Livia
El avión aterriza con un temblor suave que me recorre todo el cuerpo. No es brusco, no es violento. Es como un aviso.
Ya está. Ya he vuelto.
La gente aplaude; alguien se levanta demasiado pronto; una azafata sonríe como si nada. Yo me quedo sentada unos segundos más, con el cinturón todavía puesto, mirando mis manos apoyadas sobre las piernas.
Me siento rara.
Como si hubiera vivido otra vida y ahora me tocara volver a esta.
Salgo del avión con la mochila colgada del hombro y el corazón lleno de cosas que no caben en ninguna maleta: Alex, el piso, las noches, las risas, su cama, su olor, su voz diciendo sweetie como si fuera algo sagrado.
El aeropuerto es ruidoso. Maletas rodando, pantallas parpadeando, gente corriendo, idiomas mezclados. Pero a la vez todo me resulta extrañamente familiar. Como una canción antigua que no sabía que todavía recordaba.
Camino hasta la cinta de equipaje casi sin pensar.
Mi bolsa tarda. Yo la espero mirando el móvil, nerviosa sin motivo.
Y entonces mi teléfono vibra.
Alex:
¿Ya has llegado?
Se me escapa una sonrisa automática. De esas que salen solas, sin permiso.
Yo:
Sí. Estoy esperando la bolsa.
Tres puntitos.
Siempre esos tres puntitos.
Alex:
Vale. Avísame cuando salgas. Y que sepas que estoy en el coche de camino a la comida con mis padres.
Sonrío, rodando los ojos.
Yo:
Ok. Me alegro... pero no mires el móvil mientras conduces, que vas a tener un puto accidente y voy a tener que volver antes de lo previsto a Boston.
Los tres puntitos aparecen casi al instante.
Alex:
¿Volverías?
Se me aprieta algo en el pecho.
Yo:
Pues claro que volvería, tonto.
Tarda dos segundos en responder.
Alex:
Entonces creo que tendré un accidente en unos minutos, así que creo que tendrías que coger un avión de vuelta.
Suelto una risa en mitad del aeropuerto.
Yo:
JAJAJA, mira la carretera por favor. No me seas imbécil.
Me manda un emoji de un beso.
Y yo me quedo mirándolo un segundo de más, con esa sonrisa estúpida que no se me quita ni queriendo.
Trago saliva. Porque incluso desde tan lejos consigue hacerme sentir acompañada.
Agarro la bolsa cuando por fin aparece, la bajo con torpeza y empiezo a caminar hacia la salida. Cada paso pesa un poco más. No por cansancio. Por todo lo que dejo atrás... y todo lo que recupero.
Empujo la puerta de cristal.
Y lo veo.
Rodrigo.
Está al fondo de la terminal, con una sudadera que reconozco perfectamente, el móvil en la mano, mirando a todos lados como un idiota nervioso.
Durante medio segundo me quedo quieta. Como si mi cerebro necesitara confirmar que es real.
Entonces él me ve.
Y empieza a correr.
—¡LIVIA!
El nombre me atraviesa el pecho. Suelto la bolsa sin pensar y me echo a correr también. No me importa la gente, ni las miradas, ni nada.
Nos chocamos en mitad del aeropuerto.
Literalmente.
Me rodea con los brazos tan fuerte que casi me levanta del suelo.
—Joder... —murmura, escondiendo la cara en mi pelo—. Estás aquí. Estás aquí de verdad.
—Estoy —respondo, con la voz rota—. He vuelto.
Noto cómo me aprieta más, como si tuviera miedo de que desaparezca.
—No sabes cuánto te he echado de menos, idiota...
—Tú tampoco.
Entonces escucho voces detrás.
—¡TÍA!
Alba aparece la primera, con los ojos brillantes y una sonrisa enorme.
—Mira cómo estás —dice—. ¡Pero si estás guapísima!
Briana viene detrás, con los brazos abiertos.
—Ven aquí, Erasmus girl.
Lena se suma al caos.
—Estás más alta, ¿o es cosa mía?
Nos abrazamos todas a la vez, mal, torpes, riendo, hablando a la vez, estorbándonos con las mochilas y los abrigos.
—No puedo creer que estés aquí —dice Alba—. Es como... irreal.
—Yo tampoco —susurro.
Mi móvil vibra otra vez en el bolsillo.
Sé quién es.
No lo saco.
Porque ahora mismo estoy rodeada de mis raíces. De las personas que me vieron antes de ser quien soy ahora. Antes de Alex. Antes de todo.
Miro a Rodrigo. A Alba. A Briana. A Lena.
Y de repente lo entiendo.
No he perdido nada.
Solo he aprendido a tener más de un lugar donde pertenecer.
Respiro hondo.
Sonrío.
Y por primera vez desde que me fui, siento que el pecho deja de doler.
Ya estoy en casa.