Narra Ilian.
Recuerdo como si fuera ayer la noche en que conocí a Elina, ese hermoso momento en que mis ojos la vieron.
Aquella noche no me sentía bien, me encontraba abrumado por los recuerdos del accidente y por lo de mi padre, antes de salir de casa sabía que llovería, así que había tomado mi paraguas. Aquel paraguas que era tan preciado para mi pues me lo había regalado mi padre.
Caminaba por el puente sobre el lago de la ciudad, que fue el lugar donde tuve aquel accidente hace casi tres años, cuando la vi a lo lejos debajo de la lluvia. Las calles estaban vacías por la fuerte lluvia que caía, pero ella estaba ahí, como si eso no le importara. Estaba de espaldas, llevaba su cabello recogido en un moño y estaba cabizbaja.
Me acerque hasta quedar detrás de ella. En el instante en que ella se dio cuenta levanto su mirada y luego se dio la vuelta, haciendo que por fin pudiera apreciar su rostro. Me quedé frisado por segundos al ver sus ojos, a pesar de la oscuridad de la noche, con la poca iluminación de las lámparas que había pude ver el color de sus ojos, eran verdes. Brillaban aun en la oscuridad, y su mirada transmitía… tristeza, era como si pudieran revelarme como se sentía. Fruncí el ceño al sentir como de repente mi corazón empezó a latir por los nervios y es que…, su rostro era tan hermoso.
—¿Andas en un busca de un resfriado? No deberías de estar aquí así…, ven —dije intentando reaccionar ante la situación.
La tomé del brazo y caminé junto a ella hasta llegar a un lugar que nos cubriera de la fuerte lluvia, pero a pesar de eso permanecí con el paraguas abierto, sosteniéndolo sobre mi cabeza, apretándolo con fuerzas a causa de los nervios.
En aquel momento quise quedarme con ella y platicar, más de las pocas palabras que habíamos pasado en ese instante, pero al ver la hora en mi reloj vi cuan tarde era y sabía que si no llegaba a casa dentro de menos de una hora haría que mi madre se preocupara más y durante estos tres años ya ha estado más que preocupada por mí, a pesar de repetirle tantas veces que estaba bien, pero ella aun así no dejaba de hacerlo. Y es que, ella realmente sabia lo afectado que aún me encontraba a pesar de que habían pasado casi tres años.
Pero a pesar de que no me quería ir y dejarla sola, tuve que hacerlo. Durante todo el camino de regreso a casa me la había pasado recriminándome por haberla dejado sola.
Esa noche no pude dormir, no paraba de dar vueltas en la cama intentando conciliar el sueño, pero no podía por que el rostro de aquella chica se había quedado grabado en mi memoria. ¿Qué le estaría pasando para estar así? ¿estaría mejor ahora? Cada que intentaba cerrar mis ojos, los suyos aparecían ante mí, haciendo que mi corazón latiera de una manera inexplicable para mí. Nunca había sentido esa sensación que me había embargado tras conocer aquella chica.
…
Pareciera como si fuera obra del destino cuando al día siguiente la volví a ver, volví a encontrar la hermosa chica de mirada triste. Volví a encontrarme con ella, pero aquel instante también duro poco y una vez más ambos tomamos caminos separados.
Y luego fue nuestro tercer encuentro, haciendo que sintiera que era parte del destino escrito por Dios para mí, que aquella chica apareciera ante mí. Desde aquel momento sabía que debía de encontrar la manera posible de no dejarla ir, de volverme a encontrar con ella una y otra vez, es por eso que había decidido invitarla a una excursión que iría al día siguiente, y al ver que la chica respondió con una afirmación sentí como si me hubiera ganado el cielo.
…
Desde aquel momento seguíamos viéndonos casi todos los días en la universidad, en nuestros tiempos libres, haciendo que cada día que pasara nos volviéramos más cercanos. Sabía que Elina guardaba cosas en su corazón que no la hacían caminar con confianza en su vida y eso generaba un sentimiento de pesar en mí, es por eso que me encantaba poder hacerla sonreír y estar a su lado.
La verdad, no sé qué me pasaba desde que la conocí, pero desde ese momento su cercanía me hacía sentir tan en paz, ella se sentía como una luz en mi vida, me hacía sentir tranquilo, confiado. Me escuchaba hablar de aquello que era mi pasión, la arqueología y sonreí cuando hablaba de ello, haciendo que estar a su lado y hablar con ella se convirtiera en mi tiempo favorito en mis días.
Apreciaba contemplarla, observarla con cuidado mientras estaba distraída o caía absorta en sus pensamientos. Disfrutaba que ella me escuchara hablar y sonriera ante mis palabras, apreciaba sus profundos ojos verdes, y las pecas en su rostro, que cada que estaba cerca de ella tenía tantas ganas de pasar mis manos por su rostro para acariciarlas. Apreciaba que no se retenía a decir las cosas, solo las soltaba sin tener pena, apreciaba que siempre estuviera arreglando mi cabello, ¡cielos, cuanto amaba cuando lo hacía! Era algo que yo también quería poder hacer, pero mi liora siempre llevaba su hermoso cabello en un perfecto moño recogido, impidiendo que ningún mechón saliera.
Mi liora. Una palabra hebrea que significa luz, y que desde aquel viaje se convirtió en el nombre secreto de Elina, porque ella era mi luz.
Y es que, a pesar del poco tiempo que llevaba conociéndola sabía que ella era especial, es de esas personas que no necesitas de años de amistad para conectar con ellas, sino que podía existir una conexión de almas al instante, como si dentro de ambas vidas estaba escrito que debían encontrarse.
Hubo una vez en la que se desapareció por una semana completa haciéndome volver casi loco, no me contestaba las llamadas, no iba a la universidad y me lamentaba por no saber aún donde vivía, pero Elina era tan reservada cuando se trataba de eso y también sobre su familia, aunque intentaba indagar, siempre terminaba desviando la conversación.
Aquella vez quiso que no volviéramos hablar nunca más. Pero yo no me alejaría así de fácil de ella, claro que no, yo no podía alejarme de ella cuando empezaba conocerla y con cada día que pasaba quería estar más cerca, quería conocerla y que ella supiera que estaría ahí para ella.