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Episodio 14: El Insurgente y el Heraldo — Parte 2 de 2
III. El Micro-Salto con Retorno
(Ruinas de Wardenclyffe — Día 9, 22:15)
Ocurrió durante el regreso de la segunda noche en la antena.
Tayen y Kiran habían ido solos esta vez: Gerald había evaluado que mover a los cuatro cada noche era innecesariamente arriesgado cuando solo dos de ellos tenían función activa en la operación de la antena, y la lógica era suficientemente sólida para que nadie la cuestionara. Kayru y Sarel se habían quedado en Wardenclyffe.
Lo que nadie había calculado era que E.D.I.S. había ajustado el patrón de patrullaje nocturno de Manhattan.
No en respuesta a nada específico: era el tipo de ajuste burocrático que una operación grande hace periódicamente para evitar que sus patrones sean predecibles. Pero el resultado fue que la ventana de movimiento seguro que Sarel había calculado basándose en los datos de las noches anteriores había cambiado en quince minutos, y quince minutos en ese sector de Manhattan era la diferencia entre moverse en un hueco de cobertura y moverse en el centro de un ciclo activo.
El dron los encontró en la calle a dos bloques de la entrada al sistema subterráneo.
Tayen y Kiran corrieron.
Tayen corrió con la eficiencia que nueve días de movimiento en este mundo habían producido: no perfecta, no sin el costo pulmonar que cualquier esfuerzo sostenido le cobraba al aire tóxico de Manhattan, pero competente. Sus piernas aplicaban la fuerza correcta. Sus aterrizajes absorbían el impacto sin rodar. Había aprendido la gramática básica del movimiento en este planeta.
Kiran corría diferente. Kiran en movimiento de emergencia usaba el sonido del entorno de una manera que ningún entrenamiento de persecución habría producido porque ningún entrenamiento de persecución habría pensado en eso: escuchaba las frecuencias de las calles adyacentes y sabía antes de llegar a cada esquina si había algo al otro lado que no debería estar ahí. Giró izquierda en la segunda esquina sin ver lo que había a la derecha, y lo que había a la derecha era un agente de E.D.I.S. en posición estática que los habría interceptado si hubieran seguido recto.
Llegaron al acceso subterráneo.
Bajaron.
El sistema de túneles de la Orden los llevó de vuelta a Wardenclyffe en cuarenta minutos de caminata rápida que era exactamente el tipo de esfuerzo que los pulmones de nueve días en este mundo podían sostener sin colapsar aunque con el ardor crónico de fondo que ya habían integrado como una constante de existir aquí.
Kayru los estaba esperando en la sala principal.
Sarel no.
—¿Dónde está Sarel? —preguntó Tayen.
—Arriba. Revisando el perímetro. —Kayru los miró—. ¿Problema?
—Ajustaron el patrón de patrullaje. Tuvimos que cambiar la ruta.
Kayru asintió. Luego miró a Tayen con la pregunta que no había hecho todavía pero que llevaba tres horas esperando hacer desde que Tayen salió hacia la antena con la expresión de alguien que va a encontrar algo.
—Llegué a la cuarta capa —dijo Tayen, respondiendo la pregunta no formulada—. Todavía no tengo la ubicación. Pero encontré los protocolos de traslado de sujetos entre instalaciones. —Una pausa—. Están moviendo a Orin. Dentro de cuarenta y ocho horas, según el protocolo documentado.
Kayru procesó eso.
—¿Adónde?
—A una instalación secundaria. El código interno es diferente al de la instalación principal. Lo que significa que M.A.R.C. Labs tiene al menos dos puntos físicos distintos.
—¿Y Zenko y Liah?
—Siguen en la instalación principal. Orin es el que trasladan.
El brazo derecho de Kayru pulsó.
No fue el pulso de fondo de siempre. Fue algo más completo, más abrupto, el tipo de manifestación que en los últimos dos días había ocurrido dos veces y que cada vez duraba más y llegaba con más fuerza: el antebrazo se volvió translúcido hasta el codo, la estática dimensional visible incluso en la luz baja de las lámparas de la sala, el frío irradiando hacia afuera en un radio de casi un metro.
Y Kayru desapareció.
No un segundo y medio como en Queens. Tres segundos completos.
Tayen los contó sin moverse.
Kiran puso la palma en el suelo instintivamente.
Cuando Kayru reapareció, estaba de pie en el mismo punto pero con algo en la mano derecha que no había estado ahí antes: un fragmento de algo que no era material de este mundo ni material de Letsa sino algo intermedio, algo que tenía la consistencia aproximada del metal pero que emanaba una frecuencia que Kiran sintió en los dientes desde tres metros de distancia y que Tayen reconoció como la misma frecuencia del interior del portal, esa vibración que habían sentido durante los siete segundos de oscuridad total.
Kayru miró lo que tenía en la mano.
Era pequeño. Del tamaño de una moneda. De un color que cambiaba dependiendo del ángulo desde el que se miraba, entre el gris y algo que no tenía nombre en el espectro visible de ninguno de los dos mundos.
—¿Qué es eso? —dijo Tayen.
—No lo sé —dijo Kayru. Su voz tenía el tono de alguien que acaba de volver de un lugar donde las reglas del lenguaje no aplican completamente—. Estaba ahí. En el otro lado. Y cuando volví lo traje conmigo.
Kiran se acercó. Extendió la mano. Kayru le entregó el fragmento.
Kiran lo sostuvo durante un momento con los ojos cerrados. Luego los abrió.
—Es material dimensional —dijo—. Del espacio entre los dos universos. No existe en ninguno de los dos: existe en la interfaz. —Miró a Kayru—. Lo que significa que durante el salto, tu cuerpo estuvo en la interfaz el tiempo suficiente para recoger algo físico de ahí.
—¿Es peligroso? —preguntó Tayen.
—No lo sé todavía.
—¿Es útil?
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Editado: 18.08.2026