Editado: 10.08.2026

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