Rozando la perfección

Capítulo 19

Livia

Son las cinco; estamos alrededor de la mesa de la cafetería, con cafés, bollos a medio comer y caras de no haber dormido lo suficiente. Evelyn gesticula mientras cuenta algo de Blake; Leah se ríe con la cabeza apoyada en la mano; Zoey escucha con media sonrisa y Sofía me observa demasiado.

—Vale, pero eso no explica por qué Lucy acabó llorando en el baño —dice Evelyn.

—Porque Lucy es Lucy —responde Zoey, encogiéndose de hombros.

—Y porque se le rompió el plan —añade Leah—. Alex no estaba tan interesado como ella creía.

Mi nombre mentalmente se engancha al suyo sin permiso.

Alex.

Intento que no se me note nada, pero Sofía me mira como si pudiera leerme por dentro.

—Livia —dice, con tono inocente—. Por cierto... ¿tú qué tal acabaste?

Abro la boca para responder algo vago cuando Zoey se gira un poco en su silla.

—Eh —murmura—. Tía... Alex está ahí.

Mi estómago da un vuelco.

—¿Dónde? —Pregunto demasiado rápido.

—En la barra. Pidiendo.

Evelyn alza las cejas.

—Uh.

Leah sonríe despacio.

—Esto se pone interesante.

Resoplo, cogiendo mis gafas de sol y levantándome.

—Ahora vuelvo —digo—. No me sigáis con la mirada, por favor.

—No prometemos nada —dice Sofía, divertida.

Camino hacia el mostrador con el pulso un poco más rápido de lo normal. Él todavía no me ha visto. Está inclinado hacia la barra, hablando con la chica que atiende, con esa media sonrisa suya que parece no ir en serio nunca... y siempre ir demasiado en serio.

Perfecto.

—Solo actúa normal —me digo en voz baja—. No lo mates. Todavía.

Me coloco justo detrás de él. Puedo oler su colonia. Genial.

—Alex.

Mi voz sale más seca de lo que pretendía.

Se gira despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Cuando me ve, aparece esa sonrisa que me dan ganas de borrar.

—Vaya —dice—. Buenos días, sol radiante.

—No empieces.

—¿Qué? ¿Ya no puedo saludar?

—¿Qué coño pasó ayer?

Directa. A la yugular.

Alex gira la cabeza, divertido.

—¿Así, sin hola ni nada?

—Alex.

—Vale, vale… —levanta las manos—. Dramática.

Doy un paso más hacia él.

—No me acuerdo de nada desde que Sofía se fue con Ethan —digo en voz baja—. Y eso no es normal.

Su expresión cambia apenas. Lo justo para que lo note.

—Eso se llama beber —responde—. No es nada del otro mundo.

—No me trates como si fuera tonta.

—No lo hago. Solo digo que ibas bastante borracha.

Aprieto la mandíbula.

—¿Hice algo raro?

—¿Raro según quién?

—Joder.

—Ey, ey —sonríe—. Sigues viva. Nadie llamó a seguridad. No hay vídeos virales. Tranquila.

—Eso no me tranquiliza.

—Debería.

—¿Me fui sola?

Alex tarda un segundo más de la cuenta en responder.

—Digamos que... no exactamente.

Mi estómago se encoge.

—¿Cómo que no exactamente?

—Digamos que ejercí de adulto responsable.

—¿Tú?

—A veces pasa. Una vez al año o así.

—Alex...

—Te llevé al piso —dice—. Porque ibas a acabar durmiendo en una acera.

—¿Y hablamos?

—Hablaste.

—¿Qué dije?

—Cosas.

—¿Qué cosas?

Alex bebe un sorbo de su café.

—Las típicas de alguien borracho.

—Eso no me gusta nada.

—No deberías preocuparte —añade—. No confesaste ningún crimen.

—Muy gracioso.

—Lo sé.

Lo fulmino con la mirada.

—¿Me besé con alguien?

—Sí.

Me quedo helada.

—¿Con quién?

—Theo

—Ah.

—Y luego te enfadaste.

—Claro.

—Y luego...

—¿Luego qué?

Alex sonríe de lado.

—Luego te fuiste conmigo.

El corazón me da un golpe raro.

—¿Por qué?

—Porque Lucy te estaba dando alcohol que no era buena idea —responde—. Y porque estabas a punto de caerte por las escaleras.

—Genial.

—Sí. Fue precioso.

Llaman su pedido desde el mostrador. Lo recoge y vuelve a mirarme.

—De nada, por cierto.

—No te he dado las gracias.

—Ya lo harás.

Pasa por mi lado, rozándome el brazo. Me quedo quieta, como si me hubiera electrocutado.

Vuelvo a la mesa con las chicas con la cabeza hecha un lío.

Cinco pares de ojos me miran.

—Bueno —dice Evelyn—. ¿Y?

Me dejo caer en la silla.

—Creo que necesito otro café.

El fin de semana pasa más rápido de lo que debería y ya es lunes. Estamos otra vez en clase de Marketing, frente al proyecto que nos tiene ocupados desde hace casi una semana. Sofía, Ethan, Alex y yo nos sentamos alrededor de la mesa con nuestros portátiles y cuadernos, cada uno con su propio enfoque, pero todos conectados por este proyecto conjunto.

—Vale, chicos, necesitamos avanzar con la parte de diseño —dice Ethan—. ¿Quién va a ocuparse del producto final para la venta?

—Yo puedo terminar esto —digo, mostrando el diseño del bolso que hay en mi portátil—. Luego tendremos que pensar en la campaña publicitaria, cómo presentarlo en redes, fotos, vídeos, todo eso.

Alex me mira desde el otro lado de la mesa, brazos cruzados, evaluando cada puntada como si estuviera juzgando más que el proyecto.

—Bien —responde, sin levantar la voz—. Cuando lo tengas listo, hacemos fotos y planificamos la estrategia de venta. Yo me encargo del storytelling, captions y redes sociales.

Sofía sonríe, divertida, lanzándome una mirada que mezcla diversión y curiosidad. Ethan, como siempre, intenta mantenernos a todos en línea, anotando fechas de entrega y checklist de tareas.

—También tenemos que definir a nuestro público objetivo —dice Sofía—. No podemos simplemente decir "cualquiera". Tenemos que vender esto como si fuera lo más exclusivo del semestre.

Miro el diseño. Siento la presión de la perfección y, al mismo tiempo, la incomodidad de tener a Alex tan cerca, evaluando cada movimiento, como si estuviera ahí más por mí que por el proyecto.



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En el texto hay: universidad, amor-odio, proximidadforzada

Editado: 24.08.2026

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