Rozando la perfección

Capítulo 27

Livia

Me despierto sin saber en qué momento he dejado de soñar.

Lo primero que noto es el calor.
No el de la habitación, sino el suyo.

Estoy apoyada contra su pecho desnudo, con la mejilla hundida justo donde su corazón late lento, profundo. Alex me rodea con un brazo por la espalda, su mano abierta descansando en mi costado, como si incluso dormido supiera exactamente dónde tocarme para que no me escape.

Su respiración sube y baja, regular.
Inhala.
Exhala.

Me quedo quieta, escuchándolo, como si ese sonido fuera algo frágil que podría romperse si me muevo demasiado. Mi piel se eriza sin que yo lo decida. No por frío. Por él.

Por nosotros.

Levanta un poco la cabeza y murmura, con la voz rota de sueño:

—Hi, sweetie..

Se me eriza la piel entera.
Como si esa sola palabra supiera atravesarme.

Alzo la mirada despacio y me encuentro con sus ojos medio cerrados, oscuros, todavía atrapados entre dormir y estar aquí conmigo.

—Hi —susurro, y mi voz suena más pequeña de lo que quiero.

Sonríe apenas, perezoso, y apoya la frente contra la mía.

—¿Qué hora es?

Estiro el brazo con cuidado para no romper el momento, cojo el móvil de la mesilla y miro la pantalla.

10:30 am.

Parpadeo.

—Alex... —murmuro—. Son las diez.

Él frunce el ceño, aún lento.

—¿Y?

Trago saliva.

—Que... teníamos clase a las nueve.

Se queda en silencio un segundo.

Y entonces se incorpora de golpe.

—¿QUÉ?

Yo me río, nerviosa, mientras me siento también.

—Nos hemos quedado dormidos.

Se pasa una mano por la cara y deja escapar una risa ahogada.

—Genial. Perfecto. Empezar el día saltándonos historia.

Me mira, incrédulo, y luego sonríe de lado.

—Pero contigo merece la pena.

El comentario me golpea más fuerte de lo que debería. Siento algo apretarse dentro de mí, una mezcla de calor y miedo. Porque me gusta. Demasiado.

—Ay, de verdad... —murmuro, negando con la cabeza.

Alex no responde. Solo se inclina un poco hacia mí, con esa mirada tranquila que me desarma sin tocarme. Se acerca despacio, como si me diera tiempo a huir... pero no quiero.

Sus labios rozan los míos en un beso corto, cálido, lleno de promesas.

Mi corazón se acelera.

Me separo primero, con una sonrisa torpe.

—Si seguimos así, vamos a llegar dos horas tarde —digo, aunque no me muevo todavía.

Él se ríe.

—Vale, vale...

Me levanto de un salto y salgo casi corriendo hacia mi habitación. Abro el armario sin pensar, cojo lo primero que veo: unos vaqueros negros y una sudadera gris. Me los pongo a toda prisa, me recojo el pelo en una coleta desordenada y vuelvo al pasillo.

Alex sale justo en ese momento de su cuarto, ya vestido, con la mochila colgada de un hombro.

Se queda mirándome un segundo.

—Oye... —dice—. Nunca te he dicho que las coletas te quedan increíbles.

Me llevo una mano al pelo, un poco roja.

—Y a ti te queda increíble esa sonrisa traviesa de niño feliz —le contesto.

Él suelta una carcajada.

Salimos juntos, bajando las escaleras casi corriendo. Yo voy nerviosa, mirando el móvil cada dos segundos. Alex, en cambio, camina tranquilo, como si llegar tarde no pudiera estropearle nada.

Llegamos a la puerta del aula casi sin aliento. Yo me paro en seco, respiro hondo y pico con los nudillos.

Toc, toc.

Desde dentro se hace un silencio incómodo. La puerta se abre y el profesor de historia nos mira por encima de las gafas, con esa cara de "ya sé exactamente lo que ha pasado y no quiero saberlo".

—¿Sí?

Trago saliva.
—Perdón... ¿podemos pasar?

Nos mira a los dos. A mí. A Alex. Suspira, largo, resignado.

—Entrad. Pero sentaos rápido, por favor.

—Gracias —decimos casi a la vez.

Entramos al aula intentando no hacer ruido, pero con treinta personas mirándonos es imposible pasar desapercibidos. Siento las miradas clavadas en la espalda mientras caminamos entre las mesas.

Alex se inclina un poco hacia mí, muy disimuladamente, y roza mi mano con la suya. Solo un segundo. Lo justo para que se me erice la piel entera.

—Luego te veo —susurra.

Se va hacia el fondo, donde está Ethan, y yo me dirijo al sitio de siempre, al lado de Evelyn. Me dejo caer en la silla, todavía con el corazón acelerado, saco la libreta, el estuche, intento parecer una persona responsable que no acaba de llegar tarde con su novio.

Dios, no me voy a acostumbrar nunca a esto.

El profesor continúa como si nada:
—Como estaba diciendo, la Revolución Industrial no fue solo un cambio económico, sino también social...

Evelyn se gira despacio hacia mí.

Me mira.

Sonríe.

Y abre mucho los ojos.

Cara de: Cuéntamelo todo

Yo niego con la cabeza muy despacio y le susurro:
—Luego.

Evelyn levanta las cejas.
—Más te vale.

Intento concentrarme en la explicación, pero no paro de sentir el cosquilleo en la mano donde Alex me ha tocado, y la sonrisa tonta no se me va de la cara.

Las siguientes clases pasan casi sin darme cuenta.

Después de historia tengo moda, y Alex se va a empresas. Intento concentrarme en patrones, telas y colores, pero mi cabeza va a otra velocidad. Cada dos por tres miro el móvil, esperando algún mensaje suyo, como si llevar media mañana siendo novios no fuera suficiente.

Luego otra clase más, y cuando por fin suena la campana del mediodía siento que me muero de hambre.

Voy a la cafetería con Leah y Zoey. El ruido nos recibe desde lejos: bandejas chocando, risas, voces, el olor a comida caliente mezclado con café. La típica locura de siempre.

Cojo una bandeja: pasta con salsa de tomate, una ensalada pequeña y un yogurt. Leah se pide algo con arroz y pollo, y Zoey una hamburguesa con patatas, como siempre.

Cuando levantamos la vista, los vemos en la mesa del fondo: Evelyn y Liam, sentados uno frente al otro, hablando de algo que parece súper serio pero con sonrisas.



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En el texto hay: universidad, amor-odio, proximidadforzada

Editado: 24.08.2026

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