Livia
Me despierto antes de abrir los ojos.
Lo primero es el dolor. No uno puntual, no un pinchazo, sino algo denso, pesado, como si alguien me apretara la cabeza con ambas manos desde dentro. Gimo sin querer y me giro de lado, hundiendo la cara en la almohada. Error. El movimiento hace que todo dé una vuelta lenta pero infinita, como si el mundo se hubiera convertido en una noria oxidada.
Respiro hondo. Muy hondo.
El aire me sabe raro. Seco. Amargo.
Paso la lengua por los labios y noto la boca completamente pastosa, como si hubiera estado hablando toda la noche sin parar. Trago saliva, pero no ayuda. Al contrario: la garganta protesta con un ardor incómodo. Parpadeo por fin, abro un ojo... y la luz que se cuela por la rendija de la persiana me atraviesa directamente el cerebro.
—Joder... —murmuro, cerrando de nuevo.
El cuerpo no responde como debería. Me pesa todo. Los brazos, las piernas, incluso el pecho. Me siento anclada al colchón, como si alguien hubiera cambiado la gravedad solo para mí. Intento estirarme un poco y un latigazo de dolor me cruza la sien derecha.
Vale.
Resaca confirmada.
Me quedo quieta unos segundos, respirando despacio, esperando que el mundo deje de moverse sin mi permiso. Entonces llega la otra sensación. No física. Más silenciosa. Un nudo en el estómago que no tiene que ver con el alcohol.
Culpa.
No sé muy bien por qué, pero está ahí. Una sensación rara, como cuando sabes que hiciste algo mal pero no recuerdas exactamente qué. Intento rebuscar en mi cabeza. La fiesta. Luces. Música. Risas. Sofía. Theo. Luego... nada. Un vacío espeso, negro, que se traga todo lo demás.
Frunzo el ceño.
No me gusta no acordarme.
Paso una mano por la cara y noto el maquillaje corrido en las pestañas, la piel tirante. Suspiro y, con mucho esfuerzo, me incorporo apoyando los codos en el colchón. La habitación gira un poco, pero menos. Miro alrededor, como si las paredes pudieran darme alguna pista.
Entonces me giro hacia la mesita de noche.
Ahí, junto al móvil y una botella de agua a medio beber, hay una pastilla para la resaca. Blanca, pequeña, colocada con demasiado cuidado como para ser casual. La observo unos segundos, frunciendo el ceño.
—¿En serio...? —murmuro.
La cojo con dos dedos, como si pudiera desaparecer si la toco, y luego agarro la botella. El plástico cruje bajo mi mano. Me llevo la pastilla a la boca y trago con un sorbo largo de agua. El líquido frío baja por mi garganta seca y me hace cerrar los ojos un instante.
Respiro hondo después.
No es magia. El dolor sigue ahí, la cabeza sigue latiendo, el cuerpo sigue pesado... pero al menos siento que estoy haciendo algo para no hundirme del todo. Vuelvo a dejar la botella en la mesita y me dejo caer otra vez contra las almohadas, mirando al techo.
Miro a mi alrededor. Mi cama está revuelta. La manta mal puesta. El top está tirado en la silla.
Eso tampoco me gusta.
Trato de unir puntos sueltos. ¿Volví sola? ¿Con Zoey? ¿Con las chicas?
Un pensamiento aparece, incómodo, insistente.
Alexander.
El nombre se cuela sin pedir permiso y me hace tensar el cuerpo. Trago saliva otra vez y, antes de pensar demasiado, me levanto. El suelo frío bajo los pies me arranca un pequeño quejido. Camino despacio, arrastrando un poco los pasos, y abro la puerta de mi habitación.
El salón está en silencio. Demasiado en silencio.
La barra está limpia. Ninguna mochila tirada. Ningún vaso fuera de sitio. Miro hacia el otro lado, hacia la puerta de su habitación. Está cerrada. Me acerco, dudo un segundo... y llamo suavemente con los nudillos.
Nada.
Apoyo la mano en el pomo y lo giro despacio. La puerta se abre sin resistencia.
La habitación está vacía.
La cama hecha. No hay rastro de él. Ni siquiera ese desorden mínimo que siempre deja.
Me quedo ahí plantada, en el umbral, sin saber muy bien qué sentir.
Una parte de mí se relaja.
Un alivio pequeño, casi culpable. Como si me hubiera librado de una conversación incómoda que no sé si podría sostener ahora mismo.
Pero justo detrás viene otra sensación, más difícil de ignorar.
Incomodidad.
Una especie de hueco raro en el pecho. Como si algo no encajara del todo. Como si su ausencia dejara más preguntas que respuestas.
Cierro la puerta despacio y vuelvo al salón. Me apoyo un segundo en la barra, cerrando los ojos. El dolor de cabeza sigue ahí, constante, pero ahora se mezcla con otra cosa.
La certeza de que esta mañana no va a ser tranquila.
Y de que, aunque no lo recuerde... algo pasó anoche.
Decido no pensar más.
O al menos, intentarlo.
Porque cuanto más vueltas le doy a la noche, más borroso se vuelve todo. Fragmentos sueltos. Sensaciones sin imágenes claras. Y un peso incómodo en el pecho que no sé muy bien de dónde viene.
Camino hasta el baño arrastrando los pies. Cada paso me pesa como si llevara la resaca colgada del cuerpo. Enciendo la luz y el reflejo me recibe sin piedad.
Me quedo quieta frente al espejo.
Tengo el pelo hecho un desastre, los ojos hinchados, la cara apagada... y entonces lo veo.
La sudadera.
No es mía.
Es demasiado grande, demasiado larga de mangas, demasiado... Alex. Bajo la mirada y agarro la tela entre los dedos. Me la llevo a la cara casi sin darme cuenta.
Huele a él.
A jabón, a algo limpio, a ese olor suyo que ya reconozco demasiado bien.
—No... no, no... —murmuro, como si repetirlo pudiera borrar lo que significa.
Me entra una mezcla rara en el pecho. Vergüenza. Confusión. Algo que no quiero nombrar. Me miro otra vez al espejo, con la sudadera puesta, como si fuera una prueba silenciosa de algo que pasó mientras yo no estaba del todo ahí.
Trago saliva.
Me la quito rápido, como si me quemara, la dejo sobre el borde del lavabo y me giro hacia la ducha.