Livia
El aviso aparece clavado en la puerta cuando vuelvo de clase.
Una hoja blanca, impresa, con el logo de la residencia arriba y letras demasiado formales para lo poco que me gusta lo que dice.
INSPECCIÓN DE HABITACIONES.
HOY.
18:30 – 20:00.
Me quedo mirándola unos segundos más.
—Genial —murmuro.
Entro y cierro la puerta con el pie. Voy directa a mi habitación y dejo el bolso en la silla del escritorio. Resoplo. Salgo y pico con los nudillos a la puerta de la habitación de Alex.
—Alex —digo, sin subir la voz, justo cuando abro la puerta y me asomo un poco—. ¿Has visto esto?
Está apoyado en el escritorio, con el portátil abierto y los cascos colgándole del cuello. Levanta la vista despacio.
—Depende —dice—. ¿Es algo que va a fastidiarme la tarde?
Levanto la hoja.
—Inspección.
Su expresión cambia. Apenas. Pero lo suficiente para que lo note.
—Hoy... —repite—. Joder.
—Exacto.
Dejo la hoja sobre la mesa, como si fuera culpa suya. Me cruzo de brazos y miro alrededor. La habitación no está fatal, pero tampoco está como para que alguien con una carpeta y una lista empiece a señalar cosas.
—Tenemos una hora —digo—. Y media, como mucho.
Alex se quita los cascos y los deja a un lado.
—Vale. —Suspira—. Plan rápido.
—Plan rápido —repito—. Tu concepto de "rápido" y el mío no suelen coincidir.
—Confía en mí un poco, ¿no?
Lo miro.
—No.
Sonríe de lado, como si ya esperara esa respuesta.
—Vale, entonces mandas tú.
Eso me descoloca un poco.
—¿En serio?
—En serio —dice, levantándose—. Tú eres la organizada. Yo solo me dejo llevar.
Ignoro el comentario y voy hacia el salón, mientras Alex me sigue. Recojo un par de revistas de moda que dejé el otro día en el sofá y las dejo bien colocadas sobre la mesa baja que hay justo delante, apartando un vaso vacío.
—Nada de cosas raras a la vista —digo—. Ni botellas. Ni cables por el suelo.
—Ey, mis cables son parte de mi identidad.
—Pues hoy no.
Alex se agacha para recoger algo del suelo y, sin querer, chocamos hombro con hombro.
—Perdón —dice él.
—Ya.
Sigo con lo mío, pero el roce se me queda pegado un segundo más de lo normal. Me aclaro la garganta.
—¿Puedes...? —señalo su habitación—. Eso.
—Eso es muy amplio como concepto.
—Todo lo que sea tuyo.
—Hostil, pero justo.
Se mueve rápido. Demasiado rápido para alguien que siempre parece ir con calma. Me doy cuenta de que está más tenso de lo que aparenta. No lo dice, pero se nota en cómo revisa, en cómo mira la hora.
—Oye —dice de pronto—. Si preguntan algo raro... hablo yo.
Me giro hacia él.
—¿Por qué?
—Porque sí.
—Alex.
Se encoge de hombros.
—Porque me da igual quedar mal. A ti no.
No respondo enseguida. Vuelvo a doblar una sudadera que no es mía. La gris.
—No hace falta —digo al final—. Puedo hacerlo.
—Ya —responde—. Pero no quiero.
Silencio.
La habitación empieza a parecer... normal. Demasiado normal para nosotros.
—Gracias —murmuro, casi sin querer.
Alex alza una ceja.
—¿Eso ha sido un gracias?
—Ni se te ocurra—digo, apuntándolo con el dedo.
—Qué lástima—responde él sonriendo.
Se apoya en la pared, mirándome mientras coloco el último libro en la estantería. Su mirada pesa más de lo que debería.
—Livia.
—¿Qué?
—Relájate un poco. No es la policía.
—Para mí, casi.
Sonríe. No se ríe. Sonríe de verdad.
Y por un segundo, muy breve, la tensión no es incómoda.
Es otra cosa.
Un golpe suave en la puerta nos hace saltar a los dos.
—Inspección —se oye desde fuera.
Alex me mira.
—¿Lista?
Trago saliva.
—No.
—Perfecto —dice—. Entonces estamos como siempre.
Abre la puerta antes de que pueda responder.
La mujer de la inspección entra con una carpeta pegada al pecho. Tiene cara de haber visto demasiadas habitaciones iguales y ninguna que le importe de verdad. Detrás de ella, un chico más joven toma notas en una tablet sin levantar casi la vista.
—Buenas tardes —dice ella, profesional—. ¿La habitación es compartida?
Alex responde antes de que yo abra la boca.
—Sí.
No se justifica. No explica. Solo afirma.
Se coloca medio paso delante de mí sin que parezca intencionado. Pero lo es. Alex siempre ocupa el espacio con naturalidad, como si supiera exactamente cuánto puede avanzar sin invadir... y cuánto sin darse cuenta está cubriendo.
La mujer asiente y empieza a mirar alrededor.
Yo me quedo quieta. Con los brazos pegados al cuerpo y la espalda recta. Intentando parecer tranquila, aunque por dentro estoy contando respiraciones.
Alex, en cambio, se mueve con una calma casi insultante.
Se apoya en el marco de la puerta. Cruza los brazos. Observa. No parece nervioso. No juega con las manos. No mira el reloj. Solo está ahí, presente, atento.
—¿Ambos sois estudiantes? —pregunta el chico de la tablet.
—Sí —responde Alex—. Primero de carrera.
—¿Mismo grado?
—No.
—Moda —añado—. Y... —me detengo—. Él está en Marketing.
Alex gira la cabeza lo justo para mirarme. Apenas una fracción de segundo. Pero es suficiente para que me dé cuenta de que está pendiente.
La mujer se acerca a la mesa.
—Orden correcto —murmura—. Camas en habitaciones separadas...
Entra en mi habitación y yo la sigo intuitivamente. Se inclina para mirar debajo de la cama y saca una caja. La pone encima de la cama y la abre.
—Limpio —dice dirigiéndose al chico de la tablet.
Alex se mueve un poco más hacia mí. Casi sin tocarme, pero lo bastante cerca como para que note el calor de su brazo, mientras la señora sigue revisando mi habitación.
—Tranquila —murmura, solo para mí—. No van a encontrar un cadáver.