Rubí : Resonancia Libro 2

Capitulo 6 : Refugio

El lugar no parecía gran cosa desde afuera.
Un galpón abandonado, oxidado, perdido entre calles olvidadas.
Pero adentro…
Era otra historia.
—¿Qué es este lugar? —preguntó Noah, dejando al chico sobre una camilla improvisada.
Luces tenues se encendieron automáticamente.
Equipos.
Pantallas.
Tecnología… oculta.
Rubí recorrió el espacio con la mirada.
—¿Esto es tuyo?
Adrián cerró la puerta detrás de ellos.
—Digamos que… lo encontré.
Noah soltó una risa seca.
—Claro. Porque todos encontramos laboratorios secretos tirados por ahí.
Adrián lo ignoró.
Se acercó al chico inconsciente.
—Tenemos poco tiempo.
Rubí se puso a su lado.
—¿Qué le pasa exactamente?
Adrián dudó.
Pero respondió.
—Está desfasado.
—¿Qué significa eso?
Adrián la miró.
—Que su mente y su cuerpo no están sincronizados con la frecuencia.
Rubí sintió un escalofrío.
—¿Como yo?
—No —negó él—. Vos sos lo opuesto.
Silencio.
—Vos sos el punto de equilibrio.
Las palabras quedaron flotando.
Pesadas.
Noah intervino.
—Ok, basta de hablar en código. Quiero respuestas claras.
Adrián se enderezó.
Lo miró.
—Génesis creó sujetos con habilidades… pero falló en algo.
—¿En qué?
—En el control.
Rubí apretó los puños.
—Por eso están inestables.
—Exacto.
Adrián señaló al chico.
—Él es el resultado de eso.
—¿Y yo? —preguntó Rubí.
Adrián la sostuvo con la mirada.
—Vos no fallaste.
Silencio.
—Vos funcionaste mejor de lo esperado.
Noah negó, frustrado.
—Eso no suena bien.
—No lo es.
Rubí tragó saliva.
—¿Qué puedo hacer?
Adrián dio un paso hacia ella.
—Sincronizar.
—¿Cómo?
Él dudó un segundo.
—Conectando.
Noah intervino de inmediato.
—Ni en pedo.
Rubí lo miró.
—Noah.
—No —repitió él—. No sabemos qué le puede hacer eso a tu cabeza.
Adrián habló, firme.
—Si no lo hace, él va a morir.
Silencio.
Rubí bajó la mirada hacia el chico.
Su respiración era irregular.
Su cuerpo… temblaba.
El zumbido volvió.
Débil.
Roto.
—Puedo sentirlo… —susurró.
Noah se acercó a ella.
—Rubí, pensalo bien.
Pero ella ya había decidido.
—¿Qué tengo que hacer?
Adrián no sonrió.
Esta vez no.
—Confía en lo que sentís.
Rubí respiró hondo.
Se sentó junto al chico.
Apoyó su mano sobre la de él.
Fría.
Inestable.
Cerró los ojos.
Y dejó que la resonancia fluya.
El mundo desapareció.
Oscuridad.
Y después.
Ruido.
Caos.
Dolor.
Demasiado.
Rubí jadeó.
Estaba… dentro.
Dentro de su mente.
El chico gritaba.
Perdido.
Roto.
Energía descontrolada en todas direcciones.
—Tranquilo… —susurró ella—. Estoy acá.
Pero él no escuchaba.
—¡CALLALO! —gritó—. ¡HACÉ QUE PARE!
Rubí sintió el impacto.
No era solo energía.
Era desesperación.
Y entonces recordó.
El pulso.
La armonía.
Respiró.
Y lo intentó.
Dejó que su frecuencia lo envolviera.
Suavemente.
Sin forzar.
El caos empezó a bajar.
Lentamente.
Muy lento.
—Eso es… —murmuró.
El chico la miró.
Confundido.
—¿Quién… sos?
—No estás solo.
Silencio.
Por un segundo…
Todo se alineó.
Perfecto.
Y entonces.
Algo cambió.
El ambiente se volvió… más frío.
Más oscuro.
Rubí lo sintió.
Antes de verlo.
—No…
Una presencia.
Otra.
Dentro de él.
Observando.
Esperando.
—Te encontré.
La voz no era del chico.
Rubí se tensó.
—No…
—Interesante conexión…
Vega.
El pánico la atravesó.
—Salí de acá.
Pero era tarde.
—Ahora entiendo…
El entorno empezó a colapsar.
—No solo los sincronizás…
El pulso se volvió inestable.
Violento.
—Los conectás a todos.
Rubí intentó soltarse.
Pero algo la retenía.
—Noah… —susurró, desde fuera—. ¡NOAH!
En el mundo real.
Su cuerpo empezó a convulsionar.
—¡Rubí! —gritó Noah, corriendo hacia ella.
Adrián reaccionó.
—Está demasiado profundo.
—¡Sacala!
—No puedo si no corta ella.
—¡Entonces hacé algo!
Rubí gritó.
Un grito que no era solo físico.
Era mental.
La energía explotó.
Pantallas reventaron.
Luces estallaron.
El refugio tembló.
—¡RUBÍ! —Noah la sostuvo.
Y entonces.
Silencio.
Total.
Rubí abrió los ojos de golpe.
Respirando agitada.
Empapada en sudor.
—Él… —susurró—. Él estaba ahí…
Adrián ya lo sabía.
—Vega.
Rubí lo miró, aterrada.
—Nos puede ver…
Silencio.
Nadie lo negó.
Y entonces.
Una risa baja.
Desde la camilla.
Los tres giraron.
El chico estaba despierto.
Pero sus ojos…
No eran los mismos.
Sonrió.
Lentamente.
—Ahora todos están conectados…
El aire vibró.
Oscuro.
Inestable.
—Y él ya sabe dónde estamos.




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