Runners: Paraiso e Infierno

La Rueda que no Se Detiene — Parte 1 de 2

RUNNERS

Episodio 17: La Rueda que no Se Detiene — Parte 1 de 2

I. El Peso de la Noticia

(Ruinas de Wardenclyffe — Día 11, 08:30 AM)

Sarel no encontró ninguna manera de decirlo que no doliera, así que lo dijo de la forma más simple que pudo construir.

—Gerald murió esta mañana. Protegiéndonos.

El silencio que siguió en la sala principal de Wardenclyffe tuvo una textura distinta a cualquier otro silencio que hubieran compartido en los once días anteriores. No era el silencio táctico de calcular el siguiente movimiento. Era el silencio de cuatro personas de otro planeta aprendiendo, todas al mismo tiempo, que la muerte en este mundo no llegaba siempre con aviso, ni con sentido, ni con la dignidad que Letsa reservaba incluso para sus pérdidas más trágicas.

Orin fue el primero en hablar.

—¿Cómo?

Sarel se lo contó. Las balas de goma. La voz de Gerald dando instrucciones hasta el final. La palabra neutralizado en el reporte de los agentes, como si treinta años de vida pudieran resumirse en un término que ni siquiera reconocía que había existido.

Kayru se quedó mirando un punto fijo en la roca de la sala.

—Es por nosotros —dijo, no como pregunta.

—No —dijo Orin, con una firmeza que no admitía discusión—. Es por lo que decidió hacer él. No le quites eso quedándote con la culpa que no le toca a nadie más que a quien apretó el gatillo.

Kayru no respondió. La culpa no se movía con la lógica de Orin, sin importar cuánta razón tuviera.

Tayen, que había estado en silencio desde que Sarel empezó a hablar, finalmente dijo lo único que su procesamiento podía ofrecer en ese momento que no fuera puro dolor:

—Vera y el puesto. ¿Están a salvo?

—Sí. Se replegaron al refugio del taller.

Tayen asintió. Archivó el dato. Pero algo en su expresión, esa frialdad operacional que llevaba semanas construyendo capa sobre capa, tuvo una grieta visible por primera vez desde el túnel del metro la noche de Año Nuevo.

—En Letsa —dijo, en voz baja— cuando alguien muere, llevamos los restos fuera de las cúpulas y los enterramos junto a la semilla de un árbol. Una forma de devolver la energía, de que la vida que tuvo siga dando vida después. —Una pausa—. Gerald no va a tener eso. Va a tener un reporte que dice neutralizado y un cuerpo que probablemente desaparece en algún sistema que nadie de afuera puede tocar.

Nadie respondió eso.

No había respuesta que igualara la pérdida de un ritual que llevaba ciento treinta y tres años dándole sentido a la muerte, frente a un mundo que ni siquiera le daba un nombre correcto a la suya.

II. Lo que las Dosis Aprenden

(Queens — Ruta hacia el refugio del taller, Día 11, 14:00)

E.D.I.S. había estado aprendiendo durante once días.

No solo las rutas, los patrones, los horarios. Habían estado recolectando datos biométricos de cada encuentro fallido —el dardo que no derribó a Kiran semanas atrás en otro sector de la ciudad, las muestras de tejido extraídas de Orin durante diez días de cautiverio, los reportes de los agentes que describían objetivos que absorbían impactos sin la respuesta esperada— y habían convertido esos datos en algo que ningún protocolo estándar de captura había necesitado antes: una curva de dosificación calibrada específicamente para un metabolismo que no era de este planeta.

Tayen lo descubrió de la peor manera posible: en su propio cuerpo.

Habían salido hacia el refugio del taller para reunirse con Vera y confirmar el estado del puesto, moviéndose por una ruta que Sarel había verificado esa misma mañana. La emboscada no tuvo el ruido habitual de los encuentros anteriores: ningún grito de advertencia, ningún despliegue visible de furgonetas. Solo el siseo discreto de un disparo neumático y el impacto en el costado del cuello de Tayen, tan rápido que su interfaz neural, calibrada para procesar movimiento a una velocidad que ningún humano de este mundo podía igualar, no tuvo tiempo de generar una respuesta evasiva antes de que el dardo ya estuviera dentro.

Lo primero que notó fue el sonido.

No desaparecía. Se alejaba, como si alguien estuviera bajando el volumen de la calle entera de manera gradual y deliberada, el tráfico y los pasos de Kayru corriendo hacia él convirtiéndose en algo amortiguado, distante, llegando desde el fondo de un túnel que se hacía más largo cada segundo.

Intentó correr.

Las piernas respondieron, pero con un retraso que su mente —todavía completamente lúcida, todavía procesando a la velocidad de siempre— no podía reconciliar con lo que el cuerpo estaba haciendo. Dio dos pasos. El tercero no llegó a completarse: la pierna derecha simplemente dejó de recibir la instrucción a tiempo, y Tayen sintió el suelo acercarse sin la velocidad que un cuerpo en caída debería tener, como si incluso la gravedad se hubiera vuelto más lenta o como si fuera él quien se había vuelto más lento que la gravedad.

Esto es nuevo, pensó, con una claridad que el terror no había logrado todavía nublar. Esto no es lo que pasó con Kiran.

Su interfaz seguía funcionando. Eso era lo más aterrador de todo: la mente seguía ahí, procesando, calculando, generando análisis completos de lo que estaba ocurriendo —sedante de acción rápida, dosis recalculada, efecto progresivo en cuatro fases observables— mientras el cuerpo, uno por uno, dejaba de obedecer las instrucciones que esa mente perfectamente lúcida seguía generando.

La visión fue lo segundo en irse.

No a negro. A un estrechamiento, los bordes del campo visual oscureciéndose como si alguien cerrara una cortina desde ambos lados al mismo tiempo, dejando un túnel cada vez más angosto a través del cual Tayen podía ver, con una nitidez cruel, la cara de Kayru llegando hacia él, gritando algo que el sonido distante no le permitía reconstruir en palabras completas.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.