Livia
Apago el portátil y la pantalla negra me devuelve un reflejo borroso de mi cara. Respiro hondo.
El piso vuelve a quedarse en silencio.
Ese silencio raro que no es vacío, sino eco. Como si todavía flotaran las risas de Alba, la voz de Briana, el "te esperamos en Navidad" que me ha dejado el pecho caliente y, al mismo tiempo, un poco más solo.
Me apoyo con la espalda en la barra de la cocina. El café que me he preparado antes ya está frío. Doy un sorbo aun así.
Sabe amargo.
Miro el móvil por inercia.
18:07.
A esta hora...
Mi cuerpo reacciona antes que mi cabeza.
Ahora mismo estaría en el polideportivo. Calentando. Atándome las zapatillas en el banco de madera. Quejándome del frío de la pista al principio y del calor después. Escuchando a Evelyn reírse, a la entrenadora silbar, a las pelotas golpeando el suelo como un latido constante.
Trago saliva.
El brazo ya no arde como antes. No quema. No grita.
Solo está ahí, como una sombra.
Me toco el vendaje con cuidado. Lo noto firme, seguro. El médico dijo que iba mejor. Que fuera paciente.
Pero nadie te enseña a ser paciente con lo que amas.
Camino hasta mi habitación. Cojo la sudadera del equipo del respaldo de la silla. Huele a suavizante y a algo viejo, algo mío. Me la pongo despacio, acomodando el brazo con cuidado.
No voy a jugar.
No voy a tocar nada.
Solo... mirar.
Salgo del piso. El pasillo de la residencia está lleno de pasos, de voces, de puertas que se abren y se cierran. Bajo las escaleras con el corazón acelerado, como si estuviera haciendo algo prohibido.
Fuera, el aire es más frío. Me despierta la piel. El cielo está gris, pesado, como si fuera a llover en cualquier momento. Camino rápido, metiendo las manos en los bolsillos de la sudadera.
A medida que me acerco, empiezo a escucharlo.
Primero es un eco lejano.
Después, un ritmo.
Pum. Pum. Pum.
El sonido de las pelotas golpeando la pista atraviesa las paredes del polideportivo como un latido gigante. Cada bote me retumba en el pecho.
Me detengo unos segundos frente a la puerta. El cristal está empañado por dentro. Veo sombras moviéndose, corriendo, girando.
Trago saliva otra vez.
Empujo la puerta.
La entrenadora vuelve al centro de la pista y el silbato corta el aire.
—¡Eso es todo por hoy! ¡A vestuarios!
El eco de las quejas se mezcla con las risas. Algunas se dejan caer al suelo, otras chocan las manos, otras corren directas a por sus botellas. El ambiente cambia de golpe: ya no es tensión, es cansancio compartido.
Yo sigo sentada en las gradas.
No me muevo.
Las veo recoger sus cosas, colgar sudaderas, comentar la práctica entre jadeos. Evelyn mira hacia mí un segundo, duda, pero luego se va con las demás hacia el pasillo de los vestuarios.
Y entonces, el ruido empieza a apagarse.
Las luces siguen encendidas, pero la pista se queda casi vacía. Solo queda el olor a goma caliente, a sudor, a desinfectante. El eco de lo que ha sido.
Me quedo sola con la pista.
Respiro hondo.
Mi mirada cae en algo que no debería notar tanto.
Un balón.
Está cerca de la línea lateral, quieto, como si también se hubiera quedado atrás. Nadie lo ha recogido. Nadie lo reclama.
Mi estómago se encoge.
No debería.
Lo sé.
La entrenadora lo ha dicho claro.
Le he prometido no tocarlo.
Pero algo dentro de mí empieza a latir más rápido. No es un pensamiento. Es una necesidad física. Como si mi cuerpo estuviera incompleto sin ese gesto tan simple.
Bajo un escalón de la grada.
Luego otro.
Mis zapatillas hacen un sonido hueco al tocar el suelo de la pista.
El balón sigue ahí.
Quieto.
Doy un paso más. Y otro.
Cada paso es una pequeña traición... y un pequeño alivio.
—Solo un toque —susurro, aunque no haya nadie.
Me agacho despacio, con cuidado, como si el balón pudiera romperse... o romperme a mí.
Mis dedos lo rozan.
Y entonces lo cojo.
El balón pesa menos de lo que recordaba.
O quizá soy yo la que está más ligera.
Lo dejo caer al suelo con cuidado. Rebota una vez. Dos. El sonido seco contra la pista me recorre por dentro como un escalofrío. Es el mismo de siempre, pero también es distinto. Como si lo escuchara desde otra vida.
Respiro hondo.
Le doy un toque suave.
El balón sube apenas unos centímetros y vuelve a caer.
Nada duele.
Mi corazón late más rápido.
—Vale... —murmuro—. Vale.
Otro toque.
Y otro.
El cuerpo empieza a moverse solo, recordando lo que la cabeza intenta olvidar. Mis manos se colocan sin pensar, mi peso cambia de lado, el equilibrio vuelve poco a poco.
Por un segundo me siento... normal.
Viva.
Sonrío sin darme cuenta.
Lanzo el balón contra la pared. Rebota hacia mí. Lo paro con el interior de los brazos. El eco resuena por todo el pabellón vacío.
Uno.
Dos.
Tres.
El sonido se repite, como un latido.
Me muevo un poco más rápido. Giro el cuerpo, intento un control más alto, algo que siempre me salía fácil.
Hago un mal gesto.
No sé si es el ángulo, la fuerza o simplemente la prisa. El balón viene demasiado alto, yo estiro el brazo por reflejo para equilibrarme, y en ese instante...
Un latigazo me recorre desde el hombro hasta la punta de los dedos.
El dolor estalla de golpe, seco, eléctrico. Se me corta el aire como si alguien me hubiera dado un golpe por dentro.
—Ah... —se me escapa.
El balón cae y rueda hasta detenerse, ajeno a todo.
Yo me quedo quieta, con la mano agarrándome el brazo, doblada sobre mí misma, respirando a trompicones. Siento cómo el pulso late justo donde más duele, como si el cuerpo me gritara que pare.
Cierro los ojos con fuerza.
Qué idiota, Livia. Es que no me podía estar quieta ni un minuto, ¿eh?