RUNNERS
Episodio 13: El Insurgente y el Heraldo — Parte 1 de 2
I. Lo Que Produce el Odio
(Ruinas de Wardenclyffe — Día 8, 04:00 AM)
Tayen llevaba veintidós horas sin dormir y no lo sentía como cansancio.
Lo sentía como combustible.
Había aprendido en ocho días que el cuerpo de un runner de Letsa tenía reservas de funcionamiento que el entrenamiento del Festival nunca había necesitado activar porque en Letsa no existían las condiciones que las activaban. No el entrenamiento físico extremo ni la privación de sueño ni la nutrición insuficiente ni el aire que quemaba los pulmones de manera crónica: estas cosas en Letsa eran hipótesis médicas, condiciones que los textos de biología describían como posibles pero que la civilización había organizado para que nunca fueran necesarias.
Aquí eran el estado normal de las cosas.
Y el cuerpo, con esa adaptabilidad que la evolución construye en los sistemas biológicos para exactamente este tipo de eventualidad, había encontrado maneras de funcionar bajo esas condiciones que Tayen no habría predicho. No bien. No eficientemente. Pero funcionando, que era lo único que importaba.
Lo que el odio le hacía era diferente.
El odio no era cansancio ni privación: era energía de una frecuencia que Tayen no había experimentado antes porque en Letsa no existía el sustrato emocional que lo producía. En Letsa no había nada que odiar con esa especificidad, con esa dirección, con ese peso de algo personal y concreto que tiene nombre y cara y una acción específica que causó un daño específico que todavía no tiene reparación.
Aquí sí.
Tayen había aprendido el odio en el túnel del metro la primera noche. Lo había aprendido perfectamente, con la precisión de su interfaz, sin posibilidad de desaprender. Y en los ocho días desde entonces lo había integrado en su funcionamiento de la manera en que se integra cualquier recurso disponible cuando los recursos son escasos: sin romanticismo, sin drama, con la frialdad pragmática de alguien que ha decidido que lo que siente es menos importante que lo que hace con lo que siente.
El odio, usado correctamente, producía paciencia.
Paciencia para penetrar capa por capa las redes del Consorcio Morgan sin cometer el error de la urgencia. Paciencia para esperar el momento exacto en que el sistema de seguridad actualizaba sus protocolos y dejaba una fracción de segundo de exposición que un sistema de procesamiento más lento que el suyo habría perdido. Paciencia para construir el acceso que necesitaba sin quemarlo antes de que fuera útil.
Estaba en la tercera capa.
La ubicación de M.A.R.C. Labs seguía detrás de más capas, pero lo que encontraba en la tercera era suficientemente valioso para justificar el tiempo: registros de comunicación interna que describían movimientos de sujetos entre instalaciones, protocolos de traslado con ventanas de tiempo documentadas, y en un archivo que alguien había archivado con una etiqueta que sonaba a burocracia administrativa pero que contenía algo completamente diferente, una lista.
No de ubicaciones. De experimentos.
Tayen la leyó una vez. Luego la leyó de nuevo más despacio, con la atención de alguien que necesita asegurarse de que está interpretando correctamente los términos técnicos de una disciplina que no es la suya.
Lo estaba interpretando correctamente.
Cerró la conexión con la meticulosidad de quien no puede permitirse que el sistema detecte que alguien estuvo ahí. Guardó lo que había encontrado en cuatro puntos distintos de la red de la Orden. Y luego se quedó inmóvil durante un momento con los ojos abiertos mirando la bobina incompleta de Tesla en el centro de la sala.
Un artefacto de una civilización que había estado a punto de cambiar completamente y que alguien había detenido porque el cambio no era rentable para quienes vendían lo que el cambio habría hecho gratuito.
En Letsa eso era inconcebible. No porque en Letsa la gente fuera mejor: sino porque el sistema que Tesla había intentado construir aquí era el sistema que Letsa había construido allá, y en Letsa nadie había necesitado destruirlo porque nadie ganaba dinero con su ausencia. La diferencia entre los dos mundos no era la inteligencia ni la tecnología ni siquiera la voluntad: era quién controlaba qué y para qué lo usaba.
Tayen había crecido aprendiendo eso como un dato histórico abstracto. El período pre-Tesla, los siglos de extracción y jerarquía y escasez administrada, estaban en los libros con la misma distancia con que se estudiaban las enfermedades erradicadas.
Aquí no era historia. Era el presente. Era el sistema funcionando exactamente como había funcionado siempre, produciendo exactamente los resultados que siempre había producido, con la única diferencia de que Tayen ahora estaba dentro de él en lugar de estudiarlo desde afuera.
Y sus hermana estaba en manos de una de sus instituciones.
Cuando se giró, Kiran estaba despierto en su rincón.
—¿Lo encontraste? —dijo Kiran.
—No la ubicación todavía. Pero encontré lo que están haciendo con ellos.
Kiran esperó.
—Los experimentos de Vharon no son solo extracción de energía etérica residual de los trajes —dijo Tayen—. Eso es la capa superficial. Lo que están haciendo en el nivel profundo es intentar mapear la estructura biológica de los corredores para entender cómo la exposición de toda una vida a la energía etérica modifica el tejido a nivel celular. —Una pausa—. Están intentando replicar esa modificación artificialmente.
—¿Para qué?
—Para que alguien sin biología de Letsa pueda operar tecnología de Letsa. —Otra pausa—. Para que Morgan pueda usar las Torres sin necesitar a ninguno de nosotros.
Kiran procesó eso.
—Si lo consiguen...
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Editado: 28.07.2026