Runners: Paraiso e Infierno

La Rueda que no Se Detiene — Parte 2 de 2

RUNNERS

Episodio 18: La Rueda que no Se Detiene — Parte 2 de 2

V. La Rueda

(Manhattan — Vigilancia exterior de M.A.R.C. Labs, Día 12, 08:30 AM)

A las ocho y media, el cambio de turno produjo un segundo flujo de personas: los que salían después de la noche, agotados con el agotamiento específico de quien ha trabajado horas que el cuerpo no había planificado sostener, cruzándose en la misma entrada con los que llegaban frescos para el turno del día, en un intercambio que se repetía, según pudo confirmar Sarel con el tiempo de observación acumulado, cada doce horas exactas, con la regularidad de algo que el sistema había optimizado hasta convertirlo en mecanismo.

Sarel lo dibujó en su cuaderno.

No el edificio. El ciclo.

Una rueda. Personas entrando, personas saliendo, el edificio en el centro absorbiendo el esfuerzo de ambos flujos y produciendo, en algún punto que ninguno de los que cruzaban esa puerta vería nunca, valor que se acumulaba arriba, en los niveles administrativos, en las cuentas del Consorcio Morgan, mientras quienes generaban ese valor con sus cuerpos seguían exactamente donde estaban: en la misma fila, en el mismo turno, en la misma necesidad de volver al día siguiente porque no volver significaba algo peor que lo que ya tenían.

—Es una rueda que avanza sola —dijo Sarel, mostrando el dibujo a Kayru— porque se alimenta del esfuerzo de quienes la empujan sin darles nunca lo suficiente para que dejen de necesitar empujarla.

Kayru miró el dibujo.

—En Letsa el trabajo es una contribución —dijo—. Alguien construye algo, cultiva algo, cuida algo, y la civilización entera se beneficia porque el beneficio no se acumula en un punto: se distribuye porque el sistema fue diseñado para distribuir. —Una pausa—. Aquí el trabajo es una extracción. Alguien da su tiempo, su cuerpo, su salud, y lo que recibe a cambio es solo lo suficiente para poder seguir dándolo al día siguiente.

—Es esclavitud con un nombre más amable —dijo Tayen.

Nadie lo corrigió.

Orin, que había permanecido en silencio durante la mayor parte de la observación, con la economía de palabras que diez días en M.A.R.C. Labs habían profundizado en él, habló entonces:

—Lo que me hicieron a mí en esa instalación —dijo— no es diferente en estructura a lo que le hacen a esa mujer con el termo. —Señaló hacia la fila sin moverse demasiado, con el gesto mínimo de alguien que ha aprendido a no llamar la atención—. La diferencia es de escala y de método. A mí me extrajeron tejido. A ella le extraen tiempo de vida, salud pulmonar, las horas que podría haber usado para algo que no fuera sobrevivir. —Una pausa—. Pero el principio es el mismo. Alguien necesita lo que su cuerpo puede dar, y a ese alguien no le importa el costo que eso tiene para ella, siempre y cuando ella siga produciendo lo que necesitan.

—Y ella no puede negarse —dijo Sarel.

—Puede negarse —dijo Orin—. Y entonces no come. O no tiene dónde dormir. La libertad que tiene es la libertad de elegir entre dos formas de sufrimiento. —Miró a los demás—. En Letsa llamaríamos a eso coerción. Aquí lo llaman empleo.

Kiran finalmente abrió los ojos.

—La frecuencia de esta ciudad —dijo— no es solo ruido caótico. Tiene un patrón debajo del caos. Es el sonido de millones de personas moviéndose en ciclos que no eligieron, hacia lugares que no quieren estar, para producir cosas de las que no van a beneficiarse. —Una pausa—. Lo escuché desde el primer día y no supe nombrarlo. Ahora lo sé.

—¿Cómo lo nombrarías? —preguntó Tayen.

Kiran consideró la pregunta con el cuidado de alguien que sabe que las palabras importan.

—La frecuencia de la rueda —dijo—. Millones de ruedas, en realidad. Cada persona empujando la suya, sin saber que las ruedas de todos están conectadas al mismo eje, y que ese eje no gira para ellos.

VI. La Conversación que Sarel Aplazó

(Ruinas de Wardenclyffe — Día 12, 22:00)

Kiran completó la prueba de transmisión esa noche.

Cuatro días de preparación, los generadores adicionales que Gerald había conseguido sin levantar sospecha en la red eléctrica del sector, el fragmento de material dimensional que Kayru había traído del otro lado integrado en el núcleo de la bobina con una precisión que Kiran había calculado durante horas usando el conocimiento de resonancia que su entrenamiento en Letsa le había dado y que ningún ingeniero de este mundo podría haber replicado.

La prueba consistió en una transmisión de cuarenta y tres segundos.

No una comunicación completa. Una señal. Un pulso de frecuencia modulada con la firma específica de las Torres Letsa, enviada hacia el oeste con toda la potencia que los generadores podían sostener sin colapsar, en la esperanza de que algún sistema de detección en Letsa, si todavía existía algo capaz de monitorear ese tipo de frecuencia después de ciento treinta y tres años sin necesitarlo, pudiera captarla.

No tenían manera de saber si había llegado.

No tenían manera de saber si alguien la habría reconocido como lo que era.

Pero la habían enviado.

Esa noche, mientras los demás procesaban el peso de lo que acababan de hacer —el primer intento de comunicación con su mundo en doce días, el primer gesto hacia un hogar que se sentía cada día más lejano e improbable de alcanzar—, Sarel se quedó sola junto a la bobina, con su cuaderno abierto en la página donde llevaba el registro del glitch de Kayru.

Zenko encontró el equivalente de esa conversación, sin saberlo, desde el otro lado de la ciudad.

Pero esa noche, en Wardenclyffe, fue Kayru quien se acercó a ella.

—Llevas días anotando algo que no me dices —dijo. No como acusación. Como observación que ya no podía aplazarse.




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