RUNNERS
Episodio 2
I. Los Siete Segundos
(Interior del portal — Tiempo no medible)
El dial giró.
Y el universo respondió con algo que no era sonido ni luz ni fuerza: era la ausencia simultánea de las tres cosas. Un colapso total de referencia. El Domo del Rugido del Trueno y Relámpago dejó de existir como concepto antes de dejar de existir como lugar, y los doce corredores y el profesor Zenko Yavir fueron arrancados de la realidad que los había formado con la misma indiferencia con que una corriente arranca una hoja del suelo.
No hubo grito. No hubo tiempo para el grito.
Solo la oscuridad.
No la oscuridad que se experimenta al cerrar los ojos, donde todavía persiste la calidez del párpado y el sonido del propio pulso y la certeza de que el cuerpo sigue siendo una frontera confiable entre el adentro y el afuera. Esta oscuridad era otra categoría de cosa. Era la oscuridad de un espacio donde la luz nunca había existido porque las leyes que la producen aún no habían sido escritas. Una oscuridad con textura propia, con un peso que no era gravitacional sino existencial, y que se metía dentro de los pulmones y encontraba que no había nada allí para resistirla.
Porque no había aire.
Eso fue lo primero que el cuerpo de cada uno de los doce procesó antes que cualquier otra información: el aire se había ido. No enrarecido, no reducido, no contaminado. Ido. El espacio interior del portal no contenía atmósfera de ningún tipo, y los sistemas biológicos de personas criadas en la pureza etérea de Letsa, acostumbrados a respirar el aire más limpio que existía en el universo conocido, encontraron ese vacío con la violencia específica de algo para lo que ningún entrenamiento los había preparado.
Los pulmones intentaron expandirse. No encontraron nada.
El corazón aceleró en respuesta. La sangre empezó a reclamar el oxígeno que no llegaba.
Y entonces llegaron las corrientes.
No eran corrientes de aire —no había aire— sino corrientes de algo que no tenía nombre en el léxico de Letsa porque Letsa nunca había necesitado nombrarlo: flujos de energía dimensional cruda, las mismas fuerzas que mantenían el tejido del espacio-tiempo cosido, ahora desatadas y circulando a través de la herida abierta por el dispositivo de Kayru. Se movían en todas las direcciones a la vez, sin arriba ni abajo ni frente, y al pasar a través de los cuerpos de los corredores generaban un dolor que tampoco tenía nombre.
No era el dolor limpio de un golpe o una caída, que tiene origen y dirección y duración predecible. Era un dolor que entraba por los huesos y salía por la piel, que vibraba en las articulaciones como si cada una de ellas fuera una nota tocada demasiado fuerte en un instrumento que no estaba construido para esa frecuencia. Las corrientes más fuertes —las que portaban mayor carga dimensional— producían la sensación de ser torcido desde adentro, como si el cuerpo recordara vagamente que en otra fracción de segundo podría haber existido en una forma ligeramente distinta, y esa posibilidad le dolía.
Siete segundos.
Eso fue todo lo que duró el interior del portal para cualquiera de ellos. Siete segundos que en la realidad tridimensional exterior serían tiempos completamente distintos según el flujo en que cada grupo quedara atrapado, pero que desde adentro se sintieron como siete segundos de oscuridad absoluta, de asfixia, de dolor sin dirección y sin nombre.
Siete segundos en los que nadie podía ver nada. En los que nadie podía escuchar nada. En los que la única información disponible sobre la existencia propia y la existencia de los demás era el contacto físico directo.
Zenko lo entendió en el segundo dos.
Sus manos no habían soltado a Liah. Cuando el abismo se contrajo en el Domo, sus dedos habían cerrado alrededor de la muñeca de la niña con una fuerza que no era consciente sino anterior a la conciencia, el reflejo de un profesor que durante treinta años había repetido que su único trabajo era mantener a sus alumnos enteros. En la oscuridad total del portal, esa muñeca era el único punto fijo del universo. La presión de los dedos de Liah apretando de vuelta le confirmó que ella todavía estaba ahí, que todavía estaba viva, que el dolor de las corrientes no la había deshecho.
Lo que Zenko no podía saber, en la oscuridad, era que alguien más también tenía a Liah.
Tayen lo había sentido en el primer segundo. La mano de su hermana, su mano específica con su textura específica y el pequeño hueso saliente en el dorso que él conocía desde que tenían tres años, encontró la suya en la oscuridad con la precisión de algo que no necesita ojos. Los gemelos de Letsa crecían con una sincronía que los médicos del Consejo documentaban con fascinación y nunca terminaban de explicar completamente. Tayen apretó. Liah apretó de vuelta.
Por dos segundos, los tres formaron una cadena en la oscuridad: Zenko, Liah, Tayen.
Luego llegó la corriente más grande.
No fue gradual. Fue una ola de fuerza dimensional que barrió el interior del portal con la violencia de algo que no reconoce los cuerpos como objetos que merezcan consideración, porque en las dimensiones donde esa fuerza existía, los cuerpos no eran una categoría relevante. La ola golpeó a los tres al mismo tiempo, pero los golpeó desde ángulos distintos, y el resultado fue que los torció en direcciones distintas, y las manos de Tayen, que sostenían la muñeca de Liah con toda la fuerza que sus músculos podían generar en ausencia de aire y con el sistema nervioso incendiado por el dolor de las corrientes, cedieron.
Un milímetro. Luego dos. La física dimensional no negocia.
La mano de Liah se deslizó entre los dedos de Tayen.
Y la oscuridad se los separó.
En ese mismo instante —o en lo que el portal percibía como ese mismo instante, que en términos de tiempo exterior podía ser cualquier cosa— el brazo derecho de Kayru Neran comenzó a cambiar.
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Editado: 06.07.2026