Alexander
Me siento sobre uno de los bancos del vestuario, al día siguiente, mirando mis botas de fútbol. El suelo está cubierto de pequeñas manchas de sudor y barro; el aire huele a caucho mojado y desodorante. El eco de las voces de las chicas resuena en las paredes, pero a mí me suena todo distante, como si estuviera escuchando un murmullo lejano. Todos hablan, se ríen, algunos incluso gritan, pero no les presto atención. Mi mente está en otro lado, dando vueltas a pensamientos que no sé cómo ordenar.
Mis dedos recorren lentamente los cordones de mis botas, una, dos, tres veces. Un movimiento repetitivo que me ayuda a desconectarme de lo que sucede a mi alrededor. Tiendo a hacer esto cuando no quiero pensar en algo, cuando mi cabeza va más rápido de lo que debería. No sé qué me pasa últimamente, pero estoy más distraído que nunca.
A lo lejos, escucho a Ethan hablar; su voz burlona se cuela entre mis pensamientos.
—¿Me estás escuchando o qué? Ya llevas un buen rato ahí con las zapatillas.
Levanto la mirada y lo veo a través del espejo que está colgado en la pared, cambiándose también. Lleva los calcetines puestos, pero aún no se ha puesto las botas. Sus ojos se encuentran con los míos y me miran fijamente, esperando alguna reacción. Pero yo no sé qué decir.
—Sí, sí… —respondo, casi sin pensar, y trato de enfocar mi atención en el movimiento de mis manos. La izquierda. La derecha. Los cordones están demasiado apretados, pero no me atrevo a soltarlos.
Ethan sigue mirándome. Es uno de esos momentos incómodos que no puedes evitar. El tipo de momentos que a veces me hacen preguntarme por qué soy tan distraído, tan ajeno a lo que pasa a mi alrededor. Debería ser más como los demás, no sé, más presente. O al menos, más interesado en lo que dicen.
—Tío, estás en otra parte. ¿Qué pasa?
No me molesta porque es Ethan, y sé que no lo dice con maldad, pero me hace sentir aún más fuera de lugar. Estoy aquí, cambiándome para ir a entrenar, rodeado de amigos, y parece que estoy en una dimensión paralela donde todo lo que hacen o dicen me da igual.
—No. —Digo en voz baja, mirando mis botas. Mis palabras suenan vacías, pero no puedo evitarlo. Estoy... ausente.
Ethan sigue allí, esperando una respuesta más, pero ya me está dando igual. Mis ojos se fijan en el número de mi camiseta, en la forma en que el logo del club se ajusta en mi pecho. Miro las costuras, como si el simple hecho de analizarlo me sacara un poco de este estado de desconcierto.
La puerta del vestuario se abre de golpe. El entrenador entra, gritando a todos para que nos apuremos.
—¡Venga, chicos, a cambiarse más rápido! Parecéis chicas preparándoos para una fiesta.
Hay una risa generalizada. Todos sabemos que lo dice para motivarnos, o más bien para sacar algo de tensión antes de empezar el entrenamiento. Pero me siento como si esa risa no fuera para mí, como si yo no encajara en el grupo en este momento. La mayoría de los chicos se apresuran a terminar de ponerse las botas y las espinilleras, pero yo sigo ahí, fijando la vista en el suelo.
Escucho cómo se acercan pasos, y veo en el espejo a Ethan ponerse de pie, echándose una última mirada en el espejo antes de salir del vestuario. Yo sigo allí, quieto, mientras todos empiezan a salir al campo. Mi cuerpo se mueve con lentitud, como si no tuviera prisa por seguirles. Al final, me levanto, no porque quiera, sino porque es lo que se espera de mí.
Me pongo de pie, de forma mecánica, y me ajusto los pantalones. Es un movimiento automático, algo que he hecho tantas veces que ni siquiera me doy cuenta. En algún momento, sé que debo estar apurado, pero las horas parecen pasar de forma extraña hoy. A pesar de que sé que ya casi estamos listos para empezar, parece que este momento no acaba nunca.
Cuando salgo del vestuario, ya casi todos están en el campo, estirando o calentando. El entrenador nos observa desde el borde del césped, y aunque dice algo sobre el calentamiento, su voz suena ahogada por la distancia. A lo lejos, las risas y las voces de los demás me llegan como si provinieran de otro mundo.
El césped está húmedo cuando piso el campo. Todavía no se ha ido del todo el sol y el aire de la tarde corta un poco, lo justo para despejarte la cabeza... o para recordarte que estás vivo. Inspiro hondo. El olor a hierba mojada siempre me ha gustado. Es familiar. Seguro. Aquí, al menos aquí, sé lo que tengo que hacer.
Empiezo a trotar junto al resto del equipo, dando vueltas al campo mientras el entrenador grita instrucciones que ya nos sabemos de memoria. Calentar, estirar, no distraerse. Ethan corre a mi lado, como siempre. Tiene esa energía pesada de los que hablan incluso cuando no hace falta.
—Venga—me dice, dándome un empujón suave con el hombro —A ver si hoy sí estás aquí con nosotros.
—Estoy —respondo, sin mirarlo.
O eso intento creer.
Hacemos estiramientos en círculo. Me inclino hacia delante, siento cómo los músculos tiran, cómo el cuerpo empieza a responder. Es automático. Agradecido. El fútbol no me pide que piense demasiado, solo que reaccione. Y eso, últimamente, es un alivio.
El entrenador no tarda en ponerse pesado.
—¡Más rápido! ¡Que esto no es yoga! —grita—. Luego no quiero ver caras largas cuando os falte aire.
Empezamos con ejercicios de pase. Balón al pie, control, pase rápido. Una y otra vez. El sonido seco del balón contra las botas, las voces cruzándose, las indicaciones constantes. Kai se queja de algo, Cameron se ríe; Ethan habla demasiado. Todo sigue su curso normal.
Yo corro. Paso. Recibo. Chuto.
Y, aun así, mi cabeza se va.
—¡Concéntrate! —Me grita el entrenador cuando fallo un pase sencillo.
Asiento con la cabeza y levanto la mano a modo de disculpa. Ethan me mira de reojo.
—Te lo digo yo, tío —murmura—. Estás fatal hoy.
Seguimos entrenando. Cambios de ritmo, presión alta, partido corto. El sudor empieza a resbalarme por la espalda; la camiseta se me pega al cuerpo. Me gusta esa sensación de cansancio limpio, físico, que no te deja espacio para otras cosas.