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Episodio 9: Bestias de Asfalto — Parte 1 de 2
I. La Antena
(Manhattan — Edificio de oficinas abandonado, Día 5, 02:30 AM)
El edificio había sido una compañía de seguros.
Tayen lo sabía porque Gerald se lo había explicado durante el trayecto de cuarenta minutos que habían tardado en llegar desde el refugio hasta este punto, moviéndose en fragmentos de cuatro minutos entre cobertura y cobertura, usando los huecos del patrón de E.D.I.S. que Sarel había documentado y que Gerald había confirmado con sus propios registros. La compañía de seguros había quebrado hace siete años. El edificio llevaba seis en disputa legal entre dos entidades que Gerald describió con un desprecio tan comprimido que Tayen entendió que la historia de ese edificio era también, de alguna manera, la historia de por qué Gerald vivía bajo tierra.
La antena estaba en el piso catorce.
Catorce pisos sin ascensor funcional, con las escaleras en una oscuridad que ni siquiera la visión adaptativa de Letsa lograba resolver completamente porque no había ninguna luz disponible para amplificar, solo la filtración naranja de la ciudad a través de las ventanas sucias cada tres pisos.
Kiran subió primero.
No porque fuera el más rápido —en estas escaleras nadie era rápido— sino porque sus pies en el suelo de metal húmedo escuchaban cosas que los demás no escuchaban. Se detenía cada dos o tres pisos, ponía la palma contra la pared, y esperaba. Una vez dijo izquierda antes de que llegaran a una bifurcación y cuando llegaron a ella la opción de la derecha tenía un sonido diferente, un zumbido mecánico constante que podía ser equipamiento de E.D.I.S. o podía ser infraestructura municipal. Fueron por la izquierda.
El piso catorce era una sala de reuniones que alguien había vaciado de muebles y en cuyo techo, oculta entre los ductos de ventilación, la Orden había instalado cuatro años atrás una antena que desde ahí tenía línea directa a los edificios de comunicaciones del Consorcio Morgan a tres bloques al norte.
Cuatro años. Y nunca habían podido usarla porque nunca habían tenido a nadie con la capacidad de penetrar lo que había al otro lado.
Tayen conectó el cable de emergencia de su muñeca al sistema de la antena.
El acceso exterior de las redes de Morgan se presentó a su interfaz como un muro. No metafóricamente: su hiper-procesamiento lo visualizaba así, capas sobre capas de protocolos de seguridad apilados con la lógica de alguien que ha dedicado recursos ilimitados a asegurarse de que nada entre sin invitación. Era sofisticado. Era extenso. Era, por los estándares de la tecnología terrestre que Tayen había aprendido a evaluar en cinco días de inmersión forzada, probablemente lo mejor que este mundo podía ofrecer.
No era lo mejor que Letsa podía ofrecer.
Tayen empezó a trabajar.
Los demás esperaron en silencio. Sarel junto a la ventana, monitoreando la calle con el ángulo de visión que tenía disponible. Kayru en el centro de la sala, de pie, con el brazo derecho cruzado sobre el pecho en ese gesto que hacía ahora de manera casi inconsciente, como si el peso de la mano izquierda sobre el antebrazo derecho pudiera contener algo que no tenía contención posible. Kiran junto a la pared norte, con la palma apoyada en el concreto, leyendo el edificio.
Dieciséis minutos después, Tayen dijo:
—Estoy adentro de la primera capa.
Nadie celebró. Era la primera de un número desconocido de capas y todos lo sabían.
—¿Cuánto tiempo para llegar al núcleo? —preguntó Kayru.
—No lo sé todavía. Esta noche no. —Tayen no apartó la vista del punto interior donde su interfaz procesaba el acceso—. Pero ahora que tengo el primer acceso puedo volver cada noche y ir más profundo sin tener que empezar desde cero.
—Cada noche que venimos aquí es una noche que E.D.I.S. tiene para encontrar el patrón —dijo Sarel, desde la ventana.
—Lo sé.
—¿Puedes hacer que no parezca que venimos aquí?
Una pausa breve.
—Puedo hacer que parezca que la actividad viene de otros tres edificios simultáneamente. No indefinidamente, pero el tiempo suficiente.
—¿Cuántas noches?
—Cuatro. Cinco si tenemos suerte con los ciclos de actualización de sus sistemas.
Sarel procesó eso y asintió una vez. Cuatro noches era un horizonte de planificación. Era poco pero era algo.
—Entonces esta noche sacamos lo que podamos y nos vamos antes de que cambien el turno de los drones.
Tayen sacó lo que pudo en cuarenta minutos: fragmentos de comunicación interna, registros de movimiento de vehículos de E.D.I.S. en el radio de Manhattan, y algo que no buscaba pero que encontró en una carpeta de acceso relativamente superficial porque quienquiera que había organizado esa red había decidido que ese tipo de información no necesitaba protección profunda porque nadie sin acceso llegaría jamás a verla.
Un listado de instalaciones activas.
No con las ubicaciones completas. Con códigos internos y descriptores funcionales. Pero entre los descriptores, uno que la interfaz de Tayen reconoció de inmediato porque había escuchado esa combinación de palabras en las transmisiones de E.D.I.S. la noche de Año Nuevo:
Instalación de recepción y procesamiento biológico. Nivel de seguridad máximo. Coordenadas: archivo restringido.
El archivo estaba detrás de más capas.
Tayen las registró para la próxima noche y desconectó.
II. Lo Que M.A.R.C. Labs Hace con el Tiempo
(Manhattan — Instalaciones de M.A.R.C. Labs, Día 5)
Liah Lunek llevaba cinco días sin hablar.
No porque no pudiera. Porque había decidido que hablar era dar algo, y que lo único que tenía en este lugar era lo que no les había dado todavía.
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Editado: 28.07.2026