Alexander
Abro los ojos y lo primero que veo es la oscuridad. La habitación apenas está iluminada por la luz de la calle que se cuela entre las cortinas. Todo está en silencio.
Miro el móvil por inercia.
4:20 am.
Genial.
Me quedo boca arriba, con un brazo bajo la cabeza, escuchando mi propia respiración. Intento volver a dormirme. Cierro los ojos. Los aprieto. Los vuelvo a abrir.
Nada.
Hay noches en las que el cuerpo descansa, pero la cabeza no sabe parar. Esta es una de esas.
Solo que hoy no es solo la cabeza.
Vuelvo a girar un poco el cuello. Sin moverme demasiado. No quiero despertarla.
Livia duerme de lado, dándome la espalda, abrazando el cojín como si fuera lo único estable en el mundo. El vendaje blanco asoma por debajo de la sábana, contrastando con su piel. Su respiración es lenta, tranquila, ajena a todo.
Y yo aquí, contando los segundos.
Vuelvo a mirar el móvil.
4:47 am.
Me paso la mano por la cara. Me giro con cuidado, quedándome apoyado sobre un codo. La observo sin pensar demasiado. No quiero ponerle nombre a nada. No quiero empezar con esas preguntas que siempre terminan en sitios incómodos.
Solo... me quedo allí.
Al cabo de un rato se mueve un poco. Frunce el ceño. Murmura algo que no entiendo. Luego vuelve a relajarse.
Respiro más lento.
Miro otra vez el móvil.
5:15 am.
Casi una hora.
No he pensado en nada concreto. No he resuelto nada. No he tomado decisiones importantes.
Y aun así, siento que algo se ha movido dentro de mí, como una pieza que no vuelve a encajar del todo.
Me tumbo de nuevo boca arriba.
El techo sigue igual.
El mundo sigue igual.
Pero yo no.
Y no sé en qué momento exacto ha pasado.
Me incorporo con cuidado, casi conteniendo la respiración, como si el colchón pudiera delatarme. Muevo el peso despacio, centímetro a centímetro, hasta sentarme en el borde de la cama. Livia no se despierta. Solo cambia un poco la postura, arrugando la sábana entre los dedos, como si, incluso dormida, tuviera miedo de que algo se le escapara.
Me quedo un segundo mirándola.
Luego aparto la vista.
Cojo mis pantalones del suelo, me los pongo sin hacer ruido y busco a tientas la camiseta. El frío de la madrugada me recorre la piel cuando me la paso por la cabeza. Abro la puerta con cuidado, sin que el picaporte suene, y salgo al salón.
El piso está en penumbra.
La luz azulada que entra por el balcón dibuja sombras largas sobre el suelo. Todo parece más grande a esta hora, más vacío. Camino descalzo, notando el frío de las baldosas en las plantas de los pies.
En la cocina, enciendo la luz tenue sobre la encimera. Parpadeo un par de veces, todavía medio dormido. Pongo agua en la cafetera casi por costumbre, sin pensar. Cojo dos tazas del armario.
El olor del café, que llena la cocina, me resulta demasiado intenso, demasiado real para esta hora. Me apoyo con la espalda en la encimera y le doy un sorbo. El calor me quema la lengua, pero no aparto la taza. Dejo que el dolor se quede un segundo más de lo normal.
Respiro hondo.
Miro la segunda taza, vacía, esperándome como si supiera algo que yo aún no he decidido. Me paso una mano por la cara, cansado, y al final cedo. Vuelvo a encender la cafetera. Esta vez despacio. Como si hacerle café fuera una forma torpe de decirle que estoy aquí, aunque todavía no se haya despertado.
Cuando termina, vierto el café en la otra taza y la acerco un poco al borde de la barra, como si ya le perteneciera.
Me quedo de pie unos segundos más, escuchando el zumbido lejano de la ciudad, algún coche que pasa, una sirena lejana, el mundo siguiendo su ritmo como si nada hubiera cambiado.
Pero para mí, todo se siente distinto.
Camino por el salón con pasos lentos, casi reverentes. La puerta de su habitación sigue entreabierta. Me asomo un segundo.
Livia duerme de lado, con el brazo vendado apoyado en la almohada, el ceño ya sin arrugas, como si por unas horas el dolor le hubiera dado tregua. El pelo le cae por la cara y, sin pensarlo, doy un paso más.
Me siento despacio en el borde de la cama, con cuidado de no hacer crujir el colchón. Aun así, Livia se mueve un poco, frunce la nariz y suelta un suspiro suave, como si mi presencia la sacara poco a poco de ese lugar en el que estaba.
—¿Qué haces? —murmura—. Deja de mirarme tanto.
Se me escapa una sonrisa pequeña, casi tímida.
—Buenos días.
Se frota la cara con la mano sana. El brazo malo lo mantiene pegado al cuerpo, como si no se fiara ni del aire.
—¿Qué hora es?
—Demasiado pronto para existir —respondo—. ¿Cómo está el brazo?
Hace una mueca que intenta disimular.
—Sigue doliendo... menos que ayer, creo. Pero es raro —dice—. Como si no fuera mío.
Asiento, mirándola.
—Te he hecho café.
Levanta un poco las cejas.
—¿En serio?
—Sí. Pero no pienso traértelo a la cama, porque si se cae luego dirás que ha sido culpa mía.
Se ríe bajito, cuidando de no moverse demasiado.
—Gracias, Alex.
Me quedo callado. Demasiado tiempo. La observo sin darme cuenta. El pelo revuelto, la marca de la almohada en la mejilla, los ojos aún llenos de sueño. Hay algo en verla así que me desarma.
—Oye... —dice entonces, girando un poco la cabeza hacia mí—. He estado pensando.
Trago saliva.
—Eso nunca es buena señal.
Sonríe.
—Ya no me llamas "niña".
Me quedo quieto.
—Porque no te gustaba.
—No es eso —susurra—. Es que antes lo hacías siempre.
Bajo la mirada un segundo.
—Ya… —empiezo y me quedo un segundo en silencio, intentando medir mis palabras—, aun así creo que te queda mejor… Sweetie.
Livia me mira, como si lo estuviera digiriendo, y luego se incorpora con cuidado, apoyándose con el brazo bueno mientras se sienta frente a mí, a solo unos centímetros. La sábana se mueve un poco al incorporarse, revelando más de lo que debería. Mi instinto me empuja a acercar la mano a su pierna, pero me detengo. No quiero que se sienta incómoda. Así que la mantengo sobre mi propio muslo, rígida.