Run: La Luna De Los Alfas

PRÓLOGO

«Cuando el poder del amor venza al amor por el poder, el mundo conocerá la paz».

Una suave brisa me acaricia las mejillas, disipando cualquier rastro de cansancio. El aire huele a primavera pura; una mezcla embriagadora de lirios y rosas inunda mis fosas nasales, mientras el resplandor de un sol cálido me entibia los párpados, obligándome a mantener los ojos cerrados. Siento el delicado cosquilleo de los pétalos de las flores rozando las palmas de mis manos. El campo abierto donde me encuentro se extiende ante mí como un auténtico paraíso terrenal.

De pronto, el crujido de unos pasos a mis espaldas acaba con la calma del lugar y me logra sacar de mis pensamientos.

Abro los ojos despacio y me doy la vuelta, dejando que una sonrisa involuntaria se dibuje en mi rostro. El día es tan radiante, tan cegador, que la silueta frente a mí se desibuja entre destellos dorados, impidiéndome definir sus facciones. Sin embargo, por alguna extraña razón que desconozco, mi alma se altera con gran emoción al verlo. Siento una paz que no recordaba que existiera antes.

-Es hora -pronuncia.

Intento alzar la cabeza para detallarlo, pero su voz, aunque extrañamente familiar y reconfortante, me hace arrugar el entrecejo en un esfuerzo por encontrarle forma a su imagen.

-¿Para qué? -pregunto con genuina curiosidad.

Una exhalación suave y ronca escapa de su garganta, provocando que se me erice la piel de los brazos. Es un sonido adictivo. El desconocido me dedica una hermosa sonrisa que resplandece entre la luz del mediodía y agacha la cabeza con timidez; gracias a la sombra que proyecta ese gesto, logro vislumbrar una melena negra, lacia y brillante.

-Para cumplir mi promesa, corazón -murmura, y la delicadeza de sus palabras hace que un calor dulce me pinte las mejillas.

-¿Qué promesa? -inquiero, sintiendo una emoción desbocada brotar desde lo más profundo de mi pecho, sin comprender el motivo de tanta felicidad.

Él acorta la distancia entre nosotros dando un par de pasos firmes hacia el frente. Su rostro sigue siendo un enigma borroso, pero cuando su mano sube a mi mejilla para acariciarla con infinita ternura, mi pulso se dispara y mi corazón galopa con una fuerza descomunal. Es un contacto que me quema, que me reclama de una forma tan pura que me desarma.

-Es hora de irnos, mi cielo -añade.

Pero entonces, su voz (esa vibración gruesa y protectora que me hacía sentir a salvo) comienza a distorsionarse, volviéndose metálica, lejana.

Todo a mi alrededor empieza a desmoronarse.

Las flores del campo se marchitan en un pestañeo, tiñéndose de un gris cenizo, y el cielo azul se cubre de nubes negras tan de repente que el pánico me invade de golpe, borrando mi sonrisa. Un frío glacial me recorre la espina dorsal, llenándome de escalofríos. Miro a mi alrededor desesperada: las mariposas han desaparecido y el prado florido se ha transformado en un páramo árido, cubierto de mala hierba y barro. Lo peor no es la tierra estéril; lo que decora el paisaje, hasta donde alcanza la vista, son cientos de cadáveres amontonados.

Un grito ahogado se me queda atorado en la garganta. Contengo las náuseas cuando el hedor a putrefacción y muerte golpea mis sentidos con la fuerza de un mazo. Giro sobre mis talones para buscar al chico de cabello oscuro, pero ya no está. Se ha esfumado de mi realidad como si nunca hubiera existido, dejándome completamente sola en mitad de un escenario tétrico, inundado de sangre y desolación.

Mi corazón se detiene súbitamente en el instante en que siento una mano fría y pesada apretarse alrededor de mi hombro.

Trago saliva con dificultad. Con el pulso martilleando con frenesí en mis oídos, me obligo a dar la vuelta muy despacio.

Frente a mí, mostrándome una sonrisa sádica que me hiela la sangre, se alza Vega. Mi Alfa. Mi verdugo.

-Vuelve a mí... -su áspera voz me roba el último aliento de los pulmones-. Eres mía, mi Luna...

Sus palabras no son una súplica; son una orden amenazante que se clava en mis sienes. Siento las palmas de las manos empapadas de sudor frío y mi respiración se corta, atrapada en una agonía sofocante que amenaza con asfixiarme. El monstruo estira sus dedos hacia mi cuello...

Y entonces, cuándo estaba a punto de morir del terror; despierto de golpe




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