Runners: Paraiso e Infierno

Cuatro Contra el Mapa — Parte 1 de 2

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Episodio 7: Cuatro Contra el Mapa — Parte 1 de 2

I. Lo Que Queda

(Queens — Depósito industrial abandonado, Día 3)

El depósito olía a aceite viejo y a algo orgánico que ninguno de los dos había logrado identificar en tres días de intentarlo.

Sarel Myrae lo había intentado con método, que era su forma de intentar cualquier cosa: había catalogado los olores por capas, separando el aceite mineral del óxido de las vigas, el óxido de la humedad filtrada por el techo, la humedad de ese fondo constante e indefinible que su sistema olfativo no tenía categoría para clasificar porque en Letsa ninguna superficie interior olía así. En Letsa las superficies biosintéticas no acumulaban décadas de uso sin mantenimiento. No recordaban todo lo que habían contenido.

Aquí todo recordaba todo.

Había llegado a la conclusión de que el olor de fondo era tiempo. Tiempo acumulado en capas sobre el metal y el concreto sin que nadie se molestara en borrarlo porque en este mundo el tiempo no era algo que se gestionara sino algo que simplemente ocurría sobre las cosas hasta que las volvía irreconocibles.

Lo había anotado en el margen de uno de los mapas que la Orden les había dejado junto con las instrucciones básicas de supervivencia: agua embotellada en el armario del fondo, no encender luces visibles desde el exterior, no acercarse a las ventanas durante el día.

Kayru llevaba dos horas mirando el techo.

No dormido. No pensando en nada concreto, o eso parecía desde afuera. Sarel lo conocía suficientemente bien para saber que el silencio de Kayru no era vacío: era presión contenida, el equivalente mental de una olla cerrada sobre fuego constante. Lo había visto así antes, en los días previos al Festival, cuando la presión del Consejo y la sombra de Elion se le acumulaban encima y él elegía el silencio porque el silencio era lo único que no podía ser usado en su contra.

La diferencia era que antes de esos silencios siempre venía alguien a romperlos. Sarel. Zenko. La carrera misma.

Ahora no venía nadie.

El brazo derecho de Kayru pulsó.

Sarel lo vio desde el otro lado del depósito aunque no lo estaba mirando directamente: lo vio en el reflejo del panel de metal oxidado que usaba como superficie de trabajo, esa translucidez de dos segundos que ya reconocía como se reconoce el patrón de algo que ocurre con suficiente frecuencia para volverse familiar. El frío llegó después, perceptible incluso a cuatro metros de distancia, esa ausencia de temperatura que no era frío sino la sensación de que el aire en ese radio había dejado de estar completamente en este universo por un momento.

Kayru bajó el brazo. Lo cubrió con la manga.

—¿Cuántas veces hoy? —preguntó Sarel, sin levantar los ojos del mapa.

Una pausa.

—Cinco.

Ayer habían sido tres. Antes de ayer, dos.

Sarel anotó el número en el margen del mapa, junto al olor del tiempo, con la misma neutralidad con que anotaba cualquier dato. Luego siguió estudiando las rutas de patrullaje de E.D.I.S. que había marcado en las últimas cuarenta y ocho horas de observación desde las grietas del techo.

Había un patrón. Lo estaba construyendo con fragmentos: el horario aproximado de las furgonetas, los sectores donde la cobertura se solapaba y los sectores donde había huecos, la diferencia entre los turnos diurnos —más visibles, más ruidosos— y los nocturnos —menos unidades pero con equipamiento de detección más sofisticado. E.D.I.S. no buscaba al azar. Buscaba con una metodología que asumía que sus objetivos tenían capacidad limitada de movimiento y que el tiempo trabajaba a favor de la búsqueda.

El tiempo sí trabajaba a favor de la búsqueda.

Los pulmones de Sarel lo confirmaban cada mañana al despertar: el proceso de adaptación al aire de Queens era real pero lento, y cada noche que dormían en ese depósito con la ventilación mínima necesaria para no ser detectados, el aire acumulado se volvía ligeramente más denso, ligeramente más usado, ligeramente más parecido al tipo de atmósfera que su biología seguía procesando como una agresión de baja intensidad pero continua. No era el ardor agudo de los primeros días. Era algo más crónico. Una fatiga de fondo que se instalaba en los pulmones como sedimento y que hacía que cualquier esfuerzo físico costara un porcentaje adicional que no costaba hace tres días.

Necesitaban moverse.

El problema era hacia dónde.

El mapa de Queens que la Orden les había dejado era papel. Impreso en papel, con marcas en tinta, sin ninguna interfaz digital ni sistema de actualización en tiempo real. Sarel había tardado casi un día entero en aprender a leerlo con fluidez, no porque fuera complicado sino porque su cerebro seguía buscando las capas de datos que una interfaz de Letsa habría superpuesto automáticamente sobre cualquier representación cartográfica. Profundidad topográfica. Flujos de energía. Densidad poblacional en tiempo real.

Este mapa tenía calles. Nombres de calles. Y las marcas que ella había añadido a mano.

Era, pensó, como intentar navegar con la mitad del sistema nervioso anestesiado.

Había identificado tres rutas posibles hacia el punto de la red de la Orden donde Tayen y Kiran estaban ubicados. La primera era la más directa pero cruzaba dos sectores de cobertura solapada de E.D.I.S. La segunda era más larga y pasaba por una zona de tráfico industrial que durante el día ofrecía cobertura natural entre los camiones y los trabajadores, pero que de noche quedaba completamente despejada y los dejaba expuestos. La tercera iba por debajo: túneles de servicios que el mapa marcaba como existentes pero sobre los que no tenía información de estado actual.

Ninguna era buena.

La tercera era la menos mala.

—Kayru —dijo Sarel.

Él giró la cabeza desde el techo.

—Necesito que me digas honestamente cuánta distancia puedes cubrir antes de que el brazo interfiera con la coordinación.




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