Runners: Paraiso e Infierno

Bestias de Asfalto — Parte 2 de 2

RUNNERS

Episodio 10: Bestias de Asfalto — Parte 2 de 2

III. El Cerco se Mueve

(Queens / Manhattan — Día 5, 17:40)

E.D.I.S. cambió el patrón.

Sarel lo detectó primero, desde el punto de observación que había establecido en el tercer piso del edificio donde la Orden los había reubicado después de la evacuación: una ventana con visión hacia la calle principal y hacia el cruce al norte, suficiente para leer el movimiento vehicular del sector con la precisión que cinco días de observación sistemática le habían dado.

Las furgonetas no estaban donde deberían estar a las cinco y cuarenta de la tarde.

No habían desaparecido. Estaban más cerca. El radio de patrullaje que durante cuatro días había mantenido un perímetro de ocho bloques se había comprimido a cinco. No de golpe: gradualmente, en incrementos que cualquier observador casual no habría notado pero que el mapa que Sarel llevaba actualizado cada doce horas mostraba con claridad geométrica.

Sabían algo.

No dónde estaban exactamente. Pero sí que el rango de probabilidad de su ubicación se había reducido. Quizás por la actividad de la antena la noche anterior. Quizás por alguna lectura de energía residual del glitch que los equipos de E.D.I.S. habían mejorado después de las primeras noches. Quizás por algo que ninguno de los cuatro había notado que estaban haciendo.

Bajó las escaleras a paso rápido.

—Tenemos que movernos —dijo, entrando a la sala donde los otros tres estaban trabajando—. El perímetro se cerró tres bloques desde anoche.

Tayen levantó la vista del sistema de la Orden que estaba usando para procesar los datos de la noche anterior.

—¿Cuándo?

—Progresivamente desde las dos de la mañana, según lo que puedo reconstruir. El cambio más reciente fue hace menos de una hora.

—¿Dirección del cierre?

—Desde el norte y el este simultáneamente. Nos están comprimiendo hacia el sur y el oeste.

Kiran, desde su rincón, ya tenía la palma en el suelo.

—Hay tres vehículos en movimiento a menos de cuatro bloques. —Una pausa—. Uno se detuvo.

—¿Dónde?

—Al norte. Esquina con la avenida principal. —Kiran levantó la vista—. El motor no se apagó.

Un vehículo detenido con el motor encendido en la esquina norte era un vehículo esperando que algo saliera por esa dirección. Lo que significaba que alguien había decidido que esa dirección era la más probable de las salidas disponibles.

Lo que significaba que alguien tenía suficiente información sobre el edificio para saber cuáles eran las salidas disponibles.

—Tienen el edificio —dijo Kayru.

No como pregunta.

—Probablemente el perímetro exterior, no la ubicación exacta —dijo Sarel—. Si tuvieran la ubicación exacta ya estarían adentro.

—¿Cuánto tiempo antes de que tengan la ubicación exacta?

—Depende de cuántos equipos de escáner tengan activos ahora mismo.

Kiran puso ambas palmas en el suelo esta vez.

Cerró los ojos.

—Dos. Operando en cuadrícula desde el norte. A este ritmo, este edificio en... —una pausa larga, leyendo algo que nadie más podía leer— veinte minutos. Quizás veinticinco.

Veinte minutos para moverse en un radio que se había comprimido a cinco bloques con al menos un vehículo bloqueando la dirección más lógica de salida.

Tayen ya estaba guardando el equipo.

—Sur —dijo—. La única dirección que no tienen todavía. Hay una red de patios interiores entre los edificios de vivienda que conecta con la calle paralela al sur. Gerald la marcó como ruta de emergencia secundaria en el mapa.

—La conozco —dijo Sarel—. Trescientos metros en espacio abierto entre edificios. Sin cobertura aérea natural, los drones nos verían desde cualquier punto elevado.

—¿Hora? —preguntó Kayru.

—Las seis menos veinte.

—Hay luz solar todavía.

—Sí.

—Los drones tienen mejor cobertura visual con luz que con visión nocturna —dijo Kiran, que había aprendido eso escuchando las frecuencias de comunicación de E.D.I.S. durante cuatro noches—. Pero también el tráfico peatonal es mayor. Más ruido de fondo para sus sensores.

Era la misma aritmética de siempre en este mundo: cada ventaja venía con su desventaja correspondiente, y la decisión era siempre cuál desventaja era más manejable.

—Nos mezclamos —dijo Sarel—. Caminando, no corriendo. En el tráfico peatonal de la calle paralela somos cuatro personas más. Si corremos somos cuatro personas que huyen.

—¿Y si nos identifican antes de llegar a la calle paralela?

—Entonces corremos.

IV. Trescientos Metros

(Queens — Día 5, 17:43)

Salieron por la puerta trasera del edificio en orden: Kiran, Sarel, Tayen, Kayru.

Los patios interiores eran exactamente lo que el mapa de Gerald prometía y exactamente lo que el mapa de Gerald no podía mostrar: un laberinto de espacios entre edificios de distintas épocas y distintas alturas, con el suelo de concreto y tierra mezclados, con tendederos de ropa que a las seis de la tarde todavía tenían cosas colgadas, con macetas en ventanas bajas y cajas de basura apiladas contra las paredes y, en uno de los patios intermedios, un hombre mayor sentado en una silla de plástico que los miró pasar con la indiferencia específica de alguien que lleva suficientes años en ese barrio para haber dejado de sorprenderse de lo que cruza su patio.

Cien metros.

Sin incidentes.

El segundo patio tenía un perro que empezó a ladrar en el momento en que Kayru pasó cerca de su cadena, no por agresividad sino por la frecuencia anómala que el brazo derecho emitía de manera constante e imperceptible para el oído humano pero perfectamente audible para un animal con ese rango de sensibilidad. Kayru se alejó del perro lo más rápido posible sin correr, que era una velocidad intermedia incómoda que resultó en que el perro ladrara con más convicción durante los quince segundos que tardaron en cruzar ese patio.




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