El café estaba frío.
Rubí lo sabía… pero igual dio otro sorbo.
No sentía el sabor.
No sentía nada, en realidad.
—Te vas a enfermar si seguís así.
Levantó la vista.
Noah estaba frente a ella, apoyado contra la mesa de la cocina, cruzado de brazos. Ojeras marcadas. No había dormido bien.
Ella tampoco.
—Estoy bien —repitió, automática.
Él ni siquiera respondió esta vez.
Porque ya no era creíble.
El silencio entre los dos se volvió incómodo. Denso. Como si ambos estuvieran pensando lo mismo… pero ninguno quisiera decirlo en voz alta.
Rubí dejó la taza.
—Noah… —empezó, pero se detuvo.
¿Cómo explicarlo?
¿Cómo decirle que sentía a alguien… sin parecer completamente fuera de control?
Él se acercó un poco.
—Decime.
Rubí tragó saliva.
—Ayer… no fue solo lo de la lámpara.
Noah tensó la mandíbula.
—¿Qué más pasó?
Rubí dudó.
Pero esta vez no mintió.
—Vi algo.
Silencio.
—¿Un recuerdo? —preguntó él.
—No.
Lo miró directo a los ojos.
—No era mío.
Eso lo cambió todo.
Noah se quedó quieto.
—¿Cómo que no era tuyo?
Rubí se abrazó a sí misma, incómoda.
—Era… como si estuviera ahí. En otro lugar. Había sangre… gente corriendo… y alguien…
Se detuvo.
La imagen volvió, fugaz.
Un chico.
De rodillas.
Riendo.
—No estaba solo —susurró.
Noah pasó una mano por su cara, intentando procesarlo.
—Rubí, eso no tiene sentido…
—Lo sé.
—Entonces...
—Pero lo sentí.
La forma en que lo dijo… lo frenó.
No era duda.
Era certeza.
Y eso era peor.
Un golpe seco en la ventana los hizo sobresaltarse a ambos.
Rubí giró la cabeza.
Nada.
Solo el reflejo de ellos dos.
—¿Escuchaste eso? —preguntó.
—Sí…
Noah caminó hacia la ventana, corrió apenas la cortina.
La calle estaba vacía.
Normal.
Demasiado normal.
—No hay nadie.
Pero Rubí ya no estaba mirando la ventana.
Estaba… sintiendo.
El zumbido volvió.
Pero esta vez no dolía.
Esta vez…
Guiaba.
Se puso de pie lentamente.
—Rubí, ¿qué estás haciendo?
No respondió.
Avanzó hacia la puerta.
Cada paso… más seguro.
—Rubí —insistió Noah, siguiéndola—. ¿A dónde vas?
Ella abrió la puerta.
El aire frío le golpeó el rostro.
Y ahí estaba.
Esa sensación.
Más fuerte.
Más cerca.
—Está acá… —murmuró.
Noah se tensó.
—¿Quién?
Rubí no respondió.
Salió.
Noah dudó un segundo… pero fue detrás de ella.
La calle estaba casi vacía. Apenas un par de autos estacionados, una farola parpadeando a lo lejos.
Todo parecía… quieto.
Pero no lo estaba.
Rubí caminó unos metros… y se detuvo.
Su respiración se volvió más lenta.
Más profunda.
Como si estuviera… escuchando algo que nadie más podía.
Y entonces.
—Sabía que ibas a venir.
La voz hizo que Noah reaccionara al instante.
—¿Quién está ahí? —exigió, mirando alrededor.
Pero Rubí ya lo había encontrado.
Del otro lado de la calle.
Apoyado contra un poste de luz.
Un chico.
Más o menos de su edad.
Cabello oscuro. Ropa simple. Mirada… intensa.
Demasiado intensa.
Pero lo que realmente helaba la sangre…
Era la calma.
Como si nada de esto fuera extraño.
Como si la hubiera estado esperando.
Rubí dio un paso adelante.
—¿Quién sos?
El chico sonrió apenas.
—Eso no es lo importante.
Noah se puso delante de Rubí automáticamente.
—Sí lo es.
El chico lo miró… evaluándolo.
Pero su atención volvió a ella.
Siempre a ella.
—Lo sentiste, ¿no?
Rubí no respondió.
No hacía falta.
Él asintió, satisfecho.
—La resonancia.
El mundo pareció detenerse en esa palabra.
Noah frunció el ceño.
—¿De qué estás hablando?
El chico ignoró la pregunta.
Dio un paso hacia adelante.
—No estás perdiendo el control, Rubí.
Sus ojos brillaron levemente.
—Estás despertando.
El zumbido en la cabeza de Rubí se intensificó.
Pero ya no dolía.
Encajaba.
Como una pieza faltante.
—¿Quién sos? —repitió ella, más firme.
El chico la miró unos segundos.
Como si decidiera cuánto decir.
—Soy alguien como vos.
Silencio.
Pesado.
Irreal.
Y luego.
—Y no somos los únicos.
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Editado: 03.04.2026