Runners: Paraiso e Infierno

Carne y Estática — Parte 2 de 2

RUNNERS

Episodio 6: Carne y Estática — Parte 2 de 2

V. La Infección

(Queens — Techo industrial, 01:11 AM)

No fue gradual.

No hubo señales previas, no hubo el tipo de dolor que avisa antes de llegar para darle al cuerpo tiempo de prepararse. El antebrazo derecho de Kayru simplemente dejó de ser lo que había sido durante toda su vida —un brazo, con su hueso y su músculo y su piel y su temperatura normal— y se convirtió en otra cosa durante dos segundos exactos.

Translúcido.

No completamente. No de la manera en que el vidrio es translúcido, donde puedes ver a través pero el material sigue siendo claramente material. Era una translucidez dimensional: el antebrazo estaba ahí y al mismo tiempo no estaba del todo, como si la realidad tuviera dudas sobre si ese fragmento de cuerpo pertenecía a este universo o a otro, y en esas dos segundas de duda hubiera decidido mostrar ambas opciones simultáneamente.

A través de la piel translúcida, visible como algo que no debería ser visible, el Acelerador Cuántico no era ya un dispositivo externo fijado al brazo. Era algo que crecía desde adentro. Los filamentos que en Letsa habían sido conexiones de superficie, interfaces de control táctil que podían quitarse y ajustarse, se habían hundido. No metafóricamente. Literalmente. El metal del dispositivo había encontrado en el tejido de Kayru una frecuencia compatible y había empezado a dialogar con él en el único idioma que la energía dimensional conoce: la fusión.

La estática llegó después. No eléctrica: dimensional. Un ruido que no existía en el espectro audible pero que los nervios del brazo reportaban como si fuera sonido, como si cada terminación nerviosa del antebrazo estuviera intentando describir una experiencia para la que el sistema nervioso humano no tiene categoría porque nunca había necesitado tenerla.

Y luego el frío.

No el frío de la temperatura. El frío de la ausencia de materia coherente: el frío de un espacio donde la realidad tridimensional es más delgada de lo que debería ser y el vacío dimensional del portal se filtra a través de la grieta que el dispositivo sigue manteniendo abierta, microscópicamente, en la biología del hombre que lo activó.

Kayru gritó.

No pudo evitarlo. No fue una decisión. El dolor que llegó con el frío era el dolor de las corrientes del portal, ese dolor sin nombre que entraba por los huesos y salía por la piel, pero concentrado ahora en un solo punto de su cuerpo y multiplicado por la intimidad de esa concentración: no era el dolor de ser atravesado por algo externo. Era el dolor de algo que ya estaba adentro y estaba aprendiendo a quedarse.

Los dos segundos terminaron.

El brazo recuperó su opacidad normal. La piel volvió a ser piel. La estática se apagó. El frío retrocedió pero no desapareció: se instaló como una capa de fondo en el antebrazo, algo permanente y quieto que Kayru sabía, con la certeza de quien acaba de aprender algo que no puede desaprenderse, que iba a seguir ahí.

Sarel lo miraba.

Habían llegado al techo del edificio industrial en el momento en que el glitch ocurrió, y ella lo había visto todo: la translucidez, la estática, el frío irradiando hacia afuera en una ola que había hecho escarcha en el metal de la escalera de incendios a su alrededor. Lo había visto con los ojos de alguien que procesa lo que ve antes de reaccionar a lo que siente, la eficiencia de Sarel funcionando incluso cuando sus pulmones seguían ardiendo y el ruido de Queens seguía golpeándola desde todos los ángulos.

—¿Qué fue eso? —preguntó. No en pánico. En el tono exacto de alguien que necesita información antes de poder construir cualquier respuesta útil.

Kayru miró el brazo. Lo cubrió con la mano izquierda por instinto. Luego intentó lo que parte de él ya sabía que no iba a funcionar: tiró del Acelerador Cuántico. No con toda su fuerza —tenía miedo de lo que pasaría si usaba toda su fuerza— sino con la suficiente para confirmar lo que el glitch ya le había mostrado.

El dispositivo no cedió.

No como cuando algo está bien fijado y necesita más fuerza para soltarse. Cedió como lo que era: algo que ya no tenía un afuera y un adentro claros, algo cuyos bordes se habían disuelto en los bordes del hueso y el tejido que lo rodeaban.

—No puedo sacármelo —dijo Kayru.

Sarel no respondió de inmediato. Procesó. Luego:

—¿Desde cuándo?

—Desde el portal. Sentí calor en el brazo durante los siete segundos. No entendí qué era.

—¿Y ahora?

Kayru buscó las palabras correctas. No las encontró en el léxico de Letsa porque Letsa no había necesitado producirlas.

—Se está fusionando —dijo finalmente—. Con el hueso. Con el tejido. No sé hasta dónde ha llegado. No sé a qué velocidad avanza. No sé si se detiene solo.

El silencio entre los dos duró exactamente lo que necesitó durar.

Abajo, en el callejón, los agentes de E.D.I.S. cargaban algo pesado hacia una de las camionetas. Kayru no miró. Sarel tampoco. Los dos sabían lo que era.

—El dispositivo abrió la herida —dijo Sarel, no para Kayru sino para la lógica que estaba construyendo en tiempo real—. La herida lo está consumiendo como respuesta. Y tú eres el conductor.

—Sí.

—¿Puedes controlarlo?

Una pausa.

—No lo sé todavía.

Sarel asintió una sola vez. Luego tosió, se dobló ligeramente, y cuando se incorporó tenía en la cara la expresión específica de alguien que ha decidido que el miedo va a tener que esperar porque hay cosas más urgentes que atender.

—Entonces aprendemos a controlarlo —dijo—. Pero primero necesitamos salir de este techo.

VI. La Huida Torpe

(Queens — Techos industriales, 01:14 AM)

Corrieron.

No como lo que eran. Como la versión desorientada, asfixiada y gravitacionalmente confundida de lo que eran: dos cuerpos de otro planeta aprendiendo en tiempo real que tener más fuerza que este mundo no sirve de nada si no sabes cuánta aplicar.




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