Livia
El calor de la cafetería me golpea nada más entrar.
Huele a café recién molido, a azúcar quemado y a algo dulce. Hay vapor en los cristales, gente hablando demasiado alto, cucharillas chocando contra tazas. Afuera, el cielo está gris, como si no terminara de decidir si quiere llover.
Me cuelgo el bolso del hombro bueno y camino despacio hacia la mesa del fondo.
Evelyn ya está allí.
La reconozco por el pelo rubio recogido a medias y por la sonrisa que me lanza cuando me ve. Frente a ella hay un vaso alto, rosado, con espuma en la parte de arriba y pequeños trozos de fruta flotando.
—No me digas que... —empiezo, señalándolo.
Evelyn sonríe, orgullosa.
—Batido de fresa con frutos del bosque, un toque de vainilla y hielo picado. Como te gusta.
Me dejo caer en la silla, con cuidado de no golpearme el brazo.
—Te amo —susurro—. Literalmente.
Ella se ríe y me empuja el vaso.
—Bebe antes de que se derrita.
Justo en ese momento entran Zoey y Sofía por la puerta.
Zoey va con una chaqueta vaquera azul, algo oscura, y una bufanda del mismo granate que mi jersey. Lleva una falda negra y unas medias que oscurecen el tono de su piel, marcando sus piernas bajo la luz cálida de la cafetería. Completa el conjunto con unas botas altas negras.
Sofía lleva unos vaqueros básicos y un jersey blanco sencillo. Tiene el pelo rizado suelto, cayéndole por los hombros de forma natural, sin preocuparse demasiado por domarlo. Su estilo es simple, casi discreto, como si prefiriera pasar desapercibida.
Zoey es la primera en reaccionar. Inclina un poco la cabeza, con una media sonrisa, y me saluda con los ojos antes incluso de decir nada. El flequillo le cae un poco sobre la frente y se lo aparta con un gesto rápido.
Sofía sonríe después, más suave. Alza la mano en un saludo pequeño.
—Pedimos y vamos—dice Zoey, señalando hacia la barra.
Sofía asiente y me dedica una última mirada antes de seguirla. Las dos se alejan entre la gente, esquivando mesas y mochilas, perdiéndose entre el murmullo de la cafetería.
Me quedo viéndolas unos segundos, escuchando el sonido de la cafetera, las cucharillas chocando contra las tazas, las risas de fondo. El olor dulce del café y del azúcar flota en el aire, mezclado con algo de canela.
Evelyn me mira de reojo y sonríe.
—Por cierto, ¿cómo estás? —pregunta—. ¿Te duele mucho?
Miro el vendaje que asoma por debajo de la manga, girando ligeramente la muñeca para sentir el peso del dolor que aún queda.
—Sí —admito—. A ratos arde. Como si el brazo no fuera mío.
Ella frunce el ceño, exageradamente dramática.
—Tía, en serio, cuando te caíste pensé que me daba algo.
—De verdad... —digo, rodando los ojos, aunque mi sonrisa traiciona lo que intento esconder—. Eres una exagerada.
Nos reímos las dos, pequeñas carcajadas que se mezclan con el murmullo de la cafetería.
—Pero de verdad —digo, intentando animarme más—. Estoy bien.
Evelyn arquea una ceja, seria por un segundo antes de sonreír con ese toque de socia que siempre tiene.
—Sí, bien es... no poder hacer vóley durante un mes —dice, y su tono hace que no pueda evitar fruncir un poco los labios.
Un golpe de realidad atraviesa mi pecho. El médico tenía razón: el brazo necesita reposo. Y ahora que lo pienso... el trimestre se acaba en nada, y probablemente no vuelva a jugar hasta el segundo. El hombro me arde un poco más al pensar en ello, y dejo escapar un suspiro, mordiéndome el labio para que no se note demasiado.
—Supongo... que tienes razón —admito en voz baja, dejando que mi mirada se pierda un segundo en la mesa.
—¡Hola, chicas! —dice entonces Zoey, mientras se acerca con una bandeja en las manos.
Sofía la sigue y se sienta en la parte del sofá, al lado de Evelyn.
Zoey se coloca a mi lado, dejando la bandeja encima de la mesa y pasándole a Sofía el café y el croissant que se ha pedido.
—¡Por fin reunidas! —dice Zoey con esa voz enérgica que siempre anima el lugar—. ¿Qué tal está nuestra jugadora estrella?
—Más o menos —respondo, tomando un sorbo del batido que Evelyn me ha pedido. El frío dulce del vaso hace que el dolor se suavice un poco, y el aroma de las fresas y frutos del bosque me calma —Aunque parece que voy a tener que ver el vóley desde fuera unas semanas.
—No digas eso —responde Sofía, preocupada—. No puedes estar fuera del equipo tanto tiempo.
—Lo sé… —susurro, mientras siento un hilo de tristeza—. El médico me ha dicho que necesito reposo... y el trimestre se acaba ya. Probablemente no vuelva a jugar hasta el segundo.
Zoey me lanza una mirada comprensiva, mientras Sofía frunce un poco el ceño, cruzando los brazos de manera que parece pensativa.
—Bueno, al menos puedes descansar un poco —dice Zoey, tratando de animarme—. No todo es malo.
—Supongo —respondo, mientras dejo el batido en la mesa y me reclino un poco—. Aunque... no soy buena sentada quieta.
Nos reímos un poco, y la sensación cálida de la cafetería, el murmullo de las conversaciones a nuestro alrededor y el olor dulce de los batidos hacen que por primera vez en horas no piense demasiado en el dolor.
Me tomo otro sorbo del batido y dejo que el frío baje por mi garganta, calmando el ardor del brazo. Siento cómo Zoey se acomoda junto a mí, rozando ligeramente mi hombro, y Sofía se inclina hacia Evelyn, bajito, mientras comentan algo de forma que solo ellas pueden entender. El ambiente se vuelve ligero, casi seguro, y por un momento dejo de preocuparme por todo lo que sigue fuera de esta mesa.
Hablamos de cosas sin importancia. De una fiesta, de una profesora que nadie soporta, de un chico de clase de Zoey que no para de mirarla.
Pero lo noto.
Las miradas.
Los silencios raros.
Las pausas demasiado largas.
Evelyn me observa por encima del vaso.
Zoey se muerde el labio.
Sofía baja la mirada... y luego vuelve a clavarla en mí.