Livia
Las últimas semanas han pasado como un suspiro.
Entre los exámenes finales, los trabajos que he ido entregando casi sin darme cuenta, los entrenamientos que todavía veo desde las gradas y las noches que, inevitablemente, acaban en la habitación de Alex, siento que alguien ha acelerado el tiempo justo cuando todo empezaba a encajar.
Justo cuando por fin era feliz.
Ahora estoy sentada en el suelo de mi habitación, con la bolsa de viaje abierta frente a mí. Voy metiendo ropa sin pensar demasiado: un par de jerséis que sé que ni siquiera voy a ponerme, el pijama viejo que siempre prometo dejar en casa y nunca dejo, un libro que lleva semanas esperando a que lo termine y que, siendo sincera, tampoco terminaré durante el vuelo.
Entonces cojo su sudadera.
La doblo con cuidado antes de guardarla.
Ni siquiera sé por qué lo hago.
Quizá porque todavía conserva su olor. Quizá porque quiero convencerme de que, si la llevo conmigo, él no va a sentirse tan lejos.
—¿Estás haciendo la maleta o preparándote para mudarte? —pregunta desde la puerta.
Levanto la cabeza.
Alex está apoyado en el marco, con los brazos cruzados y esa media sonrisa tranquila que, sin darme cuenta, se ha convertido en uno de los lugares donde más en casa me siento.
—Qué gracioso —murmuro, poniendo los ojos en blanco—. Solo llevo lo imprescindible.
Su mirada recorre el contenido de la bolsa antes de volver a mí.
—Claro. Tres jerséis, dos pares de zapatillas... y media habitación.
Se me escapa una sonrisa antes incluso de intentar contenerla.
—¿Vamos ya? —Pregunta entonces, más suave.
Asiento despacio.
—Sí... supongo.
Me levanto y él se acerca sin decir nada. Lo noto incluso antes de que esté frente a mí. Su presencia tiene ese efecto raro de hacerme sentir pequeña y segura al mismo tiempo.
—Sabes que te voy a echar mucho de menos, ¿no? —le digo, casi en un susurro.
Alex no responde al principio. Solo levanta una mano y me aparta un mechón de pelo de la cara con cuidado. Luego me da un beso en la frente, lento, como si quisiera memorizarme.
—Yo también —dice—. Voy a echar de menos que me robes la cama, que pongas la alarma cinco veces y que siempre me quites las sudaderas porque la señorita no quiere cojer un abrigo.
Me río, porque es exactamente yo.
—Oye, eso se llama compartir.
—No, eso se llama abuso emocional —contesta, serio... pero con una sonrisa traicionera.
Le empujo suavemente.
—Exagerado.
Me rodea con los brazos, apoyando la barbilla sobre mi cabeza.
—Y voy a echar de menos cómo frunces la nariz cuando te concentras —añade—. Y cómo hablas dormida.
Me separo un poco de él, mirándolo con los ojos entrecerrados.
—Yo no hablo mientras duermo.
Alex alza una ceja, divertido.
—Sí que lo haces.
—Ah, ¿sí? —Cruzo los brazos—. ¿Y qué digo, a ver?
Sonríe de lado, como si llevara esperando esta pregunta toda la vida.
—Que me quieres mucho.
Me quedo en silencio un segundo.
—Eso no cuenta —murmuro—. Eso lo digo despierta.
—Y que soy el mejor novio que has tenido en la vida.
Me llevo una mano al pecho, dramática.
—Bueno... eso sí.
Se ríe.
—¿Ves?
Niego con la cabeza, sonriendo sin poder evitarlo, y me acerco otra vez. Apoyo la frente en su pecho un instante, respirando hondo, como si quisiera guardarme ese momento en algún sitio donde no doliera.
—Te voy a echar mucho de menos —susurro.
Alex baja la cabeza hasta quedar a mi altura.
—Yo a ti también, sweetie.
Y entonces me besa.
No es un beso con prisa. No es uno de esos que roban el aire. Es lento, suave, lleno de todo lo que no estamos diciendo. De lo que se queda aquí. De lo que se va conmigo.
Como si los dos supiéramos que este beso no es un adiós.
Pero tampoco es solo un hasta luego.
El móvil vibra sobre la cama.
Miro la pantalla y el mensaje aparece como una bofetada suave pero inevitable.
"El taxi ha llegado."
Se me encoge algo en el pecho.
—Ya está... —murmuro.
Alex baja la mirada al móvil y luego me mira a mí, como si no le gustara nada esa frase.
—Te llevo yo —dice de inmediato—. Bajo ahora, cogemos mi coche y en veinte minutos estamos en el aeropuerto.
Niego con la cabeza antes incluso de que termine la frase.
—No, no —respondo—. Te espera tu familia para comer, ¿te acuerdas? Si me llevas no llegas ni de broma.
—Tampoco me perdería nada interesante —contesta, encogiéndose de hombros.
Le miro con una media sonrisa.
—Vamos, inténtalo. No puede ser tan horrible.
Hace una mueca rara, como si ya estuviera visualizando la escena.
—Confía en mí, sí puede.
Me acerco un poco más y le empujo con el hombro, suave.
—Hazlo. Ni que sea por mí.
Alex me mira entonces distinto. Más serio. Más real.
—Eso no cuenta.
Parpadeo.
—¿Por qué?
Se inclina un poco hacia mí, bajando la voz.
—Porque haría cualquier cosa por ti.
Y en ese momento, lo juro, siento que me voy a morir de amor por este puto chico.
Así. Sin drama. Sin metáforas. Me voy a morir y punto.
Se me escapa una risa nerviosa, mezclada con ganas de llorar, y le agarro la sudadera con los dedos.
—Eres... —respiro hondo—. Eres muy injusto conmigo, ¿lo sabes?
—Lo sé —responde—. Es uno de mis mayores talentos.
Me apoyo en su pecho un segundo más, escuchando su corazón, intentando grabarme el sonido, el olor, la forma exacta en la que me rodea.
Abajo hay un taxi esperando.
Y arriba, en esta habitación, está todo lo que no quiero dejar.
Me separo despacio de él, como si el cuerpo no terminara de aceptar que esto está pasando de verdad. Cojo la mochila de encima de la cama, la bolsa medio abierta, todo metido sin orden, como mi cabeza ahora mismo.