El ruido no venía de afuera.
Venía de adentro.
Un zumbido constante, agudo… como si alguien estuviera afinando una cuerda dentro de su cráneo.
El Sujeto 17 se llevó las manos a la cabeza, tambaleándose contra la pared metálica. La habitación era blanca, limpia… demasiado limpia. El tipo de lugar donde el dolor se estudiaba, no se evitaba.
—No… no otra vez… —susurró.
Pero ya era tarde.
El zumbido se transformó en algo más.
Una voz.
No clara. No humana. Pero estaba ahí.
La sentís… ¿no?
Sus ojos se abrieron de golpe.
—¿Quién está ahí?
Silencio.
Pero el aire… vibraba.
Las luces parpadearon.
Y entonces ocurrió.
El vidrio frente a él —blindado, reforzado, imposible de romper— empezó a temblar. Primero leve… luego con violencia.
Desde el otro lado, los técnicos gritaban.
—¡Está entrando en resonancia!
—¡Sujeto 17 fuera de control!
—¡Activen protocolo de contención!
Demasiado tarde.
El grito del Sujeto 17 no fue humano.
Fue… una descarga.
Invisible.
Brutal.
El vidrio explotó hacia afuera como si algo desde adentro del aire lo hubiera desgarrado. Los cuerpos salieron despedidos. Sangre. Metal. Alarmas.
Caos.
El Sujeto 17 cayó de rodillas, respirando agitado.
Pero ya no estaba solo.
La voz volvió.
Más clara.
Más cerca.
Ella despertó.
Su cuerpo se tensó.
—¿Quién…?
Una imagen cruzó su mente.
Una chica.
Ojos intensos. Energía contenida. Algo… diferente.
Algo imposible.
Rubí.
El Sujeto 17 empezó a reír.
Primero bajo. Luego completamente fuera de sí.
—La encontré… —murmuró, levantándose entre los restos—. La frecuencia… ya está activa.
Las alarmas seguían sonando.
Pero él ya no escuchaba nada.
Porque ahora sabía hacia dónde ir.
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Editado: 26.03.2026