Alexander
No sé cuánto tiempo pasa desde que nos separamos, pero el mundo vuelve despacio a su sitio. Livia sigue cerca. Demasiado cerca como para fingir que no acaba de pasar nada, demasiado frágil como para fingir que todo está bien.
Tiene los ojos brillantes. No de emoción. De cansancio.
De dolor.
De haber aguantado demasiado durante demasiado tiempo.
Son marrones, de ese marrón cálido que suele parecer firme, seguro... y ahora están vidriosos, a punto de desbordarse otra vez. La piel alrededor se le ha enrojecido, igual que la punta de la nariz, como alguien que llora e intenta disimularlo.
El pelo castaño le cae desordenado sobre la cara. Un mechón se le escapa y se le queda pegado a la mejilla. Lo aparto sin pensarlo, con cuidado, colocándoselo detrás de la oreja. El gesto es pequeño, casi automático. Ella no se aparta.
Tiene la mandíbula tensa, los labios entreabiertos como si no supiera qué decir o no se atreviera a decirlo. Parece frágil de una forma que no suele permitirse. Como si por una vez no estuviera sosteniéndolo todo sola.
Y algo dentro de mí se rompe un poco al verla así.
—¿Y ahora...? —pregunto al final, con la voz más suave de lo que pensaba—. ¿Qué quieres hacer?
Ella baja la mirada un segundo, como si esa pregunta pesara más de lo normal.
—Yo... —dice despacio—. Solo necesito estar tranquila un rato. Ir a mi habitación. Pensar. O no pensar. No sé.
Asiento. No hay nada que discutir ahí.
—Y la cena... —añado, sin acusar, solo dejando la frase en el aire.
No sé por qué lo digo. Quizá porque me molesta más de lo que debería. Quizá porque hoy no tengo ganas de fingir que no.
Livia no responde enseguida. Se encoge un poco sobre sí misma. Ese gesto pequeño que ya empiezo a reconocer.
—No quieres ir —digo al final.
No es una pregunta.
Ella niega con la cabeza, muy despacio.
—Me da mucho palo —murmura—. No estoy para gente. No estoy para sonreír ni para explicar nada.
Y entonces se le rompe la voz. No mucho. Lo justo para que duela.
Se me aprieta algo en el pecho.
—Eh —digo enseguida, mientras apoyo el pulgar bajo su barbilla y la obligo a levantar la cabeza hasta que sus ojos marrones se encuentran con los míos —Tranquila. No pasa nada.
Me mira, como si no estuviera segura de que lo diga en serio.
—No vayas. —continúo—. Llamo a los chicos, les digo que no vengan. Pedimos algo. Lo que tú quieras.
No lo pienso. Sale solo. Porque ahora mismo no se me ocurre ningún sitio mejor donde estar que con ella.
Livia me observa unos segundos. Como si no esperara eso.
—¿En serio? —pregunta.
Me encojo de hombros, intentando restarle importancia.
—Claro. No se van a morir por una noche sin mí.
Por primera vez desde hace rato, sonríe un poco. Apenas.
—Gracias —dice.
La miro, fingiendo solemnidad.
—Uy —respondo—. Me has dicho gracias. Te estás ablandando.
Ella suelta una risa bajita, cansada, pero real. Y solo por eso ya ha valido la pena.
—¿De verdad que no puedes estar ni un segundo sin soltar una tontería? —dice.
Sonrío de lado, apoyándome un poco más en la pared, como si así pudiera quedarme un rato más sin que se note.
—Es parte de mi encanto —contesto.
Niega con la cabeza, pero sigue sonriendo. Tiene la nariz un poco roja, los ojos aún vidriosos, y aun así... ahí está. Aguantando. Siempre aguantando.
Me acerco un paso. Solo uno. Lo justo para invadir su espacio. No dice nada. No se aparta.
—Oye —murmuro—. No tienes que ser fuerte todo el tiempo, ¿vale?
Traga saliva. Asiente una vez, pequeña.
No digo nada más. No hace falta.
Me inclino y le dejo un beso suave en la frente, de esos que no piden nada a cambio, que solo dicen estoy aquí. Cuando me separo, cierro un segundo los ojos, como si así pudiera guardarme el momento.
—Vamos —digo al final.
Me agacho, cojo su bolsa de deporte antes de que pueda protestar y me la cuelgo del hombro. Ella me mira, a punto de decir algo, pero se queda callada.
Salimos del vestuario despacio.
No damos ni tres pasos cuando aparecen Lucy y Grace.
—Livia —dice Grace en cuanto la ve, acercándose enseguida—. ¿Estás bien? ¿Qué te ha pasado?
Livia suspira, cansada. No de la pregunta, sino de todo lo que viene detrás.
—Me he hecho daño en el brazo. Nada grave... bueno —corrige—, reposo unas semanas.
Lucy frunce el ceño, cruzándose de brazos.
—Ya, pero es que hoy no hemos estado finas —dice, con ese tono suyo que siempre va medio camino entre la crítica y la exigencia—. El segundo y el tercer set han sido un desastre. Hemos regalado puntos.
Noto cómo el cuerpo de Livia se tensa a mi lado.
—Lucy —empieza Grace, incómoda—...
—No lo digo a malas —continúa ella—, pero este partido podríamos haberlo cerrado antes. Hemos jugado mal y ya está.
Livia levanta la cabeza despacio. La miro de reojo. Tiene los ojos cansados, pero firmes.
—Oye —dice, con la voz baja pero clara—. Ya está bien. Hemos ganado el partido. Y yo ahora mismo no estoy para análisis tácticos, ¿vale?
Lucy se queda callada, sorprendida. No se lo esperaba.
—Vale… —murmura al final—. No sabía que estabas tan mal.
—Lo estoy —responde Livia—. Así que, si no te importa, hablamos otro día.
Silencio incómodo. Grace carraspea.
—Bueno... —dice—. En serio, Livia, cuídate. Ya nos escribes cuando sepas algo más, ¿sí?
—Sí. Gracias.
Cuando se van, Livia suelta el aire despacio, como si hubiera estado conteniéndolo todo ese rato. Me acerco un poco más, poniéndome delante de ella.
—Oye... —digo, bajando la voz—. Lucy... ¿de verdad es siempre así?
Livia resopla, cansada, y se pasa la mano libre por la frente.
—Sí. Con todo el mundo. Siempre tiene algo que señalar, algo que corregir. Al principio intentas no tomártelo personal, pero... —se encoge de hombros— ya estoy harta.