Livia
El silbato todavía no ha sonado, pero el pabellón ya huele a partido.
Mis zapatillas chirrían contra el suelo mientras corro de una punta a otra de la pista. No miro a las gradas, aunque sé que poco a poco se van llenando. Se siente. El murmullo es distinto cuando hay gente llegando, cuando las conversaciones no tienen nada que ver con nosotras, cuando alguien ríe demasiado alto y el eco rebota contra las paredes.
—¡Livia, más rápido!
La voz de Lucy me atraviesa como un latigazo.
Aprieto los dientes y acelero, aunque las piernas ya me arden. Llevamos casi cuarenta minutos seguidos y la entrenadora todavía no ha llegado. Lucy ha decidido que hoy, como capitana, le toca mandar, y yo soy su objetivo favorito.
—¿Eso es todo lo que tienes? —añade—. Porque si es así, apaga y vámonos.
No contesto. No puedo. Si abro la boca, sé que no voy a decir nada bueno.
Recibo el balón, lo coloco, salto y golpeo. Demasiado tarde. La pelota se va un poco larga.
—Otra vez —dice—. Y concéntrate, joder.
Respiro hondo. Siento el sudor bajándome por la espalda, pegándome la camiseta al cuerpo. Me seco la frente con el antebrazo y vuelvo a mi posición. Nadie dice nada. Lucy está demasiado metida en lo suyo. Grace me lanza una mirada rápida, casi una disculpa silenciosa.
El balón vuelve a mí.
Esta vez acierto, pero no es suficiente.
—Podría haber sido mejor —remata Lucy—. Siempre te quedas a medias.
Algo se me retuerce por dentro, pero sigo moviéndome. Correr. Saltar. Pasar. Repetir. Como si el cuerpo pudiera funcionar sin la cabeza. Como si no pesara todo lo demás.
Pienso, sin querer, que hoy no debería dolerme así. Que es solo un partido. Que he jugado cientos. Pero este se siente distinto, como si algo estuviera a punto de romperse incluso antes de empezar.
Miro hacia las gradas al ver que se van llenando poco a poco.
—¡Livia! ¿Estás en la pista o en la luna?
—En la pista —respondo, más seca de lo que pretendía.
Lucy me sostiene la mirada un segundo. Tenso. Incómodo.
—Pues demuéstralo. —dice mientras me pasa el balón —Otra vez, Livia.
—Más fuerte—repite—. No te relajes. —Te juro que como vuelva a hablar le voy a arrancar la cabeza—. ¿Te estás cansando ya?
Sí. Me estoy cansando. Pero no se lo voy a decir.
Aprieto la mandíbula. Siento el calor subiéndome por el cuello, mezclándose con el sudor.
De reojo, veo movimiento en las gradas. Un grupo entra riendo, chocando los hombros, buscando sitio. Reconozco algunas caras. Liam. Theo.
Corro. Salto. Remato.
Liam y Theo ya están sentados. Se han puesto en la fila de siempre, más o menos centrados. Se inclinan el uno hacia el otro, hablando de algo que no tiene nada que ver con nosotras. Luego aparecen más: Alex, Kai, Cameron, Ethan... Todo el grupo junto, ocupando media grada como si el pabellón fuera suyo.
Y entonces lo veo.
Alex levanta el móvil.
No lo miro directamente, pero lo siento. Esa especie de presión absurda en el pecho que solo aparece cuando él está cerca. El móvil vibra en mi bolsillo casi al mismo tiempo.
Casi me tropiezo.
Aprovecho que Lucy está discutiendo algo con Leah y voy hacia los banquillos donde tengo mi bolsa y saco el teléfono lo justo, escondiéndolo con la bolsa.
Alex: Buena suerte.
Me quedo mirándolo un segundo de más. No debería contestar. No ahora. No aquí.
Pero lo hago.
Yo: Gracias.
Nada más. Guardo el móvil como si quemara.
Levanto la vista y Alex ya no está mirando la pantalla. Está mirándome a mí. Sonríe apenas. Como si con eso bastara.
Aparto la mirada de nuevo.
No estoy aquí para esto.
—¡Chicas!
La voz de la entrenadora corta el aire.
Todas nos giramos a la vez. Está entrando por la puerta lateral, con el abrigo aún puesto y el pelo un poco revuelto. Camina rápido, con cara de cansancio y disculpa.
—Lo siento muchísimo por llegar tarde —dice mientras deja la bolsa en el banquillo—. El coche ha decidido morirse esta mañana.
Algunas ríen. La tensión baja un poco.
Yo suelto el aire que no sabía que estaba aguantando.
La entrenadora aplaude dos veces.
—Vale, se acabó el calentamiento libre. A vestuarios cinco minutos y volvemos.
Me paso la mano por la cara, empapada de sudor, y camino hacia el banquillo. De reojo, vuelvo a ver las gradas.
Alex sigue ahí. Apoyado hacia delante, los codos sobre las rodillas, como si el partido también le tensara el cuerpo.
Aprieto los dedos alrededor de la botella y bebo un trago largo. El agua está fría.
Cinco minutos después, el silbato marca el inicio.
El sonido se me clava directo en el pecho.
Empieza el partido.
Salgo de titular en el primer set. Lo noto en cuanto piso la pista: las piernas responden, el cuerpo entiende lo que tiene que hacer incluso cuando la cabeza va un segundo por detrás. Riley me pasa una bola limpia, la coloco bien. Punto.
Respirar. Moverse. No pensar.
Jugamos compactas. No brillantes, pero constantes. Lucy grita órdenes, Grace cubre bien el fondo, Zoey aguanta en la red. Yo encadeno dos buenas recepciones seguidas y eso me coloca en un sitio mental mejor.
El marcador sube poco a poco. 18–15. 22–17.
Cuando cae el último punto, el marcador marca 25–20.
Primer set nuestro.
Nos chocamos las manos rápido, sin demasiada euforia. Aún queda mucho.
Cambiamos de lado.
El segundo set es otra historia.
No entro de inicio. Me quedo en el banquillo, con la sudadera puesta, intentando mantener el calor mientras veo cómo todo se desordena. Fallos tontos. Recepciones largas. Saques que se nos van por centímetros.
Lucy se frustra. Lo noto incluso desde fuera.
El marcador corre en nuestra contra sin que sepamos cómo pararlo. 25–14. Un golpe seco. Demasiado rápido.
El tercero empieza igual de mal.